dilluns, 14 de març de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 19




Capítulo XIX.- Ama a la persona con la que estás


A dogma viejo no hay quien le enseñe trucos nuevos
-Dorothy Parker


***
Siempre se hace daño a quien se ama.
Cuando alguien quiere «tomarse un respiro» en una relación, pero te asegura que no hay otro mejor que tú para él, entonces ten por seguro que miente. Lo que en realidad está diciendo es: ahora no te quiero a mi lado porque temo que aparezca una persona mejor y tenga que dejarla ir por estar contigo. Resumiendo, cuando amas de verdad a una persona, un «respiro» sólo puede romperte el corazón.
***
Era viernes noche e IdentiTea estaba atestado, como siempre, de roqueros, oscuros y gafapastas. Pero esa noche se contaban entre tan selecta concurrencia los chicos y chicas más guays de los dos planos espirituales, convirtiendo el local en el sitio donde había que estar si se era o se quería ser algo. En definitiva, se trataba del marco perfecto para la clase de encuentro casual que Charlotte había planeado.


Damen, que acababa de llegar, echó un vistazo a la sala en busca de Scarlet en tanto se dirigía a la cabina del pinchadiscos, evitando en todo momento mirarla a los ojos. Ella lo vio venir e hizo otro tanto.


—Recuerda —aconsejó Charlotte—. Cíñete al plan.


Charlotte se sentía como un domador, tratando de hacer pasar por sus invisibles aros a un puñado de animales impredecibles. Sabía que las cosas podían precipitarse y salir muy mal, y que, en última instancia, tendría que contar con la desvergüenza de Darcy y las Wendys y con la terca mordacidad de Scarlet para cerrar el trato.


Scarlet correteaba de un lado a otro buscando uno de sus delantales, para ponérselo encima de su vestido baby-doll vintage que le sentaba de miedo. Aunque por dentro estaba hecha un manojo de nervios, ofrecía el mismo aspecto despreocupado y sereno de siempre. El flequillo lo llevaba liso, no así el resto de la melena, que lucía un leve cardado. Tenía más pinta de estar a punto de desfilar en las pasarelas de París que de estar sirviendo té Darjeeling en Hawthorne.


También había vuelto a pintarse los labios rojo intenso mate, y Damen, que estaba preparándose para saltar al ataque, no pudo evitar que el detalle lo cogiese por sorpresa. Aquél, se le antojó, era un guiño de Scarlet al mundo entero, señal de que volvía a ser la misma; y de que estaba disponible.


Darcy y las Wendys entraron en el local e hicieron una parada junto a la barra para asegurarse de que Scarlet las veía. Ella se limitó a lanzarles una mirada iracunda y después se ajustó el delantal. Pam y Prue dirigieron sendas señales de OK a Charlotte y se dispusieron a aguardar fuera del local.


—¿Cómo va el negocio? —preguntó Darcy con malicia en tanto repasaba el atuendo de Scarlet con la mirada.


—No podía ir mejor —contestó con voz cortante.


—Es una suerte que dispongas de tanto tiempo libre para trabajar —espetó Wendy Anderson con rencor—, ahora que estás soltera y demás.


Las chicas se encaminaron con aire despreocupado a la mesa que tenían reservada en primera fila, donde ya las esperaban sus bebidas energéticas preferidas a base de café con leche desnata, muy frías, junto con una vista privilegiada de la cabina del pinchadiscos. Querían asegurarse de que él las veía. Al cabo del rato, el local estaba tan hasta los topes que las chicas apenas si se veían entre ellas, y aún menos a Damen, así que decidieron poner cartas en el asunto.


Las Wendys empezaron a apartar a la gente a los lados como los guardaespaldas de un famoso, despejando una senda que conducía directamente hasta Damen y por la que Darcy comenzó a abrirse camino a trancas y barrancas con el ojo puesto en su objetivo. Salvó de un saltito la cuerda que separaba a Damen del resto de la sal y se puso a bailar, dibujando giros lentos y ondeando los brazos sobre su cabeza, a la vez que chasqueaba los dedos al son de la música, como una fan desesperada.


Damen la vio, era imposible no hacerlo, pero decidió no prestarle atención. Charlotte se sentía muy satisfecha con cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, sin contratiempos, aunque empezó a sentirse muy incómoda con los eventos que había puesto en marcha cuando obtuvo un primer plano del culo de Darcy, contoneándose como loco, y de la expresión horrorizada de Scarlet.


Conforme Damen iba cogiendo ritmo, también lo hacía Darcy, que logró robarle una pequeña sonrisa aunque sólo fuera por su implacable determinación. Los parroquianos estaban encantados, y comenzaron a dirigir gritos de ánimo a Darcy, envalentonándola más si cabe y fastidiando a Scarlet más aún.


—Una Kensington eliminada —susurró Wendy Anderson—, y otra en el tintero.


Las caderas giratorias de Darcy derribaron finalmente una taza con su respectivo platillo que llevaba ya un rato avanzando hacia el borde de la mesa de mezclas de Damen y se precipitaron contra el suelo.


Las Wendys le hicieron un gesto imperioso a Scarlet para que solucionase el desaguisado.


—Camarera —ordenó Wendy Thomas—, limpia esta porquería.


Todo era una porquería, pensó Scarlet mientras se acercaba a ellas, y aquélla no era la única que necesitaba limpiarse.


—¿Te refieres a tu vida o a la taza de té? —espetó mientras se agachaba para recoger los fragmentos.


Entre la gente y la música, el ruido allí dentro era infernal, y Damen no se enteró de qué pasaba entre Scarlet y las Wendys. Entonces Scarlet emergió de las profundidades, y él se sobresaltó al encontrarse cara a cara con ella. Ninguno de los dos supo qué decir.


—¿Alguna petición? —Fue lo mejor que se le ocurrió a Damen, que esperaba que tal vez pudieran comunicarse como siempre lo habían hecho, a través de la música.


—Yo tengo una —terció Darc antes de que Scarlet pudiera mediar palabra—. ¿Te gustaría venir al baile conmigo?


Scarlet soltó una carcajada, pues tenía por seguro que Damen no acudiría jamás al baile con Darcy, por muy mal que ella lo tratase.


—¿Y por qué no? —aceptó él—. La emisora me va a enviar allí de pinchadiscos de todas formas.


Scarlet se quedó de piedra y le lanzó una mirada asesina.


Darcy se fue a dar la vuelta de honor, que culminó reuniéndose de nuevo con las Wendys, que no podían estar más felices con el escarmiento público al que acababan de someter a Scarlet. En más de un sentido, las satisfizo más si cabe que el juicio de Petula.


—Muy bonito —bufó Scarlet sin ocultar su repugnancia ante la cooperación de Damen con sus más odiadas enemigas.


—Muy bonito el pintalabios —le espetó sarcástico Damen, que quería que Scarlet se enterase de que había captado el mensaje.


—Es muy mío, ¿no te parece? —dijo Scarlet, desafiante, antes de darse media vuelta y marcharse.


—Pues sí que lo es —susurró Damen.


Charlotte iba de un lado a otro del callejón que discurría por la parte de atrás de IdentiTea, aguardando a que Scarlet saliera del local. Necesitaba hablar con ella.


—¿Esperas a alguien? —preguntó Eric, sobresaltándola.


—Quería hablar con Scarlet —dijo—. Pero, ahora que tú estás aquí, supongo que será mejor que me vaya.


—Charlotte, no tienes por qué hacer esto —dijo él.


—¿Hacer el qué? —preguntó ella.


—Si necesitas verla, me voy yo —dijo él—. Sé que ella tenía no sé qué cosa que contarte.


Charlotte se temía que esa «no sé qué cosa» pudiese ser algo como «déjame en paz y sal de mi vida», y no lo podía soportar.


—Sólo quiero saber si está bien, después de todo lo de Damen —dijo Charlotte—. Y lo de esta noche, sobre todo.


Eric era capaz de imaginar lo que podía haber ocurrido. Se sentía mal por Charlotte y sólo quería echar una mano, pero dijera lo que dijese, al final, siempre salía mal.


—Yo me encargo —se ofreció.


—Genial —dijo Charlotte con una chispa de rabia en la voz—. Al menos así no estará sola.






Scarlet se pasó el resto de la noche con un té con leche y un ego mancillado por toda compañía, contando los segundos que faltaban para cerrar. Las Wendys y Darcy se fueron temprano, con sus sonrisas de suficiencia bien a la vista, en tanto que Damen hacía un esfuerzo por evitar otra confrontación y se escurría por la puerta trasera. Una vez se hubieron dispersado los clientes y el último rezagado salió por la puerta, Eric hizo su entrada en el local.


—¿Cómo estás? —preguntó.


—Acabo de conseguir que mi novio vaya al baile con otra chica —contestó Scarlet, concisa—. Pero, aparte de eso, estoy bien.


—Ex novio —dijo Eric, recordándole a Scarlet su comentario del día anterior.


—Eso —se corrigió ella, aunque sin demasiado entusiasmo—. Ex novio.


Eric vislumbró una oportunidad. No sólo de consolar a Scarlet, sino también de ayudarla a canalizar algunas de las emociones que estaba sintiendo y transformarlas en algo constructivo, en algo que tal vez pudiese beneficiarlos a ambos.


—Yo he descubierto que soy mejor —tanteó Eric— cuanto peor estoy.


Scarlet no estaba muy segura de adónde quería Eric ir a parar, pero la necesidad de descargarse y de solventar de un vez por todas la naturaleza de sus sentimientos era abrumadora.


Él extendió las manos, como si la invitase a acompañarle hasta la guitarra, que descansaba en su soporte.


—Hagámoslo —dijo ella.






Charlotte estaba demasiado agitada para regresar a casa de Damen y, tras pasar un buen rato deambulando, descubrió que sus pasos la conducían al hogar de los Kensington, adonde esperaba que Scarlet regresara pronto y, con un poco de suerte, sin Eric. Había llegado el momento de hablar a las claras, pensó. Cuando llegó, reparó en que había luz en una habitación de la planta superior, y esto la alarmó. ¿Y si estaban juntos, pensó Charlotte, charlando, riendo, escuchando música, o algo peor? Pero era Petula, y no Scarlet, la que pasaba la noche en blanco.


Charlotte atravesó la puerta principal, como lo hiciera en ocasiones anteriores, y subió las escaleras. Lo recordaba tan bien como la llegada a Hawthorne Manor por primera vez. Asomó la cabeza a través de la puerta de Petula y, para su sorpresa, halló la habitación vacía. Ni rastro de ella, pero tanto daba. Si había un lugar, pensó Charlotte, donde poder obtener información sobre chicos y relaciones, era éste, en la colección de diarios, cuadernos de recortes, álbumes de fotos, recuerdos y cartas de amor. Aquél era un auténtico archivo de amores no correspondidos, un catálogo del rechazo que ella conservaba para llevar buena cuenta de cuantos habían intentado conquistarla y fracasaron.


Mientras hojeaba el grueso archivador de tres anillas repleto de tórrida y deshonestas proposiciones de amor, que Petula había calificado del uno al diez, Charlotte sufrió un sobresalto cuando se abrió la puerta y aquélla entró en el dormitorio. O más bien pensó que era Petula, oculta tras una enorme pila de ropa que traía de otra habitación.


Pero no era sólo la ropa lo que impedía a Charlotte verla con claridad. La chica que tenía ante ella era alguien a quien apenas reconocía. Y la chica que Charlotte había conocido e idolatrado, la chica que había vivido en un espejo de tamaño natural, había desaparecido. Muerto.


Mientras Charlotte seguía allí plantada, mirándola, Petula sintió un escalofrío, como si alguien la mirase.


—¿Virginia? —llamó, la voz esperanzada, casi anhelante.


Si bien hubo un tiempo en que Charlotte no se lo había pensado dos veces a la hora de invadir la intimidad de Petula, su cuerpo incluso, para saborear en primera persona un pedacito de aquella vida suya tan glamalucinante, ahora sintió que era demasiado para ella compartir un momento tan íntimo. Petula parecía una niñita que aguardase un premio que nunca llegaría.


Charlotte había recurrido a Petula buscando consejo para cosas triviales, pero esta le recordó, en cambio, lo que de verdad era importante.

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