dimarts, 1 de març de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 7

Capítulo VII: Entona la pena


Gira en la Angustia
La envidia se mata a sí misma con sus propias flechas.
-Autor Desconocido
***
Enferma de amor.
En lugar de sanarnos, el amor también puede dañarnos, desatando una pandemia de debilidad de las emociones que nos transforman en una persona que apenas reconoce el coste de aquello que deseamos tan desesperadamente.
Los repentinos brotes de inseguridad, celos, obsesión, o simplemente el miedo pueden ser factores contribuyentes en nuestro dolor. Y aunque los síntomas de la enfermedad de amor pueden ser muchos, todos ellos comparten una sola causa y una sola cura: Tú.
***
El día de San Valentín amaneció como cualquier otro día en el hogar de los Kensington, aparte del mal ambiente que se solía generar. Para ser sinceros, la única novedad era que el periódico del descansillo apenas se veía, cubierto como estaba por las flores, dulces y globos que una serie de admiradores no tan secretos había depositado sobre los escalones de arenisca azul. Era un ritual anual que Petula esperaba ya con la misma ansiedad con que aguardaba el desfile de Acción de Gracias.


A decir verdad, aquello tenía más de conmemorativo que de otra cosa. Sus admiradores sabían que Petula los heriría de muerte en el corazón sin batir sus colosales pestañas y que, como de costumbre, se limitaría a apartarlo todo de una patada de camino al instituto, pero este día Petula se sentía algo más que emocionada.


—Oye, asesina de niños, mira a ver si hay caramelos de chocolate negro ahí fuera —gritó Petula desde su habitación—. Nada que no tenga menos de setenta y dos por ciento de cacao, por favor.

—Ahora mismo no estoy para calcular porcentajes de antioxidante —contestó Sacarlet con otro grito—. Te daría la fórmula, pero es que no tengo ceras de colores a mano.

—Andamos un poco tensas, ¿eh? —Se burló Petula mientras bajaba las escaleras—. Puede que no te viniese mal tomarte un pedacito de ese chocolate negro y regular tu presión sanguínea.

—Gracias, doctora Google —agradeció Scarlet con un ronquido—. Estás hecha toda una experta en buscadores.

—Sólo intento ayudarte- dijo Petula—. Supongo que no querrás que tu bonita cara pálida se torne colorada justo antes de que vuelva Damen.

—No viene —dijo Scarlet tratando de restarle importancia.

—Ouch —la consoló Petula, que a duras penas consiguió ocultar su alborozo—. Supongo que es la ausencia, que hace que el corazón se enmohezca.

Petula tomó el muñeco de Scarlet y empezó a hablarle en aquel tono pasivo-agresivo que la distinguía.


—Ya sé que parece no tener corazón —le dijo al bebé—. Pero no te preocupes: estoy convencida de que guarda cuatro o cinco corazones de repuesto en el congelador.


Clásico de Petula, pensó Scarlet, tirando directo a la yugular. Por mucho que mostrara alguna que otra pizca de compasión últimamente, todavía podía chamuscarte con su crueldad. La gélida relación entre ambas se había derretido un tanto desde “el coma”, pero lo cierto era que, de un tiempo a esta parte, Petula se mostraba más distante que nunca. A Scarlet le daba por pensar que eran como dos extrañas que se aferran la una a la otra durante un vuelo abrupto pero que retoman sus vidas por separado como si nada una vez el piloto ha recuperado y el avión ha ganado la pista de aterrizaje sano y salvo.


—Te odio —entonó Scarlet con dulzura cuando Petula abandonaba la casa por la puerta.
—Yo también te odio —sonó la empalagosa respuesta.


***
Al igual que su armario, la decoración de Scarlet también estaba evolucionando. Tiempo hacía ya que había desaparecido, por gentileza de una esponja húmeda y una afilada navaja de afeitar, los adhesivos de grupos musicales que transformaron su cuarto de baño en una reproducción, digna de un museo, del reservado club punk. Las reemplazaban cadenas de bombillas al descubierto que pendían del tocador en tupidos ramilletes. Era su moderna interpretación de un candelabro de los años veinte.


Su dormitorio parecía un viejo boudoir de Hollywood, de aire art nouveau con un toque excéntrico. Contaba incluso con un tocador auténtico, con toda clase de joyas, polveras, frascos de perfume y polvos. De las paredes colgaban aún todos los carteles de películas raras indie, si bien ahora aparecían expuestos en recargados marcos dorados. Algo similar a lo que ocurría con ella. Era la misma de siempre, aunque con algo así como un marco diferente.


Scarlet empezó a recoger cosas del suelo y adecentó la cama. Quería que su habitación estuviese perfecta para su cibercharla de San Valentín con Damen, y todavía no se había puesto a embolsar sus cosas y librarse de ellas. Petula había contribuido a reducir el volumen de la pila, pero Scarlet, por alguna razón, no se decidía a desprenderse del resto.


Más pronto que tarde se vio rebuscando en lo que quedaba del montón. Podía haber abierto una tienda vintage con todo el material que tenía, pero aquellas prendas eran tan personales para ella, una parte tan importante de su pasado, de su identidad… Prefería tirarlas antes que venderlas.


Aún podía oler los recuerdos en ellas, ponérselas y volver allí, a aquel momento. No pertenecía al tipo de mujer sentimental, nada más lejos, pero descubrió que echaba de menos a la vieja Scarlet, que envidiaba incluso a la persona que era antes de enamorarse. El amor nos cambia a todos, de eso no cabía duda, reconoció, pero no tanto como uno a sí mismo se cambia.


La idea de transformarse en alguien o algo diferente empezaba a adquirir cuerpo en su cabeza, de modo que decidió salir a dar un paseo para despejar la mente. Dio una vuelta por la ciudad, se pasó por IdentiTea para disfrutar de una bebida gratuita, cortesía del descuento de empleada, y luego entró en un puñado de tiendecitas de artículos vintage y varias casas de discos a los que ella y Damen se acercaban en las tardes de los sábados.


Al doblar la esquina se asomó a Split, el bar para todas las edades donde se veía actuar a nuevos grupos de música. Había cambiado de dueño y decoración unas cuantas veces en los últimos años, pero los críos lo frecuentaban todavía para asistir a conciertos que no podían ver en ningún otro sitio. Es más, un grupo hacía pruebas de sonido en ese momento, así que se quedó para ver cómo montaban.


Transcurridos un par de minutos, reparó en una persona, apoyada contra la pared, observaba cuanto sucedía en el escenario, y de tanto en tanto miraba también hacia donde ella estaba, también. El chico en cuestión parecía ocultarse entre las sombras que arrojaba el entramado de focos instalado sobre el escenario. Nada indicaba que perteneciese al equipo de montadores ni al grupo, aunque a juzgar por su estampa bien podría haber sido uno de ellos. Por lo que ella alcanzaba a ver, que no era mucho, no había duda de que su aspecto era el de un chico indie de pies a cabeza.


Ya de cerca, vio las cosas más clara. Le sorprendió comprobar que llevaba una camiseta de los Dead Boys, idéntica a la que ella había desechado. Es más, cuanto llevaba puesto era auténtico cien por ciento, ni una sola copia barata a la vista, y habría costado una fortuna en cualquiera de las boutiques de ropa vintage de la ciudad, si es que uno tenía la suerte de toparse con prendas como aquellas. Lo más asombroso de todo era que no lucía su atuendo de forma pretenciosa, a modo de disfraz roquero. Lo llevaba con naturalidad, cómodo, como, bueno, como ropa normal y corriente.


Ella siempre pensó que acabaría con un tipo como aquél: alto y fuerte, pero flacucho; el pelo teñido de negro como el carbón y tez pálida; y una actitud acorde con todo ello. Tenía todo el aspecto de ser uno de esos chicos a los que siguen las grupis, pero que pasan de ellas porque cuanto les interesa es estar sobre el escenario, tocando. Resultaba intimidante, incluso a primera vista.


—Un grupo alucinante —soltó Scarlet señalando con un dedo su camiseta.


No obtuvo respuesta. Él se limitó a mantener la mirada fija en el escenario, siguiendo con un movimiento de cabeza del ritmo de la batería. El rudimentario sistema de sonido, que zumbaba sin parar, no es que fuera demasiado respetuoso con la conversación, pensó ella. Aguardó hasta que disminuyó su intensidad y lo intento de nuevo.


—Me encanta su álbum en vivo —gritó de nuevo, con la esperanza de entablar una conversación—. Liver Than You’ll Ever Be, ¿sabes? —guardó silencio esperando una respuesta que no se produjo—. Aunque creo que mi preferido es Night of the Living Dead Boys.

Nada aún.

—Hey —Scarlet se aproximó un poco más y chilló impertinente por encima del ensordecedor ruido. Al igual que Petula, no estaba acostumbrada a que se la ignorase.

—¿Me hablas a mí? —preguntó el tipo con expresión confundida, como si ella le estuviese pidiendo dinero o algo parecido.


A Scarlet no le molestaba un poco de pasotismo, pero lo de la grosería era otra cosa.

—¿Tú ves a alguien más por aquí? —dijo Scarlet girando la cabeza de un lado a otro.

—Perdona. Soy Eric —respondió él, relajando la expresión de su cara.

—Scarlet —dijo ella—. ¿Eres de por aquí?

—Sí, antes, eh… —Eric trastabilló un momento, sin saber cómo contestar—, vivía aquí.

 —Mola tu camiseta. Yo tengo, o mejor dicho, tenía una igual —prosiguió ella—. ¿Dónde conseguiste la tuya, en Clothes Minded?

—Qué va —dijo él, ajeno por completo al mero concepto de una tiendo vintage.

Scarlet decidió no presionarle, pues se figuró que él no quería desvelar ninguno de sus secretos de moda a una extraña cotilla.

 —¿Estás con esta gente?—preguntó ella, para cambiar de tema.

—No —volvió a negar Eric—. Yo tengo mi propio grupo.

—¿Tocas?

—La guitarra —dijo Eric—. Y también compongo un poco.


Una voz resonó de pronto por los altavoces, llenando el local.

—Ésta es una prueba de sonido a puerta cerrada —vociferó molesto el montador—. ¡Largo!

—Bueno, supongo que ya te veré por aquí —dijo Scarlet—. Eric, ¿no es así?

—Eso parece —añadió él de forma imprecisa a la vez que le tendía una casete—. Toma, es una maqueta de lo que ago. Ya me dirás qué te parece.


A Scarlet le halagó que él quisiera compartir su música con ella, pero lo del casete la despistó por completo. No había vuelto a ver una de aquéllas desde el día que se rompió la platina de su radiocasete “fácil de usar” de Playskool. Concluyó entonces que debía estar pasando por un momento retro, dado su aspecto, lo cual, siendo como era ella una fanática de lo vintage, no le pareció nada mal.


***
Scarlet andaba como loca haciendo mil cosas a la vez, limpiando y clasificando, cuando conectó el portátil para su cita con Damen. A él le gustaba bromear diciendo que se encontraba a sólo dos clics de ella, pero el ciberespacio no podía sustituir el espacio personal, al menos en lo que a ella respectaba. Sin embargo, San Valentín no iba a pasar de ser eso este año, y ella estaba decidida a sacarle el máximo partido. Cuando el sonido apagado del tono de llamada se tornó en un estridente zumbido, supo que la conexión estaba en cierres. Cuando ambos estuvieron conectados, Scarlet besó la pantalla para iniciar la sesión. Damen observaba cada uno de sus movimientos, a pesar de que se suponía que estaba empollando.

—No sabes cuánto siento no haber podido estar ahí esta noche —se disculpó Damen—. Menos mal que detestas el día de San Valentín.

—Sí —dijo Scarlet sin demasiado entusiasmo—. Menos mal.

 —No te importa, ¿verdad? —preguntó Damen retóricamente, pues tampoco es que hubiese ya otra opción.

—¿No estabas estudiando? —Le recordó ella cambiando de tema a la vez que se agachaba para recoger un montón de ropa.


—Oh, lo estoy —respondió Damen sin apartar los ojos del trasero de ella.


Justo en ese momento brotó de la radio el anuncio de un concurso de composición de canciones.


—Deberías presentarte.


—No puedo… estoy con la regla —dijo Scarlet en un intento de despachar el tema.


—Lo digo en serio —insistió Damen—. Podrías ganar.


—También podría subastar un riñón —dijo Scarlet, cortante—, y no lo hago, ¿verdad?


Y lo cierto es que a Scarlet bien le hubiese dado una cosa que otra, ya que ambas posibilidades implicaban vaciar su interior y dejarlo a la vista del mundo entero.

Invasivas y dolorosas. Además, tampoco es que se sintiese una compositora o músico lo bastante competente para enviar una canción a un concurso serio. Una cosa era atraer a una multitud de fans en IdentiTea, y otra muy distinta asaltar las ondas públicas, incluso aunque fueran las locales. Desconectó la emisora y pulsó el botón de Play de la pletina del reproductor de casetes, otorgando a la música de Eric el primer plano.


Scarlet sacó de un tirón una camiseta del enorme montón, reemprendiendo así la limpieza.


—¡Eh! Esa me suena —dijo Damen, señalando la camiseta que Scarlet llevaba puesta el día de su primera sesión de tutoría—. ¿Qué vas a hacer con ella?


—La voy a regalar —dijo Scarlet con un hondo suspiro a la vez que la arrojaba al gigantesco montón que se apilaba en el pasillo, a la puerta de su habitación—. Ya no la siento como la mía.


 —Sí, ya no tiene nada que ver contigo.


Estaba bien que Scarlet lo reconociese así, pero en realidad no le gustó nada que Damen tardase tan poco en corroborarlo. Su cita de San Valentín no estaba yendo, ni mucho menos como ambos esperaban.


—Oye, ¿qué es eso? —preguntó Damen cuando ella regresaba de la puerta.


Scarlet se asustó por un momento y pensó que la videocámara tal vez había amplificado la diminuta imperfección de su barbilla. Otro momento nada Scarlet, se dijo a sí misma.


—¿El qué?


—La música —aclaró Damen.


—Ah, eso. Es una muestra que me han pasado —dijo Scarlet, habiendo olvidado por completo las canciones que había dejado sonando de fondo a todo volumen.

—¿Quién te la ha pasado? —preguntó él deliberadamente. Sonaba un poco celoso, y eso que no era de esa clase de chicos. La música era algo muy personal entre ellos dos, y ella siempre compartía con él todo lo nuevo que llegaba a sus manos. Por su tono de voz, Scarlet pensó que le había turbado un poco que ella hubiese olvidado comentárselo y, no obstante, hubiese pensado lo suficiente en ello para dejarla sonar durante su conversación. A ella le gustó que le importase.


—Un tío —dijo Scarlet a la ligera—. Es una casete ¿te lo puedes creer?

—¿Y es buena? —La sondeó Damen, aunque ya pensara que así era, basándose en lo que alcanzaba a escuchar a través de los diminutos altavoces de su ordenador.


—Todavía no la he escuchado bien —dijo Scarlet distraída—. La tengo que digitalizar. En eset momento la tengo puesta en una vieja pletina de Hello Kitty que encontré en el ático.


—¿En el ático? —Le reprendió Damen—. Pues te has molestado mucho.


Para ser honesta, sí que se había molestado, la verdad. Se moría por escucharla, aunque no supiese muy bien por qué.


—La tenía localizada —dijo Scarlet un poco a la defensiva.


—Ya, ¿y qué más has estado escuchando últimamente? —preguntó Damen.


—Nada del otro mundo —dijo Scarlet—. Sobre todo escucho música online.


—¿Y qué pasa con tu iPod? —persistió Damen.


—Si quieres que te diga la verdad, no sé ni dónde está —dijo Scarlet, que empezaba a impacientarse con tanta charla de música—. De todas formas tengo los auriculares rotos.


—Seguro que está debajo de la almohada o algo así —respondió Damen—. ¿Por qué no echas un vistazo?


A Scarlet le pareció una sugerencia inútil, pero tenía el dormitorio tan desastrado que lo cierto era que podía estar en cualquier parte. Decidió complacerle. Mientras rebuscaba debajo de su aplastado cabezal de terciopelo tamaño extragrande, palpó lo que le pareció era una cajita. La tomó debajo de la almohada y comprobó que ésta presentaba un sencillo envoltorio de papel de estraza, aunque decorado con un diminuto ramito de Peter Pans en miniatura. Era precioso.


—¿Qué es esto? —preguntó Scarlet, que no salía de su asombro. Abrió la cajita y extrajo del interior su viejo iPod.


—Que arda —exigió él.


—Esto es labor tuya —dijo Scarlet irónicamente.


Puso en marcha el reproductor, tomó sus auriculares que había debajo y extrajo unos nuevecitos. Eran unos auriculares con forma de corazón. Una nota al fondo de la cajita decía: “T.M.F.N”.


Damen debía tener a alguien infiltrado, y ella sabía de sobra quién era esa persona. Es más, a Scarlet casi le llegó al alma. Petula jamás había tenido un detalle así con ella ni con nadie. Tenía que haber una primera vez. Y explicaba también, pensó Scarlet, las continuas visitas de su hermana a su dormitorio últimamente.


 —Venga, escucha —dijo él.

Nada más seleccionar la lista de reproducción, un río de lágrimas empezó a recorrerle las mejillas, y sus ojos color avellana se tornaron más brillantes y vidriosos e incluso más penetrantes. Damen había cargado el reproductor con las canciones favoritas de ambos, canciones que narraban su historia, canciones que significaban algo. Scarlet se quedó mirando las rosas diminutas y empezó a preguntarse si el mensaje estaría no solo en la música, sino también en los Peter Pans.

Por otra parte, podía ser que ella estuviese exagerando su lectura. De lo que cabía duda, no obstante, era que con aquel regalo Damen pretendía demostrarle cómo se sentía.

—Me encanta —dijo Scarlet mientras él seguía allí sentado, esperando ansioso la reacción de ella—. Te quiero —añadió con ternura.


—¿De veras? —preguntó pletórico.


—Damen, ¿es que no lo sabes?—preguntó Scarlet—. ¿Es que no ves más allá de tus narices?


No lo cogía.


—Más allá de tus narices, ¿no lo ves? —Le preguntó de nuevo Scarlet, señalando con un dedo la pantalla del ordenador e indicándole que se diera la vuelta. Damen se giró, pero lo único que vio fue el póster promocional del single This Is Not a Love Song de PIL, que ella le había regalado, fijado a la pared sobre su cama.


—Quita el póster —dijo ella.


Con delicadeza, despegó la cinta adhesiva de la parte superior del póster panorámico que cubría la práctica totalidad de la pared, cuidándose mucho de no rasgarlo, y lo retiró, revelando línea tras línea, la letra de una canción escrita, en buena parte, con la caligrafía de Scarlet todo a lo ancho de la habitación. Damen se quedó petrificado.


—La he escrito yo —dijo Scarlet con dulzura, sonriendo.


—¿Cómo lo has hecho? —se preguntó Damen en voz alta.


—Le envié a tu compañero de habitación una copia escaneada de mi diario de canciones —explicó Scarlet—. Luego la imprimió en vitela transparente, la introdujo en un proyector y la amplió contra la pared. Calcó la proyección para que asemejase a mi caligrafía.


Era apabullante, mágico e increíblemente romántico.


—No me puedo creer que hayas hecho esto —dijo Damen.


—Se me ocurrió que ahuyentaría a cualquier fémina descarriada que por azar entrase en tu habitación.


—Eres asombrosa —dijo él.


Apoyó la mano contra la pantalla, en tanto ella hacía lo propio contra la suya, mientras desconectaban para irse a dormir.


Damen permaneció un buen rato con la cabeza apoyada contra el pie de la cama, rasgando su guitarra, leyendo y releyendo la letra de la canción de Scarlet y descifrando los estratos de significado como sólo él sabía hacerlo.


Scarlet transfirió el contenido de la casete a su ordenador y pasó los archivos convertidos a MP3 a su renovado reproductor. Luego escuchó la muestra de Eric a través de los nuevos auriculares que le había regalado Damen mientras la vencía el sueño.


***
Las Wendys vigilaban el hogar de los Kensington desde el asiento trasero del coche de Wendy Anderson, a la espera de que Petula entrara en acción. Iban muy chic con su atuendo de Double Agent, luciendo para la ocasión pañuelos de seda color crema y gafas oscuras con las que pasar desapercibidas, a la vez que a la última moda. Para justificar su espionaje se habían auto convencido de que era necesario intervenir por el interés de Petula, y no sólo por el de ellas.


Tal y como esperaban, Petula emergió al frío aire nocturno acarreando una enorme bolsa de basura negra a reventar que había “tomado prestado" de los jardineros. La introdujo en el asiento del copiloto de su BMW y arrancó. Las Wendys siguieron a Petula todo el camino hasta el centro de la ciudad bajo la gélida noche. Ir al centro no era nada frecuente en ellas, que se diga, pero hacerlo en una caída noche era del todo impensable. Petula había reducido la velocidad y torció ahora por una esquina, justo delante de ellas. Divisaron el destello de las luces de freno de su coche nada más torcer la esquina y dedujeron que se había detenido.


—¿Dónde estamos? —preguntó Wendy Anderson a su copiloto.


Hawthorne era una localidad pequeña, con un centro urbano todavía más pequeño, pero su inexperiencia con aquel barrio de mala muerte requería documentación. Wendy Thomas estudió el GPS del salpicadero y señaló su ubicación.


—Mmm —replicó Wendy Thomas con leve desconfianza—, ¿el centro?


 —¿Qué hace ella aquí? —preguntó Wendy Anderson.

Antes de que Wendy Thomas pudiera responder, los faros traseros del coche de Petula perdieron intensidad y luego se apagaron. Oyeron cómo se abría la puerta de su coche y rápidamente se enterraron en sus asientos, de tal modo que sólo sus tocados permanecieron visibles por encima del salpicadero. Petula dobló la esquina, cabizbaja, las farolas proyectando su sombra, que se alargaba más y más conforme se alejaba de ellas.


—¿Tú crees que nos ha visto? —inquirió Wendy Anderson muy nerviosa.


—Cierra la boca, Wendy —ordenó Wendy Thomas—. Estás empañando las ventanillas y no veo ni torta.


Sin embargo, no era la bocaza de Wendy Anderson la causa de que las ventanillas apareciesen cubiertas de vaho, sino más bien la fría presencia de Pam y Prue, que acababan de colarse en la fiesta Emma Peel de las Wendys. Se acomodaron en el asiento de atrás y de inmediato empezaron a escribir mensajes groseros en el cristal.


Cada vez que Wendy Anderson limpiaba la condensación, la respiración de Wendy Thomas revelaba un nuevo insulto en el parabrisas: “putardas”, “refeas”, “frivolficiales”. La expresión de sus caras no tenía precio, y Pam y Prue apenas si lograron contenerse.


—Esto va a ser genial —rió Prue—. ¿Quién necesita el cielo?


Pam sonrió e hizo un gesto de asentimiento, pero se enderezó de golpe cuando reparó en Petula, que se había detenido y estaba plantada en una inhóspita esquina, como si aguardase a alguien. Llamó la atención de Prue señalando en su dirección, al tiempo que las Wendys, ajenas a la presencia de sus invitadas, siguieron a lo suyo.


—Tú no crees que… —Wendy Anderson dejó que la idea de que Petula pudiese estar envuelta en algún tipo de romance secreto, o algo peor, colgase en el aire.


Durante un segundo nada más, pareció que la dureza del corazón de las Wendys se ablandaba, y ambas se miraron la una a la otra con una expresión de preocupación cuasi genuina por su líder. Fue un momento fugaz, no obstante, pues enseguida permitieron que toda clase de teorías alternativas llenasen sus obcecadas mentes.


—Quizás es una asesina en serie —formuló Wendy Anderson.


—Eso explicaría un montón de cosas —corroboró Wendy Thomas.


—Y que lo digas —se quejó Prue, mientras Pam se limitaba a sacudir la cabeza con desdén.


Las pasajeras, muertas y vivas, clavaron la mirada en Petula, en tanto una figura solitaria y andrajosa se aproximaba a ella desde el fondo oscuro del callejón. Petula aguardó con nerviosismo y luego se puso a charlar con la mujer vagabunda, o mejor dicho, niña vagabunda. Las cuatro permanecieron mudas de asombro hasta que Wendy Thomas lanzó un grito. 

—Oh, Dios mío —chilló Wendy Thomas—. La pistola humeante.


Trató entonces de documentar la sórdida transacción de principio a fin con la cámara de su teléfono móvil, pero las maltrechas farolas parecieron tomar partido y salir en defensiva de Petula. Cuanto obtuvo fue una pantalla negra. Así las cosas, ella y Wendy Anderson no tuvieron más remedio que limitarse a contemplar cómo Petula iba entregando una prenda de ropa tras otra.


—Es como una misionera —conjeturó Wendy Anderson.

—Me parece que, al final, lo del dedo del pie sí que le afectó el cerebro —sugirió Wendy Thomas, arrancando gestos de asentimiento de Pam y Prue—. Está loca.


—Darcy tenía razón —dijo Wendy Anderson, mientras observaba con desdén e incredulidad la escena que se desarrollaba ante ella—. Es hora de una amiguectomía.

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