dissabte, 5 de març de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 13




Capítulo XIII: La chica obsoleta

Piérdete y perderás a tu público.
-Noël Coward

***
Complejo de superioridad.


Las malas noticias son buenas noticias. Pocas cosas hay que nos satisfagan tanto como la humillación de aquellos a quienes detestamos, o admiramos, o a quienes incluso ni tan siquiera conocemos. Devoramos la noticia igual que la escandalosa crónica de un tabloide, una fotografía «sin maquillaje» o incluso un mínimo cotilleo local. Nada vende tanto como el fracaso.
***
Petula se acercó a la taquilla con cautela, desconfiando no poco del sobre de color rosa que sobresalía. Con todo lo que estaba pasando, pensó, bien podía tratarse de una carta bomba. Extendió la mano hacia ella muy despacio, la agarró de golpe y pasó su cuidadísimo dedo índice por debajo de la solapa, hasta que el sobre quedó abierto. No detonó, pero a punto estuvo Petula de explotar al extraer el tarjetón rosa y morado del interior. Se trataba de una invitación, escrita a mano con la caligrafía redondeada de una niña de once años.


POR LA PRESENTE SE LE EMPLAZA A UNA FIESTA PROCESAL
EN HONOR DE PETULA KENSINGTON
EN EL DÍA DE HOY
A LAS 16:00 HORAS
EN EL GIMNASIO DE HAWTHORNE HIGH
RSVP A WENDY ANDERSON O WENDY THOMAS VÍA SMS


Petula se quedó lívida. Pero ¿quiénes se creían que eran estas tres aspirantes a ser yo; convocando una pesquisa de popularidad? Con qué autoridad, se maravilló Petula, dado que ella era la única que estaba en posición de ordenar una investigación de ese calibre. Agarró sus cosas y se encaminó al gimnasio dando zapatazos, lista para la batalla.


En Hawthorne High se hizo un silencio sepulcral después de la última clase. Los autobuses estaban vacíos y el estacionamiento repleto de coches. Ni radios a todo volumen, ni lanzamiento de insultos a diestro y siniestro, ni nada de nada. Toda la actividad se concentraba en el gimnasio, donde, de aquí a unas semanas, se celebraría el Baile de Graduación y se forjarían recuerdos; pero hoy era una historia de orden muy distinto la que estaba por escribirse.


Un quién es quién de famosos de Hawthorne, todos los cuales parecían tener, sin excepción, un interés personal por el éxito o fracaso del actual liderazgo social, desfiló al interior del gimnasio. Los alumnos abarrotaron las gradas de arriba abajo, dejando la grada inferior, donde una cinta impedía el paso, reservada para lo que estaba por llegar. Permanecían sentados en silencio, aguardando con expectación que ocurriese… algo.


Entonces, sin prisa pero sin pausa, empezaron a suceder los acontecimientos. Llegaron las Wendys y Darcy, que franquearon las puertas del gimnasio con el mismo teatro que los litigantes de un programa de juicios rápidos de la televisión, ataviadas de azul con trajes dos piezas a rayas de corte ochentero casi idénticos y las camisetas vintage de grupos musicales recientemente recuperadas debajo, maletines rígidos, tacones de aguja, gafas negras de pasta de media montura a lo retro con lentes sin prescripción y el cabello recogido muy tirante en un moño.


Ocuparon sus asientos ante una mesa vacía, sin dejar lugar a demasiadas dudas acerca de quién ocuparía la silla que reposaba solitaria junto a la mesa vacía situada frente a ellas.


Las seguían Pam y Prue, que al instante se sintieron sobrecogidas por el silencio de mal agüero que reinaba en la sala.


—Me siento como si en un momento a otro fuésemos a ser testigos de un atropello con fuga —dijo Prue.


—Tú sabrás… —se mofó Pam.


Una vez acomodadas, se dispusieron a esperar, junto con el resto de la multitud.


Tras revolver sus papeles, Wendy Anderson se acercó a las gradas con el fin de buscar algunos voluntarios para el jurado de entre el público. A juzgar por el apabullante poder de convocatoria de sus invitaciones, las Wendys confiaban en que podrían amañar a su favor la lista entera de jurados, componiéndola en su totalidad con ambiciosas animadoras suplentes de los primeros cursos, todas las cuales se verían beneficiadas al instante por la benevolencia y patronazgo de las Wendys. No falta decir que no escaseaban voluntarios prestos a garantizar una rápida sentencia de culpabilidad. Una vez seleccionado y acomodado el jurado, la expectación ante la inminencia del acontecimiento principal llegaba al paroxismo. Y Petula no los decepcionó.


Las puertas se abrieron muy despacio y se hizo el silencio entre la multitud. Petula avanzó unos pasos y se detuvo para evaluar la surrealista escena que se desplegaba ante ella desde el extremo opuesto del gimnasio. Nunca antes había estado tan sola, y para muchos integrantes del público, tampoco había sido vista tan sola. Allí donde las Wendys deberían haberse encontrado siguiéndola tan diligentes, sólo estaba su sombra, a la zaga. Ni siquiera CoCo, aún ocupada organizando conjuntos para la próxima excursión al centro, había llegado todavía para prepararle un apoyo invisible. Para ser exactos, no le daba la espalda a nadie.

Petula se aproximó a la silla vacía dispuesta de cara al público y frente a Darcy y las Wendys. Aunque se resistiera a dar a sus acusadoras la satisfacción de mirar directamente hacia ellas, en su lugar, lo hizo por encima de las tres hacia el gallinero que aguardaba paciente en las gradas. Se parecía mucho a la clase de ocurrencia que Petula pudiese haber reunido en su honor, tan atestada como estaba de la crema y nata, dentro de los parámetros de una ciudad tan pequeña como Hawthorne, tan dispuesta siempre a pasar por encima o pisotear al de al lado en el ascenso de las escaleras de la popularidad. Al menos las Wendys habían aprendido algo de ella, pensó.


Mientras seguía avanzando hacia las mesas, sintió que la invadía una sensación desconocida hasta entonces. De pronto, tomó conciencia de sí misma como nunca antes. Podía sentir los ojos de sus compañeros posados en ella, despedazándola a picotazos. Otra persona menos orgullosa habría reconocido en aquella sensación un inminente ataque de pánico, pero Petula no conocía la ansiedad, así que achacó el cosquilleo en el estómago al depurador del colon a base de chitosán que había ingerido justo antes de la última clase.


Conforme Petula tomaba asiento, Darcy se puso en pie y procedió a abrir la sesión, sacándose un zapato y golpeando el tacón de aguja ante ella, a modo de mazo.


—Se abre la sesión en el caso de Hawthorne High contra Petula Hensington —anunció Darcy.


Aún a sabiendas de que aquello era, en realidad, un juicio político, las Wendys habían preferido presentarlo como acción popular, dando por sentado que la unión hacía la fuerza y que, de ese modo, sus motivos no parecerían tan personales y de segundo orden. Petula puso los ojos en blanco en un gesto de desagrado y les lanzó una mirada asesina por primera vez desde que hiciera su entrada en el gimnasio. Para su sorpresa, no logró intimidarlas. Estaban demasiado metidas en su papel.


—Tiene derecho a guardar silencio —informó Wendy Anderson, confundiendo un arresto con un juicio.


—Conozco mis derechos —respondió Petula—. Empecemos de una vez.


—Se la acusa de buscar intencionadamente la ruina de la más que merecida reputación de las Wendys mediante la confraternización con toda suerte de delincuentes, marginados y perdedores —empezó Darcy—. Y de despojar a las Wendys de su legítima herencia como sus sucesoras en el ámbito social de Hawthorne High al sustituirlas por los susodichos indeseables.


Petula se obligó a escuchar los cargos con atención. Por lo que se veía, no tenían ni idea de lo que en realidad se traía entre manos en el centro, y eso estaba bien, porque tampoco es que ella lo supiese del todo. Su mejor táctica conjeturó con pragmatismo, sería hablar poco, si bien en tono desafiante.


Pam y Prue también escuchaban atentamente, deseando que se les revelase alguna pista con la que comprender mejor lo que se suponía que debían estar haciendo. Notaron que cuanto más escuchaban, más se centraba su atención en Darcy. Las Wendys eran superficiales e insignificantes, de eso no les cabía duda, pero Darcy era todo malicia. Se lo estaba pasando en grande apretándole los tornillos a Petula, una chica a la que apenas conocía.


—¿Cómo se declara la acusada? —preguntó Darcy


—No culpable —replicó Petula con arrogancia.


—¡Protesto! —interpuso Wendy Anderson, dando un zapatazo en el suelo como una niña pequeña.


—¡Cómo que no! —exclamó Wendy Thomas, quien al parecer no acaba de captar del todo el concepto de la presunción de inocencia.


—Demuéstrenlo —las desafió Petula con aire de suficiencia—. Y más vale que tenga algo mejor en mi contra que las camisetas de mi hermana.


Darcy recogió el guante. Seleccionó algunas de las fotografías y grabaciones de vídeo contenidas en su cámara digital y en su teléfono móvil y procedió a enviarlas una a una por SMS a su lista de amigos, que, oh casualidad, resultaron ser todos los presentes. Petula contempló la posibilidad de impugnar las imágenes del seguimiento como pruebas alegando inconstitucionalidad, dado que constituían, en potencia, una invasión de su intimidad, pero la desechó al instante, convencida de que la situación tampoco daba para tanto.


—Estas fotografías —informó Darcy al jurado—, se tomaron la otra noche en el centro de la ciudad.


Conforme las fotos eran descargadas una tras otra en los móviles, un mar de gritos ahogados y expresiones de incredulidad llenó la sala. Existían pruebas concluyentes que mostraban a Petula deshaciéndose en atenciones y entregando prendas de diseño a una tropa de agradecidos barriobajeros. Por extraño que parezca, la única persona sonriente en toda la sala era Petula, cuya expresión de placidez reflejaba, aún más si cabe que la evidencia fotográfica, lo orgullosa y satisfecha que estaba de su trabajo. No lo podía evitar.


—Una imagen vale más que mil palabras —dijo Darcy con una sonrisita, segura de haber proporcionado al jurado razones suficientes para respaldar su argumento.


—Y a todo cerdo le llega su San Martín —auguró Petula en voz baja—. ¿O mejor debería decir «a toda guarra»?


—Protesto —saltó Wendy Thomas—. La testigo habla de oídas.


A Petula no le pasó por alto la ironía de que las Wendys, que muy bien podían dar clases sobre cotilleos, recurriesen al «testigo de oídas» para defender a Darcy. Para entonces, ya se había dado cuenta de que el juicio no era más que puro teatro. Nada de lo que dijera iba a cambiar el previsible final. El veredicto era inevitable.


Con todo, una leve sensación de alivio ante la idea de que la desbancasen empezó a embargarla mientras guardaba silencio.


—Eso es todo por parte de la fiscalía —exclamó Darcy.


—Escuchemos ahora a la defensa —dijo Wendy Anderson de mala gana, mientras señalaba en dirección a Petula.


Petula no respondió, sino que levantó la vista una vez más hacia la multitud, casi con condescendencia. Estaba claro que también ellos habían tomado una decisión. No es que fueran chicos despiadados o poco caritativos en particular, lo que ocurría era que la gente como ellos tenía un rol que desempeñar tanto dentro como fuera del instituto.


Sus obligaciones para o con los necesitados consistían en acoger recaudaciones de fondos autofinanciadas y organizar venta de tartas, maratones de baile, concursos de besos y demás, que por lo general tenían como resultado recaudaciones fantasma. Estos eventos cumplían el principal propósito de «concienciar» a la gente, nunca aliviar el sufrimiento sino más bien hacer saber a todo el mundo lo mucho que te preocupaba el problema… desde lejos.


El gran pecado de Petula radicaba en que había ensuciado las manos, en sentido tanto figurado como literal. La ayuda que ella estaba proporcionando era de índole específica y personal. Cualquiera podía montar un evento para la donación de abrigos, pensó. Lo suyo tenía que ver con cubrir una necesidad tan superficial como la de proveer protección de los elementos, algo sin duda importante, pero también devolvía a los destinatarios ciertas dosis de ego y color a sus vidas.


Petula no sólo tenía fe ciega en su propia superioridad, sino también en su excepcionalidad innata. Poseía una autoestima incondicional que echaba profundamente de menos en buena parte de quienes la rodeaban. Ello la había conferido de ser un tremendo poder sobre los demás, sobre las Wendys para ser más concretos. Ahora, pensó, sus intentos por compartirla, por conferirla a quienes más la necesitaban, iban a convertirse en su perdición. Empezaba a albergar sus dudas sobre todo el asunto mientras aguardaba la caída de la cuchilla, o mejor dicho, del tacón.


Mientras Petula estaba con un pie en el aire, quiso la casualidad que Scarlet pasara por allí de camino al aparcamiento. Se asomó por la ventanilla de la puerta, dispuesta a echarse unas risas a cosa del comité encargado de preparar el Baile de Graduación, pero lo que vio tenía de gracioso más bien poco. Su primera impresión fue que Petula estaba conduciendo un seminario sobre cómo elegir la ropa según tu constitución física con vistas al baile, pero el ambiente que se respiraba era demasiado sombrío para eso. Scarlet se fijó más de cerca y observó a las Wendys ataviadas con las camisetas que ella había desechado y a Darcy levantada y en pose inquisitorial. No había vuelto a ver a su hermana en una situación tan vulnerable desde el coma.


—¿Qué demonios? —fue cuanto le vino a la cabeza mientras se escondía detrás de la puerta y se disponía a escuchar.


Transcurridos unos momentos de silencio, resultó evidente que Petula no iba a pronunciar palabra por iniciativa propia.


—¿No tienes nada que decir en su defensa? —preguntó Darcy a Petula.


Darcy se volvió hacia la multitud, invitándolos a participar a la vez que aprovechaba el momento para instigar una repudiación pública de Petula en toda regla.


—¿Y ustedes que dicen? —agregó, azuzando a la muchedumbre situada a su espalda—. ¿Algo que añadir?


El sentimiento de saberse traicionados se hizo patente en sus voces burlonas conforme un chaparrón de obscenidades se abatía sobre Petula desde las localidad baratas. Nada tenía que ver con el Baile de Bienvenida.


—¡Nosotros te creamos y podemos destruirte! —gritó una voz entre la muchedumbre.


—No eres más que un montón de marcas y agua oxigenada —vociferó una chica.


—Gracias —dijo CoCo echándole un vistazo a la espontánea mientras hacía su entrada en la caótica escena.


Pam silbó para llamar su atención y le hizo un gesto con la mano para que se acercara hasta ellas.


—¿Qué me he perdido? —preguntó CoCo, tan interesada como siempre en el infortunio de los demás.


La expresión de los rostros de Prue y Pam fue respuesta suficiente.


Los tres espíritus concentraron de nuevo su atención en el temible tribunal.


—A los que ya no les guste Petula, que levanten la mano —ordenó Wendy Anderson a la vez que alzaba el brazo izquierdo, con la mano abierta y los dedos muy separados.


La práctica de los allí presentes hizo lo propio y al instante emergió un bosque de extremidades. No había necesidad de hacer un recuento. Las gradas parecían un anuncio colectivo de desodorante.


—La mayoría manda—apuntó Wendy Thomas con malicia constatando la obviedad—. Caso cerrado.


—Ha sido hallada culpable de abdicar de su función como nuestra líder —proclamó Darcy.


Petula permaneció muda. Darcy tomó asiento y se volvió hacia una de las Wendys, luego hacia la otra, susurrando y señalando en dirección a Petula mientras repasaban las fotografías de sus teléfonos móviles. Luego se volvieron hacia el jurado de animadoras suplentes para que éste emitiera su veredicto. Tras una breve deliberación, se pasó una nota al ministerio de popularidad y se procedió a anunciar lo inevitable.


—Petula Kensington, póngase en pie —solicitó Darcy.


Petula se incorporó, plantó cara a su antagonista, cruzó los brazos y chupó las mejillas hacia dentro, al tiempo que la multitud renovaba sus insultos por si acaso.


Las Wendys, que hasta ese momento habían estado muy atareadas garabateando en sus fichas de rayas, se levantaron de un salto y procedieron a leer la sentencia.


—El nombre de Petula Kensington será retirado de todos los carteles y programas, invitaciones y carrozas del Baile de Graduación, al igual que de toda la publicidad del periódico y el anuario del instituto —proclamó Wendy Anderson—. Además, se la despojará de toda autoridad sobre las cuadrillas de animadoras y de pompones, quedará excluida de todas las fiestas y de todas las reuniones de motivación, y bajo ningún concepto intentará contactar con nosotros, ya sea mediante llamadas de marcación rápida, chats, SMS, redes sociales o cualquier otra forma de comunicación.


—Entonces, ¿me desechan? —preguntó Petula, escéptica, sintiéndose de pronto como una acción sin valor en la bolsa de popularidad.


—Te desechamos —puntualizó Darcy sin piedad.


Lo llamase como lo llamase, la verdad era que la acaban de declarar obsoleta. Y se veía derrocada por las mismísimas lameculos a las que antaño había dominado.


—Se levanta la sesión —anunció Darcy, que de nuevo volvió a estrellar el tacón de aguja de su zapato sobre la mesa.


Petula permaneció de pie, inmóvil, mientras las Wendys y Darcy recogían sus cosas y salían en formación, seguidas por la multitud, que pasó de largo, negándose a mirarla siquiera. Como único reconocimiento de su existencia, unos pocos murmullos de desaprobación.


Por primera vez en su vida, Petula Kensington era invisible.






Charlotte aguardaba a que Scarlet regresase a casa del instituto. No podía aguantar más. Lo mismo daba su temor a que la joven ya no pudiese verla o a que hubiese olvidado su amistad, o el hecho de que se sintiera intimidada por la química creciente entre Eric y ella. Necesitaba hablar con Scarlet. En privado. Sin Damen. Sin Eric.


Permaneció sentada en la cama, con los pies colgando, durante un rato, y volvió a echar un vistazo al dormitorio, mientras el contenido de la carta de Scarlet se le aparecía en la mente una y otra vez. Se veía muy distinta. No había muebles nuevos, pero buena parte de los que allí estaban habían sido restaurados y cambiados de lugar.


El espacio se le antojó más grande y luminoso, más abierto y menos abarrotado de como lo recordaba. El calificativo que Charlotte estaba buscando, y que Scarlet detestaría profundamente, era «minimalista». Los cambios eran sutiles pero significativos y, a ojos de Charlotte, casaban a la perfección con la imagen de la fotografía que había visto en la habitación de Damen.


No obstante, el mejor indicador del estado emocional de Scarlet siempre había sido su armario. Charlotte se fue directa al vestidor y empezó a revolver entre los fastuosos vestidos que ésta había ido acumulando. No quedaba ni rastro de las camisetas y sudaderas con capucha que la distinguían, sólo unas pocas habían conseguido pasar la censura.


Aquélla, se le ocurrió a Charlotte, era una de las pocas razones por las que resultaba tan guay ser fantasma. ¿Quién no querría meter la cabeza sin ser visto, en la vida de una persona? Era como espiar con un chute de esteroides. Era mucho lo que se podía aprender sobre una persona. Sin todos los filtros y fachadas emocionales, se podía experimentar quién era la persona en realidad, y no quién ella deseaba que uno pensara que era. En el caso de una amistad, sin embargo, hay cosas que es mejor no saber. La gente cambia, pensó Charlotte. ¿Y si Scarlet se había cansado de ella, igual que de sus camisetas? Ojos que no ven, corazón que no siente.


Charlotte siguió atormentándose lo que pareció una eternidad, y entonces oyó el sonido del pomo de la puerta, una antigua talla de cristal en forma de rosa, al girar. Charlotte deseó poder hablar, chillar, lo que fuera, pero era incapaz de emitir sonido alguno.


Scarlet entró en el dormitorio, arrojó el bolso y las llaves del coche sobre la cama y pasó de largo junto a Charlotte, que, muy tiesa, aguardaba ansiosa a que la reconociese. Charlotte se quedó deshecha, la moral por los suelos. ¿Cómo iba a afrontar todo el tema de Eric, el regreso a la tierra, a Hawthorne, nada menos, y no contar con Scarlet para desahogarse? El peor de sus temores ya era oficialmente una realidad.


Se dejó caer de nuevo en la cama de Scarlet. Lo único que quería era hacerse un ovillo y enterrarse bajo los almohadones; desaparecer.


—Oye, mucho cuidado con mancharme la colcha nueva con esa pasta muerta de la que estás hecha —dijo Scarlet mientras se atusaba el pelo delante de su tocador art decó.


Charlotte no alcanzaba a comprender.


—Ya me has oído —insistió a la vez que miraba a su espalda por el espejo.


Scarlet se dio media vuelta y se lanzó sobre la cama, donde aterrizó junto a Charlotte casi a modo de placaje.


—Creía… —empezó esta última, que intentó zafarse, sin por ello salir de su asombro.


—Ya lo sé —dijo Scarlet—. ¡Me ha costado horrores pasar de largo!


Charlotte necesitaba a Scarlet para muchas cosas, pero ahora recordó que la necesitaba para algo más: para quitarle hierro al asunto.


Su amiga la miró con una sonrisa torcida y se dejó caer sobre la mesa hecha un guiñapo.


—¿Qué estás haciendo tú aquí? —dijo casi gritando.


—Recibí tu mensaje —respondió Charlotte sonriendo con dulzura.


Era mucho lo que quería contarle, pero decidió que ése no era el mejor momento.


Scarlet, por su parte, se sintió aliviada y avergonzada a la vez. En ningún momento pensó que Charlotte pudiese recibir el mensaje, pero ahora se alegró de que así fuese y aún más de poder ver a su mejor amiga. Si había alguien capaz de comprender los altibajos de todo aquel proceso del «cambio», y lo que es más, de comprender a Scarlet, ésa era Charlotte.


Sin más preámbulos, empezó a desahogarse.


—Eres la única con quien puedo hablar —dijo con un tono emotivo insólito en ella—. Y no estás.


—Lo estoy ahora —la reconfortó Charlotte a la vez que le retiraba a Scarlet el flequillo de los ojos—. Háblame.


Scarlet vaciló. Sacarlo todo haría que se tornase mucho más real. Pero si en alguien podía confiar, ésa era Charlotte. Scarlet no se complicó, consciente de que Charlotte la comprendería.


—Me estoy perdiendo —dijo enjuagándose las lágrimas de sus ojos color avellana.


Lo doloroso de la confesión le resultó a Charlotte casi tan duro de oír como a ella de plasmarlo en palabras, pero eso ya lo había captado con el mensaje de Scarlet. Si de algo podía estar segura en lo que atañía a esta, era de su conciencia de sí misma.


—Mírame —continuó, ofreciéndose a que la inspeccionara.


Charlotte adivinó el momento de fragilidad por el que pasaba Scarlet, de modo que procedió con cautela. No había necesidad de mencionar las fotografías de la habitación de Damen que le habían proporcionado bastantes pistas sobre lo que ahora estaba escuchando.


—Bueno, lo único que parece es que has crecido un poco, pero todavía veo a la Scarlet de siempre —explicó.


—¿En serio? —dijo secándose las lágrimas—. ¿Dónde?


—Aquí —contestó Charlotte, señalando su corazón—. Siempre eres la misma.


Se abrazaron recordando el lazo que ambas compartían. Scarlet estaba emocionada, aunque no del todo preparada para zanjar el tema.


—Dime la verdad —dijo—. ¿Tú ves que me parezca algo a la que era antes?


Presionaba a Charlotte a fin de obtener una opinión objetiva. Después de todo, hacía bastante que no se veían, así que era la persona perfecta para hacer una evaluación del antes y el después.


—¿A qué viene esa obsesión con «la de antes»? —preguntó Charlotte—. Eso sí que es nuevo.


—Es porque alguien me ha hecho recordar las cosas que me gustaban antes, lo que fui —dijo ella.


—¿Alguien? —preguntó Charlotte, sin dudar por un momento de a quién se refería.


Su amiga ignoró la pregunta, pues era evidente que no quería compartir esa relación con Charlotte.


—Verás, siento que he cambiado tanto —explicó Scarlet—, que he dejado de saber quién soy.


—¿Y lo has hecho todo por Damen?


—No es que él me la haya pedido nunca —explicó Scarlet, mientras su voz se apagaba junto con sus pensamientos.


—Entonces puede que sólo seas tú —sugirió Charlotte—, que te haces mayor.


Tan pronto brotaron las palabras de su boca, supo que no eran las más adecuadas. Scarlet arremetió contra ella.


—¿Y tú que sabes? —espetó Scarlet, que al instante deseó también no haberse dejado llevar.


Ambas se miraron arrepentidas.


—Es muy sencillo, Charlotte: no soy feliz —dijo—. Damen está hecho un universitario y, aunque he puesto todo de mi parte por seguirle el rollo, no sé si seguimos encajando, la verdad.


Scarlet hizo una breve pausa, para que calase lo que acababa de confesar.


—No es una camisa —dijo Charlotte.


—Estamos a años luz, y no sé si soy capaz de salvar esa diferencia.


—O puede que no sepas si quieres salvarla —sugirió Charlotte, enmascarando a duras penas la preocupación en su voz


—Puede ser —dijo Scarlet con un hilo de voz.

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