diumenge, 27 de març de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 21



Capítulo XXI.- Charlotte, A veces.

Sea lo que sea que este mundo pueda darme,
eres tú, tú lo único que veo.
-Queen
*-*-*
Amo odiarte.
Nuestra forma de entender la popularidad no puede ser más tergiversada. La imaginamos como un reducido y exclusivo círculo de personas a las que idolatramos o envidiamos. Pero casi todas las personas populares son odiadas por la mayoría. Así, si eres objeto del desprecio de cuantos quedan fuera de tu camarilla, y sólo gustas a los que pertenecen a ella, entonces es evidente que gozas de una impopularidad pasmosa, se mire por donde se mire. La clave para alcanzar la popularidad plena no reside en ser amado o envidiado por el mayor número posible de personas, sino más bien en ser amado o envidiado por las personas adecuadas. Petula sabía esto por instinto.
*-*-*
La noche no podía haber sido más perfecta conforme se fue apeando todo el mundo en Hawthorne High, vestidos para impresionar. Por doquier flotaban los chismes sobre quién se había presentado con quién, quién vestía el qué, y sobre quiénes eran los mejor y peor vestidos. Los comentarios resultaban tan brutales que habrían sacado los colores al más mordaz de los blogueros de Hollywood. Se trataba de la noche de las despedidas, de decir adiós a los compañeros y a los confines del instituto. La libertad quedaba tan cerca que se podía saborear.

Damen ya estaba instalado y en faena en la cabina del pinchadiscos, sacudiendo las gradas al ritmo de su música al tiempo que iban llegando los alumnos de último curso. Las Wendys hicieron su entrada a lo grande, como siempre, esta vez en una limusina Ferrari Moderna de seis metros con puertas de ala de gaviota y todo. Lo suyo no fue una salida sino más bien una revelación cuando las puertas del coche se abrieron verticalmente.

Al apearse enfundadas en sus imponentes modelitos, la pareja se aseguró de que sus acompañantes permanecían tres pasos por detrás de ellas y fuera de marco antes de posar para los fotógrafos. Las Wendys adoptaban su pose y luego sacudían la cabeza de derecha a izquierda con abrupta precisión, deteniéndose mientras posaban para cada fotógrafo y, literalmente, presentaban sus mejores gestos. Wendy Anderson lucía un vestido de noche blanco, con un ajustado corpiño de pedrería, y Wendy Thomas llevaba un modelo supersexy de color verde, con la espalda descubierta y falda hasta el suelo, adquirido en una exclusiva boutique de la ciudad.

Como dos monstruos de la moda, se habían lanzado sin piedad a la cacería del vestido, embaucando a casi la práctica total de los dueños de las tiendas y diseñadores locales que encontraron para que les consiguieran piezas únicas que ellas se pudieran probar. Todos cooperaron, aunque muy a su pesar, conscientes de que, con Petula fuera de combate, contar con las Wendys para que luciesen uno de sus vestidos les proporcionaría el impulso a las ventas que necesitaban.

Comparados con los vestidos, los acompañantes ocupaban un segundo plano, en definitiva no eran más que meros accesorios. Wendy Anderson iba escoltada por el capitán del equipo de futbol americano, cómo no, y Wendy Thomas acudió con el quarterback de Gorey High, Josh Valence. Josh era el tipo que había dejado a Petula tirada como un saco de patatas y en coma, literalmente. De hecho, había sido idea de Darcy que Wendy Thomas lo trajera, aun cuando reconocía no conocerle demasiado bien. Era otro insulto más que sumar a la ya agraviada Petula.

—¿Qué es esto? —preguntó Wendy Thomas cuando pasaron al interior del vestíbulo y repararon en la enorme pancarta dispuesta cuan larga era sobre la entrada al gimnasio.

—¿Dónde está la pancarta de  “La Noche de Nuestra Vida”? —preguntó Wendy Anderson, encolerizada.

—La han cambiado —dijo Marianne con indiferencia mientras recogía sus entradas.

—¿Quién la ha cambiado? —preguntó Wendy Thomas apartando a su acompañante a un lado—. ¡”La Noche de Nuestra Vida” era el lema perfecto!

—¡Exigimos ver a tu supervisor! —añadió Wendy Anderson, tratando de echar un cable.

—Al parecer le ofrecieron escoger el lema a una chica en el último momento —dijo Marianne, que no quería que se notase que estaba al tanto de todo—. Había ganado un concurso de radio o no sé qué.

Wendy Anderson empezaba a abrigar una aciaga sospecha sobre quién era la chica a la que se refería, y fue cuestión de segundos lo que tardó Wendy Thomas en caer en el dato. Como es natural, no podían estar seguras, porque ellas sólo escuchaban emisoras de música pop.

—Nadie juega con nuestros recuerdos —amenazó Wendy Anderson.

—Pero es que no sois las únicas aquí —respondió Marianne con sensatez— que están fabricando recuerdos.

—¡Nosotras somos sus recuerdos! —dijo Wendy Thomas a la vez que apuntaba con su imperioso dedo índice, rematado con una uña acrílica, a las masas.
*-*-*
Charlotte, Prue y Pam se presentaron en el vestíbulo justo cuando las Wendys montaban el gran berrinche. Prue y Pam atribuyeron aquel comportamiento tan superinfantil a sus zumodietas depurativas prebaile y pasaron a ignorarlas, prefiriendo empaparse en su lugar de la emoción reinante.

Charlotte, entretanto, andaba perdida en sus pensamientos y no podía evitar sentirse algo triste. El Baile de Graduación era algo que esperaba desde pequeña. Nunca, ni en el peor de sus sueños, podría haberse imaginado que no viviría para verlo. Y ahora, allí estaba, justo ante sus ojos, y ella estaba… sola.

El Baile de Graduación era la primera parada en el camino hacia la madurez, si bien éste se había tornado en una calle sin salida. Todo eso lo tenía asumido, sí, pero lo que no podía asumir era el hecho de que Eric acompañase a su mejor amiga. Todo parecía tremendamente equivocado.

Pero Charlotte no iba a disponer de más tiempo para componer sus sentimientos, puesto que en ese momento Darcy hizo su aparición por la puerta, tan tarde como mandaba la tradición, claro está. Enfundada en un ceñidísimo palabra de honor rojo de lentejuelas que realzaba su cuerpo envidiable, se deslizó sinuosa por el vestíbulo encerado y fue a encontrarse con las Wendys. Tenían pensado hacer una entrada triunfal las tres juntas, una especie de debut oficial de su nuevo trío de poder para gran alborozo, estaban convencidas del personal.

Por desgracia, no había de ser así.

—Cambio de planes —anunció Darcy en tanto se alisaba los pequeños frunces de la cadera—. Me voy a la cabina del pinchadiscos.

—¿Necesitas apoyo? —preguntó Wendy Anderson, que se resistía a abandonar la luz de los focos—. La cosa puede ponerse bastante fea si andan por ahí Scarlet, o Petula incluso.

—Vosotros guardadme sitio en la mesa —atajó Darcy dejando muy claro quién era la estrella del momento—. Quiero entrar sola.

Las Wendys asintieron descontentas. Ni siquiera Petula en sus peores momentos las habría tratado tan mal en público, pensaron.

—Ese tío va a ser mío —dijo Darcy para sí al mismo tiempo que se recolocaba el relleno de su sujetador sin tirantes—, aunque sea lo último que haga.

—Lo será —prometió Charlotte—. Te lo garantizo.
*-*-*
Charlotte, Pam y Prue sabían que era colosal el cometido que se avecinaba, pero cuando ya se acercaban a las puertas del gimnasio se detuvieron, hicieron piña y se concedieron un momento de tregua. Aquél sería el único Baile de Graduación al que iba a asistir ninguna de ellas jamás. Era el sueño de cualquier chica, ellas incluidas, un sueño que hasta entonces nunca pensaron que se haría realidad.

Cualesquiera que fueran los altibajos del regreso, cualesquiera que fueran sus obligaciones para con los demás, el baile era un regalo para ellas, de todas formas. No tenían los bonitos corsés ni los carísimos vestidos que las otras chicas ostentaban, pero nadie podía superarlas en lo referente a sus acompañantes: pues se tenían unas a las otras.

—¿Estamos listas? —preguntó Pam cogiendo a Charlotte de la mano.

—Empieza el espectáculo —dijo Prue dando un paso hacia la puerta.

Charlotte se rezagó un instante, traicionada por los nervios. La sensación era casi la misma que cuando cruzaron al otro lado durante el Baile de Otoño, salvo que en la dirección opuesta. Se trataba de dos momentos muy emocionantes, pero prefería el escenario desconocido a éste, el cual se podía imaginar con demasiada facilidad… y dolor.

—Vosotras vais primero —dijo Charlotte.

—Nos vemos dentro, ¿vale? —dijo Pam con una leve sonrisa.

—Oye, no dejes que se te crucen los cables y acabes dejándonos tiradas —advirtió Prue—. Contamos contigo.

—Aquí el único con problemas de cables es Eric, ¿os acordáis? —Charlotte esbozó una sonrisa tipo estoy-a-punto-de-vomitar—. Enseguida voy.

Empezó a armarse de valor mientras Pam y Prue se adelantaban. No era la fantasía de baile que tenía en mente, ver a su novio con su mejor amiga, pero si las cosas se arreglaban entre Damen y Scarlet, y se conseguí detener a Darcy, todo habría merecido la pena.

No pudo evitar preguntarse si aquello era lo que Markov tenía planeado cuando los envió de regreso. Se trataba de superar pequeñas trabas, eso había dicho, pero este drama se desplegaba en una pantalla gigante en su imaginación.

Nada más entrar, Pam y Prue comprobaron, para gran sorpresa suya, que las Wendys estaban petrificadas en el mismo umbral y que contemplaban la sala con una mezcla de asombro y desagrado. No les hizo falta más que levantar la vista para adivinar la razón. Las sonrisas que se dibujaron en el rostro de ambas, estaban convencidas, no podrían competir con la de Charlotte cuando por fin se decidiera a entrar. Nunca podría haberse preparado para lo que estaba a punto de ver.

Mientras tanto, en el vestíbulo, Charlotte visualizó sus movimientos como una gimnasta olímpica a punto de realizar un salto, antes de decidirse por fin a entrar en el gimnasio. Cerró los ojos, contrajo los músculos y se encaminó muy tiesa hacia las puertas, deseando que Pam y Prue estuviesen al otro lado para “ubicarlas”.

Permaneció allí clavada, en silencio, mientras Pam y Prue la miraban risueñas, incapaz de hallar las palabras con las que describir la visión de una sala entera revestida de toda de las más exuberantes y hermosas flores: rosas rojas y lirios de agua color morado oscuro hasta donde alcanzaba la vista. Trepaban por las paredes y goteaban, como si lloraran, desde el techo entoldado y las lámparas de araña con velas allí instaladas temporalmente. Enormes estatuas de ángeles afligidos y esculturales se elevaban del suelo hasta el techo, desde donde sus miradas se cernían sobre la sala, las alas plegadas en actitud protectora y la cabeza inclinada con condescendencia. El gimnasio se había transformado en una especie de mágica versión de un cementerio de diseño y un funeraria de fantasía salidos de Architectural Digest.

—¿Qué es todo esto? —preguntó Charlotte cuando por fin alcanzó a pronunciar unas sílabas coherentes.

—Sorpresa —dijo Prue con un susurro, sin poder hablar tampoco.

—Yo diría que es como un funeral de fantasía —dijo Pam señalando con un gesto hacia la pancarta de flores frescas que pendía algo más arriba.

Sobre su cabeza colgaba un vivo collage donde su nombre, “Charlotte ghostgirl Usher”, aparecía escrito con miles de rosas rojas, y al que completaban sus fechas de nacimiento y defunción. Resultaba profundamente conmovedor y de un surrealismo increíble, y hasta puede que incluso raro, ver a toda aquella gente dejándose el alma en la pista de baile y pasándoselo tan bien en la fiesta en su memoria. Pero no lo habría cambiado por nada.

—Un baile para morirse —gritó un grupo de chicos sin pareja chocando las manos en el aire, en un vano intento por llamar la atención de un grupo de chicas buenas sin acompañantes que bailaban junto a ellos.

—¿Un funeral sorpresa de fantasía? —articuló Charlotte en voz alta—. ¿Para mí?

—Yo diría que éste es el primer y único funeral sorpresa de la historia —dijo Pam, haciendo que Charlotte se sintiera más especial todavía.

—Aquí abajo hay alguien que te quiere —dijo Prue.

Charlotte se llevó la mano al pecho y se palpó en busca de algo que no estaba allí, pero que sin embargo podía sentir de pronto. Lo que Scarlet había creado era indescriptible. Imponente y elegante, como un cuento de hadas. O como un funeral de estado para una princesa amada; pero también era el Baile de Graduación, la noche más importante de la vida de un adolescente, y eso hacía que el sentimiento fuese más profundo si cabe, lo mejor de todo, advirtió Charlotte, era que todo giraba en torno a Emma: sus canciones, flores y colores preferidos.

Buena parte de los presentes había acudido de negro, como requería la temática, y Damen se encargó de oscurecer los ánimos, en el buen sentido, fundiendo el “Funeral Party” de The Cure en tanto que todo el mundo flotaba por la sala y celebraba con suma elegancia la vida y muerte de Charlotte. Parecían hermosas marionetas danzando coreografiadas al son de una triste sinfonía.

Sin embargo, no todos disfrutaban de la escena.

—¿Un baile de Graduación con temática fúnebre? —se quejó Wendy Anderson a la vez que estrellaba un puño contra la palma de la mano—. Te juro que ahora mismo podría matar a alguien.

—¿Aceptas sugerencias? —añadió Prue.

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