dissabte, 5 de març de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 11




Capítulo XI: El índice de mármol


Lo vi brillar conforme crecía, y el amor 
hizo lo que yo desconocía. Creía que era
éste un lugar caído del cielo pero ahora 
es sólo un monumento.
-She & Him


***
Vidas pasadas.
Existen muchas clases de fantasmas, no todos son sobrenaturales. Desde los álbumes de fotos a las cartas de amor, el recuerdo de elecciones erradas, promesas incumplidas, amores perdidos y sueños rotos pueden, en ocasiones, rondarle a uno durante mucho más tiempo que el relumbre de satisfacción de nuestros mayores logros. ¿Qué duda cabe que el más temible de los acechos es al que nos someten nuestros propios fantasmas?
***
Scarlet introdujo su vieja llave en la cerradura y la manipuló lo justo para que la pesada puerta de madera con cristal emplomado se abriera un poco. Encajó la bota, recientemente salvada de la quema, entre la puerta y el marco, echó mano al bolso y al resto de trastos y de un empujón pasó al interior.


Resultaba un engorro tener que abrir IdentiTea ella sola los sábados, pero era así como lo quería. Tenía que aprovechar la acústica sin que hubiese nadie rondando por allí. Cuando estaba de turno, a menudo ofrecía actuaciones que volvían locas a los clientes, pero prefería tocar la guitarra ante un local desierto. Es más, antes de que Damen se mudase a la universidad, acostumbraban a reunirse allí y tocar juntos, las dos únicas almas del lugar, pero para ellos era como si fueran las únicas en el mundo entero.


Adoraba el imponente aspecto del local con sus majestuosas lámparas de araña y formidables acabados en madera labrada. Era un espacio abierto impresionante, con la luz del sol filtrándose al interior a través de las enormes vidrieras, iluminando óleos, reservados con aplastados asientos de terciopelo en tonos de piedras preciosas y sillas de madera, y aquel techo, con su intrincada red abovedada de vigas de madera, que proyectaba sombras increíblemente expresivas. El café era su sitio, un reflejo exacto de su estilo. Su aspecto, pensaba, era el mismo con el que los chicos de Muertología lo habían visto siempre.


A la gente también le encantaba y conseguía modificar sus gustos musicales, cinematográficos y de vestir. Sin ella quererlo, Scarlet se estaba convirtiendo en un factor muy influyente tanto dentro como fuera del instituto, conforme chicos de lugares muy apartados compartían coche para pasar las noches de los viernes allá donde fuera ella. Desde este punto de vista, era una especie de celebridad local que, como tal, tenía sus seguidores.


Scarlet arrojó el bolso sobre la barra y encendió las arañas del techo. Una a una se iluminaron y sus cristales de tonos enjoyados llenaron la estancia con sus destellantes reflejos. Aquél era, sin duda, el efecto de luces más impresionantes de la ciudad entera.


Scarlet trepó al escenario y sacó la guitarra: la tenía tan abandonada como abandonado tenía el resto de cosas y personas de su vida. Luego, tras pasarse por el cuello la correa de cuero tachonado, empezó a pensar en Damen. Estaba furiosa con él por compartir su canción con el resto del mundo, o con la emisora de radio al menos, pero también la halagaba que la considerase lo bastante buena como para presentarla. El detalle era de un romanticismo delirante, además de demostrar que de veras creía en ella. Lo que pasaba era que a Scarlet le gustaba hacer las cosas a su manera.


Se dejó caer sobre el aplastado cojín de terciopelo granate de un taburete de madera tallada y comenzó a rasguear la guitarra. Conectó el iPod al amplificador y avanzó por la lista de reproducción hasta dar con la pieza perfecta para practicar con seis cuerdas. Arrancó a tocar el clásico tema surf punk de Agent Orange Too Young to Die, una de sus canciones preferidas de toda la vida que venía escuchando con asiduidad en los últimos tiempos. Conforme sus dedos volaban sobre las cuerdas en jubiloso éxtasis, Scarlet notó cómo la tensión empezaba a abandonar su cuerpo. 


Ya había entrado en calor, pero, aunque con ganas de tocar algo emocionante, no estaba de humor para nada de su cosecha. La música más reciente que había escuchado en mucho tiempo era la de Eric, de modo que fue saltando pistas hasta sus demos, buscando algo de inspiración.


Scarlet empezó con tiento, pero más pronto que tarde la adrenalina comenzó a recorrer sus venas con la misma energía que la corriente eléctrica que alimentaba su amplificador. Giró la rueda del volumen hasta el diez para poderse escuchar por encima de la canción de Eric.


Justo cuando empezaba a cogerle el tranquillo y estaba a punto de alcanzar las más altas cotas de arrebatamiento, reparó en un solo de guitarra que no había escuchado antes en la pista. Le restó importancia, convencida de que se le habría pasado durante la primera audición. Entonces la escuchó de nuevo, sólo que estaba vez sonó mucho más…viva.


Scarlet miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba sola en aquel espacio oscuro y diáfano, y que si de verdad había alguien allí no iba a tener fácil escapatoria. Todas las puertas se encontraban en la otra punta de la estancia, del lado de la fachada y, las ventanas no se podrían abrir. Se levantó de un salto, y justo cuando estaba a punto de echar a correr hacia la puerta, una figura emergió de detrás del amplificador.


Scarlet blandió su guitarra por encima de su cabeza y se dispuso a defender su vida.


Después de su parada de rigor en Muertología, Charlotte se sintió obligada a continuar con su ruta nostálgica visitando un lugar donde no había estado nunca pero que, irónicamente, tampoco abandonaría jamás: el cementerio.


Se encaminó directa a la sección de fosas comunes del cementerio, siendo esta como era la ubicación más probable de sus restos mortales. Sentía la necesidad de verlo con sus propios ojos, su irrevocabilidad, y quería saber si contaba con un monumento conmemorativo decente, su nombre esculpido en arenisca, o si su tumba estaba marcada tan sólo por una placa encargada por el consistorio.


Recorrió la parcela, en su mayor parte una extensión de tierra desnuda con algún que otro matojo de malas hierbas despuntando aquí y allá, la mirada baja para leer las placas ínfimas prendidas en cada estaca de gris metal. Estas eran, para la mayoría de los moradores del cementerio, guardadoras de sitio temporales, que marcaban el enterramiento hasta que la lápida fuera tallada y entregada.


Atrás quedaron hilera tras hilera sin que hallase un solo nombre, sólo números, lo cual tenía su sentido, pensó. El anonimato era, en definitiva, uno de los requisitos necesarios para recibir sepultura en aquella sección. Pero no había caído hasta entonces en que fueran tantos los, ¿cuál era la expresión más diplomática en este caso?, «no reclamados». Cuanto más inspeccionaba el lugar, mayor era su decepción, hasta que el pensamiento más decepcionante de todos, la posibilidad de que ella ni siquiera estuviese allí, cruzó su mente.


A lo mejor es que me incineraron, pensó Charlotte. Charlotte albergaba horrendas visiones en las que imaginaba cómo la incineraban, la sacaban luego a paladas de un horno y finalmente la arrojaban al retrete, o lo que era mucho peor, imaginaba que la «esparcían sobre las aguas» y un soplo de viento la arrastraba al interior de las peludas fosas nasales de algún viejo y canoso patrón de gabarra. Acto seguido calculaba la proporción de agua en el cuerpo humano, determinando cuánto de ella se quemaría, cuánto se volvería ceniza y qué porcentaje de esta última quedaría atrapada para siempre en el mocoso seno de un lobo de mar cualquiera, viéndoselas con toda clase de repugnantes rinovirus.


Ya casi se había resignado cuando alcanzó la última hilera de placas. De nuevo, no había señales de ella por ninguna parte. Tras llegar a la conclusión de que ni siquiera era lo bastante importante como para ser anónima, se halló junto a la fuente, que reposaba a la sombra del único árbol de la parcela. Un bonito lugar para que su alma descanse en paz. Entonces levantó la vista para contemplar la elaborada escultura de piedra que se alzaba ante ella y se encontró, cara a cara, consigo misma… nada menos.


 —Soy yo —dijo Charlotte con un susurro, por nada en particular—. Me parece.


No podía estar segura del todo porque su busto estaba tan idealizado y era tan perfecto que apenas si guardaba algún parecido con la imagen que ella recordaba de sí misma, incluso teniendo en cuenta la puesta a punto previa al último año de instituto. La escultura le dejaba a uno sin aliento, pensó, aun cuando ella ya no le quedase aliento del que verse arrebatada.


Leyó su nombre una y otra vez y repasó con los dedos el profundo surco de cada una de las letras. La corona de rosas, todavía perfumadas y frescas, que pendía de su cuello esculpido aportaba un toque lleno de vida y belleza, además de constituir una prueba irrefutable de que no sólo la recordaban, sino que además la echaban de menos.


 —Scarlet —dijo, sabedora de quién podía haber tenido tan espléndido y suntuoso gesto.


Le recordaba que su relación era algo permanente, eterno. Los lazos que las unían eran muy estrechos, más que la amistad, más incluso que los familiares. Apenas se podía distinguir dónde acababa una y empezaba la otra.


Charlotte se tumbó en el suelo, en la misma posición en la que estaba enterrado su cuerpo, y contempló, sobre ella, el glorioso monumento de piedra y el cielo, más arriba. Mirando así, desde abajo, parecía más grande aún, lo cual tenía su parte buena y su parte mala. Buscó a tientas su nariz, tratando de evaluar si de veras era tan grande como se lo parecía desde aquel ángulo. Al parecer, no sólo no se perdían con facilidad las viejas costumbres, sino que otro tanto sucedía con los problemas de imagen. 


Eso es lo que hace que todo esto resulte tan extraño, empezó a pensar Charlotte mientras se valía del pulgar y el índice para medir la distancia entre la cara y la punta de la nariz. Poco importaba lo mucho que creyese haber progresado, sus logros eran frágiles y terriblemente fáciles de revertir. Tal vez fuera ésa la causa de sus sentimientos encontrados con respecto a que la enviasen de regreso a Hawthorne. Aquí se sentía humana, vulnerable a todas las debilidades y agravios del pasado, y mucho menos capaz de ejercer cierto control sobre su corazón, por no hablar de su espíritu.


Charlotte notó cómo el peso de la realidad la desafiaba una vez más emocional, psicológica y espiritualmente mientras la sombra que arrojaba el atardecer desde detrás de su monumento se posaba sobre ella. Se esforzó por desembarazarse de aquella sensación. Si había un lugar donde hallar serenidad y paz de espíritu, pensó, lo había encontrado.


La llenaba de inmensa paz yacer en su propio lugar de descanso. Cerrar los ojos y sentir la vida propia como un recuerdo lejano. Limitarse a «ser» y reflexionar. Sin preocupaciones, sin obligaciones. Era un espíritu, una parte de la tierra y del cielo, o así lo había sido, al menos, antes de tener que regresar a Hawthorne. Pero ahora, el deber de estar presente, de dejarse ver de nuevo, aunque sólo fuera por ella misma, era demasiado poderoso para ignorarlo. Echó un vistazo a su alrededor y comprobó que nadie la miraba, al menos nadie que siguiese respirando.


Charlotte alzó la vista hacia el anillo de rosas y elevó su mano invisible hacia ellas, invitando a los pétalos aterciopelados a que se desgajasen del tallo. Cayeron flotando, al principio uno o dos a la vez, y después llovió sobre ella una verdadera cascada granate, espolvoreándole rostro y pelo y piernas, como el azúcar de un confitero sobre un muñequito de jengibre. Levantó cada una de sus extremidades para recibir el tifón floral y observó cómo los pétalos se prendían a ellas, ya fuese por efecto de la fuerza de su propia voluntad fantasmagórica o por electromagnetismos, a ella poco le importó.


 —Sigo aquí —se dijo a sí misma con un susurro, satisfecha. Mientras los últimos pétalos surcaban en su caída el aire húmedo, Charlotte reparó en una deteriorada bolsa de plástico que, encajada detrás de las flores, había permanecido oculta a la vista. Se incorporó, la cogía y procedió a abrirla al momento; la sorpresa fue máxima cuando descubrió que el sobre que guardaba en su interior llevaba escrito su nombre, con la misma caligrafía atormentada que ya había visto en la pared de Damen. Charlotte podía palpar el pliego dentro del sobre.


Lo extrajo y empezó a desplegar la carta muy despacio, vacilante. Conforme el pedazo de papel se hacía más y más grande, a lo ancho y a lo largo, en sus manos, Charlotte esperaba que un torrente de palabras y emociones brotara de la húmeda hoja. Y, sin embargo, detrás de cada uno de los perfilados pliegues no había sino más espacio en blanco, acrecentando así la ansiedad y confusión de Charlotte. Y así fue hasta que hubo desdoblado el pliegue por completo y detectó dos pequeñas palabras escritas tenuemente en el extremo inferior de la página.


«¿Quién soy?», era cuanto decía.


Scarlet había dejado el mensaje con ella, pensó Charlotte, pero no era para ella.


Esta clase de incertidumbre desasosegante era territorio trillado para Charlotte, no así para Scarlet. La confusión que sentía Scarlet en lo que atañía a sí misma, su pasado, si futuro, incluso a Damen, estaba concentrada en aquellas dos palabras. La intuición de Charlotte había dado en el clavo en lo referente a las fotos de la habitación de Damen, pensó.


Sin Charlotte, Scarlet no tenía, literalmente, a nadie con quien desahogarse. Tal vez fuese aquélla la razón de que hubiese llegado tan lejos como para dejar una carta colgando de su lápida. Charlotte sabía que Scarlet habría dicho que una sesión de terapia era lo mismo que hablarle a una pared, de modo que tanto le daba confiar en un pedazo de piedra con el rostro de su mejor amiga tallado en él. Resultaba de lo más halagador y, a la vez, desconcertante.


Charlotte andaba buscando el lugar de su descanso y no había hallado sino todo lo contrario. Las razones que explicaban su regreso estaban cada vez más claras, aunque sólo había un problema: si Scarlet estaba tan desesperada, ¿por qué no le habían designado a ella para ayudarla?


Estampó un dulce beso de despedida a su yo de granito en la mejilla y abandonó el cementerio en busca de Scarlet.


Charlotte se aproximó a Hawthorne Manor, que se presentó ante sus ojos señorial y rutilante como nunca. Antes de entrar en el café de la planta baja, sintió que le sobrevenía una oleada de ansiedad. Había hecho lo imposible por obviar lo mucho que echaba de menos a Scarlet, como una especie de mecanismo de autodefensa. Pero ahora, una vez alejada del ambiente apacible del otro lado, por transitorio que ello fuera, era libre de sentir la emoción que le producía la expectativa de ver su alma gemela, a su amiga del alma. Charlotte necesitaba a Scarlet más que nunca, y si Scarlet no lograba verla, intuir su presencia, sentirla, sería devastador.


Charlotte se dirigió a la puerta y se detuvo. Sentía tanta curiosidad sobre tantas cosas, entre ellas, sobre cómo iría Scarlet vestida. Menuda frivolidad, se censuró a sí misma. Presa de una gran excitación, Charlotte asomó la cabeza a través de la puerta acristalada y se quedó boquiabierta. Allí estaba Scarlet, en posición de ataque, blandiendo la guitarra sobre la cabeza y lista a estrellarla contra Eric. Las probabilidades de que éste sufriera daño eran remotas, puesto que Eric ya estaba muerto. De modo que, para Charlotte, el problema fundamental radicaba en verlos a los dos juntos, a su mejor amiga y a su novio. Y el hecho de que Scarlet pudiera ver a Eric sólo empeoró las cosas.


 —Cuidado con esa hacha, Scarlet —se carcajeó Eric llevándose las manos a la cara y fingiendo estar asustado—. Podrías matar a alguien.


 —Aquí el único que tendría que tener cuidado eres tú —le reprendió Scarlet—. Soy bastante buena con este trasto.


 —Eso seguro —dijo él reconociéndole tanto su arte con la guitarra como con la espada—. Creía haberte oído decir que sólo tocabas la guitarra un poco.


Ambos sonrieron. Scarlet estaba impresionada de que Eric hubiese mantenido la sangre fría y le hubiese restado importancia al suceso, arreglándoselas incluso para halagar su manera de tocar la guitarra por el camino. Pero a ella le quedaban todavía algunos interrogantes en el tintero, como por ejemplo qué estaba haciendo allí para empezar. 


 —¿Cómo has entrado?  —inquirió—. Incluso a mí, que tengo llave, me cuesta abrir esa puerta enorme.


 —Tengo mis recursos —dijo él con vaguedad.


Sobre eso ella no albergaba la menor duda.


Por su cabeza empezó a desfilar un torbellino de escenas carcelarias en las que un veterano criminal le adiestraba en el arte del allanamiento. Después de todo, qué sabía ella de Eric; nada en realidad. Podía ser un acosador trastornado, no sólo un guitarrista de muerte sino un asesino sin más. De su mente le llegaba ahora la difusión en directo de terribles crónicas de sucesos y todo comenzó a moverse a cámara lenta, exceptuando su desbocado corazón.


 —No te daré miedo, ¿verdad?  —preguntó Eric.


Ella alzó las cejas en un gesto que no dejó traslucir ni preocupación ni tampoco tranquilidad.


 —Relájate —dijo él palpando la tensión—. Me he colado por la ventana del aseo. Dijiste que estarías aquí y no he querido esperar bajo la lluvia.


 —Dije que estaría aquí cuando el local estuviese abierto —puntualizó Scarlet, mientras tomaba nota en su mente de que tendría que comprobar que las contraventanas estaban bien cerradas de ahora en adelante.


 —Quería probar el sistema de sonido con el local vacío —explico él—. Es la única forma de comprobar de verdad la acústica de la habitación.


En eso no podía estar más de acuerdo con él, pues ella misma adoraba tocar en aquel espacio vacío. Era casi como si él pudiese leerle el pensamiento. Fuera como fuese, al parecer tenía una respuesta válida para todo; así que o bien era clarividente, un genio maníaco homicida obsesionado con la acústica, o bien… estaba diciendo la verdad.


 —Bueno, las oportunidades las pintan calvas —dijo Scarlet colgándose de nuevo la guitarra al hombro—, así que ¿podrías enseñarme a tocar la canción?


 —Supongo que sí —aceptó Eric, rasgando los acordes introductorios mientras Scarlet observaba sus manos atentamente y le acompañaba con su guitarra.


Se dejaron llevar, alternando solos y cantando a gritos, ensimismados en la música y el momento.


A Charlotte le costaba creer que fuese Scarlet la que estaba allí arriba improvisando con su novio. Ella más estupenda que nunca con aquellos leggings y el minivestido vintage. Su melena extralisa se agitaba al compás de cada golpe de cabeza en los acordes más potentes. Eric cabeceando al mismo ritmo en sus vaqueros pitillos negros, sus botas Converse Chuck rojas. A los ojos de Charlotte, parecían la pareja perfecta: un curtido dúo punk haciendo un ruido precioso.


Por nada del mundo quería enojarse, pero no iba a ser nada fácil contener sus inseguridades mucho más tiempo y evitar que éstas salieran desbocadas. Casi la abatía verlos allí, riendo y pasándoselo bien. Eran tan originales y únicos, y a la vez parecían estar hechos el uno para el otro, como dos baquetas en una batería.


Los últimos acordes brotaron de sus amplificadores, y Scarlet echó un vistazo al reloj para reparar en que la hora de abrir se echaba encima. La expresión en sus rostros vino a confirmar que ambos lo habían pasado genial, tanto era así que no hacía ni falta decirlo.


 —Esto hay que repetirlo —dijo Eric, medio en broma.


 —Genial —respondió Scarlet, con un trino de lo más melódico—. ¿Y qué me dices de lo de tocar durante las horas de apertura?


 —¿Contigo?  —preguntó Eric, poniéndola en un compromiso.


 —Tal vez —respondió ella con timidez.


Aquellas bromitas pusieron enferma a Charlotte, que se sintió como si acabasen de anunciarle que tenía un virus resistente a los medicamentes, incurable y fatal que le roería la carne de los huesos. De haber tenido algo de color, éste se habría esfumado de su rostro por completo. Entonces Eric pronunció las palabras que acabaron de quebrar el debilitado equilibrio emocional de Charlotte.


 —Mola —dijo él—. Tenemos una cita.

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