dissabte, 5 de març de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 10




Capítulo X: Nadie más que tú


La gravedad no es responsable de que la gente se enamore.
—Albert Einstein.
***


Todos caemos
Se dice que caes en las redes del amor por algo. Como una cascará de plátano de una de esas películas mudas, el amor puede hacerte resbalar y caer de culo cuando menos te lo esperas. Entonces, o bien te levantas de un brinco, inmutable, o bien te quedas paralizado. Sea como fuere, ya siempre llevarás ese recuerdo contigo. El futuro dirá si es una pequeña cicatriz o una lesión permanente lo que te deja.
***
—Eso es —dijo Petula muy tranquila, a pesar de lo emocionante de su momento de Eureka—. Es tan obvio.


No es que fuera Stephem Hawking intuyendo la teoría del Todo, pero sí, casi con toda probabilidad, sería lo más parecido a una revelación que jamás volvería a experimentar Petula.


—Ha costado lo suyo —resopló CoCo dejando patente lo duro que había sido internarse en el subconsciente de Petula y consignar un mantra sobre moda en ella.


Petula necesitaba orientación, un propósito más elevado para sus escapadas nocturnas, y CoCo era el alma idónea para proporcionárselo. De pronto, todo tenía sentido para ella.


—Viste bien —recitó conforme CoCo articulaba las palabras, sentada desde una silla emplazada junto a la cama—, siéntete bien.


Con su vena creativa a pleno rendimiento y la mente en un agitado torbellino, Petula se coló en el dormitorio de Scarlet y recogió del suelo el último montoncito de prendas pendientes de desechar. Petula tenía planeado satisfacer su potencial y cargó con ellas hasta su dormitorio, donde las dejó caer sobre su propio montón de ropa. Sintió un ligero estremecimiento ante la idea de que sus finos trapos se mezclaran con los de Scarlet, pero pudo justificarlo sin más problemas como parte de su nueva vocación.


Luego, se encaminó hacia la habitación de invitados, que estaba pegada al dormitorio de su madre. Austera, como tantas otras de su especie, lucía una moqueta barata y una llamativa escasez de muebles, además de alguna que otra fotografía, figurilla, y cuadros viejos que ya nadie quería. Era una celda de confinamiento de trastos con suficiente valor sentimental como para quererlos conservar, pero sin tanto significado como para exhibirlos.


Petula se fue hasta el armario vestidor y permaneció de pie delante de él unos instantes antes de alargar la mano hacia el pomo. Abrió la puerta como quien abre la tapa de un ataúd, despacio y con sumo respeto, mientras tomaba aire en pequeñas cantidades por la boca a fin de conjugar el tufo a cerrado que emanaba del cuartito. El olor a moho se desvaneció enseguida, y Petula se puso a revolver entre la ropa colgada ante ella: un perchero atestado de prendas de caballero, olvidadas por completo desde que su padre se fue, dejando su armario, y su ropa, detrás.


Conforme Petula entresacaba cada una: abrigos, rebecas, chaquetas de traje, pantalones, camisas, corbatas, la mayoría cubierta aún por la funda de plástico de la tintorería, se dio cuenta de que no eran prendas olvidadas ni mucho menos. Podría recordar con todo detalle haberle observado bajar las escaleras muy despacio, ataviado con la chaqueta de punto, los fines de semana por la mañana, salir precipitadamente por la puerta de casa con el traje y la corbata cada día de camino al trabajo, el pijama que se calaba cada noche antes de leerle un cuenta en la cama, el albornoz que llevaba puesto mientras ella contemplaba cómo se afeitaba a la antigua con brocha y jabón, y aquel olor como a polvo de su aftershave que invadía todo el baño justo después. Al hundir la nariz en el cuello, no estuvo muy segura de si se trataba en realidad de aquel aroma o del recuerdo de éste que había perdurado después de todos aquellos años.


Recordaba haber discutido de más pequeña con su madre sobre su manía de no deshacerse de las cosas de él. Petula acusaba a su madre de aferrarse al pasado, a malos recuerdos que no hacían sino impedirle que siguiera adelante con su vida. Para Petula, la partida de su padre fue como una muerte: puede que incuso algo peor, porque había sido voluntaria. Era algo que había que superar y olvidar. Pero ahora la alegraba y reconfortada sobremanera que todo siguiese allí. Y no sólo eso, sino que se hubiese conservado en perfecto estado, como una especie de exhibición museística sobre el pasado de su familia.


Petula era, no obstante, más partidaria de los monumentos vivos, y decidió, con alguna que otra velada insinuación de CoCo en su subconsciente, que ya era hora de resucitarlos. Tanto tiempo había trascurrido que casi todas las prendas del vestidor estaban pasadas de moda. Con delicadeza, descolgó los viejos trajes de las perchas de madera y se los llevó a su dormitorio.


Conozco al tipo perfecto para esos trajes, pensó CoCo mientras observaba cómo Petula agregaba la ropa al montón.


***
El escenario estaba listo. Wendy Anderson, Wendy Thomas y su nueva mejor amiga, Darcy, estaban apartadas y preparadas para cazar al culpable. Las Wendys se habían traído a Darcy con ellas sobre todo para contar con un testigo objetivo. Si alguna vez llegaba a filtrarse algo de todo aquello, nadie las creería sin su corroboración. Ataviadas de incógnito al más puro estilo Chica Bond de los setenta, una elección del todo inspirada, aguardaban ahora la llegada de Petula.


—No es la misma persona —dijo Wendy Anderson justificando el espionaje.


—Yo creo que, poco a poco, intenta reemplazarlos, retirarnos paulatinamente —espetó Wendy Thomas—. Pues, mira por donde, al final va a ser ella la que quede fuera de circulación.


—Chicas, tenéis tanta razón —soltó Darcy en tono pomposo—. Seguro que anda por aquí haciendo un casting de marginados para formar una nueva tropa.


Aunque aquello ya se les había pasado por la cabeza a las Wendys, nunca lo habían discutido abiertamente hasta este momento.


—Me muero de ganas por conocer a la competencia —dijo Wendy Anderson, si bien su expresión delataba que deseaba todo lo contrario.


—Habláis como unas perdedoras —instigó Darcy mientras las Wendys permanecían en estado de máxima alerta, igual que un par de amantes despechadas deseosas de presenciar el engaño de primera mano—. ¡Vosotras sois las Wensys! No tenéis competencia.


Las inseguridades de las Wensys con respecto a ellas mismas y a su amistad con Petula eran la razón de que se hallaran en un estado de paranoia permanente, y Petula estaba encantada de que así fuese. Sabía por instinto que las dos chicas eran mando intermedios poco más, exentas casi por completo de dotes de liderazgo, así que era muy fácil mantenerlas desequilibradas y siempre preocupadas por el lugar que ocupan en su órbita. Provenían a Petula de las dosis necesarias de adulación y, a cambio, se las permitía navegar en su estela.
Sus roles ya tan arraigados, su estatus social, su futuro, incluso, tan indisolublemente ligados a los de ella, que sentían que tenían, no ya el derecho, sino la obligación de averiguar la razón última del aberrante comportamiento de Petula. Estaba muy bien que el coma la hubiese trasformado en santa, pero eran ellas las que iban a tener que responder de ello. Y no se encontraban preparadas. Si alguien tenía que ser derribado del pedestal de la popularidad, no iban a ser ellas.


Las Wendys se veían reforzadas por la charlatanería de Darcy y percibían en ella las cualidades motivacionales que ellas tanto echaban de menos. Darcy estaba lista para reinar.


Pam y Prue observaban esta tentativa de ritual de apareamiento entra las Wendys y Darcys con mucha curiosidad. Darcy destilaba un no sé qué que les resultaba muy familiar, aunque ni mucho menos positivo. Pam y Prue habían llegado a querer, y puede que hasta respetar, a Petula desde toda aquella historia con Virginia, y no les gustaba nada que una nueva reina en potencia tratase de aprovecharse de ella en un momento vulnerable.


—¡Ahí está! —chilló Wendy Thomas como si acabara de divisar una rarísima especie en peligro de extinción durante un safari.


Vivas y muertas por igual contemplaron cómo Petula se adentraba en el oscuro callejón y se dirigía a un grupo de niños sin techo. Esto asombró a las Wendys, puesto que Petula jamás se habría dirigido a un grupo de completos extraños sin haber antes preparado alguna clase de fanfarria que la precediese. Pam y Prue, sin embargo, pudieron comprobar que no estaba sola. La guiaba CoCo.
Petula dejó car la pesada bolsa de basura verde mar con la que iba cargada y procedió a tomar las medidas de cada desconocido con una cinta métrica. Dejó escapar un suspiro de alivio cuando comprobó que ninguna de las demacradas y desnutridas niñas sobrepasaba una talla 36. Luego, empezó a hurgar una y otra vez en la bolsa, como una especie de Papá Noel famoso por su elegancia al vestir, mezclado y combinando piezas de ropa a fin de confeccionar atuendos para cada una de las, un tanto desconcertadas, pero agradecidas desconocidas.


—¡Es estilismo agresivo! —exclamó Wendy Anderson sufriendo una ligera convulsión mientras buscaba apoyo en el salpicadero. Era como la confirmación de algo que tanto se sospechaba, que temían, incuso.


—Eso parece —dijo Wendy Thomas, atónita.


—Está reclutando un ejército petulante —agregó Darcy, con un atisbo de admiración contenida en la voz.


—¡Y se nos ha dado de baja sin honores! —refunfuñó Wendy Anderson.


Esto venía a confirmar sus peores temores. Petula estaba convirtiendo a aquellas personas en lo que quería, igual que había hecho con ellas al principio. Imprimía su marca, les proporcionaba un estilo y algo por lo que sentirse orgullosas. Conocían muy bien la sensación. Todavía recordaban sus propios estilismos agresivos, cómo Petula se había presentado en sus casas el primer año de instituto para decirles qué ponerse, qué comer y cuándo podían hablar.
En lo referente a la preparación básica, Wendy Anderson recordaba cómo Petula las había despojada de su dignidad y quebrado su espíritu para luego reconstruirlas de su imagen y semejanza. Una suerte de campo de entrenamiento estético de reclutas. Hicieron cuanto ella les pidió, y ahora, a qué las había conducido: a encontrarse apostadas en un oscuro callejón, contemplando cómo su maestra modelaba y esculpía a sus sustitutas justo delante de sus pestañas postizas.


Las Wendys se sintieron dolidas y celosas a la vez. Petula estaba estampando su sello personal en aquellos casos perdidos, bendición esta que ellas se había ganado. Y tanto o más importante era que estaba regalando prendas que ellas deseaban, o en su mayor parte al menos.


—Está redefiniendo el estilo callejero tal y como lo conocimos —dijo Wendy Thomas sacando las cosas de quicio, como si estuviera presenciando el nacimiento del universo.


Petula se cuidó mucho, tal y como CoCo había “sugerido”, de no entregar la ropa sin más, sino de pensar con detenimiento su recolocación. Estuvo allí durante casi una hora, montando y desmontando y volviendo a montar los atuendos hasta conseguir el efecto deseado. Hasta que sus súbditas quedaron irreconocibles. Había mudado su look vagabundo desenfadado por un auténtico Dumpster Chic.


—Esto no se lo va a creer nadie —trastabilló Wendy Anderson.


—Para eso está —cacareó Darcy, sacando su cámara digital—, la visión nocturna.


Darcy empezó a hacer fotos a diestro y siniestro con mucho más éxito que las Wendys la noche anterior, documentando el evento como un fotógrafo criminalista, visualizando los JPEG en la pantalla y eliminando las instantáneas que no le “servían” fuera lo que fuese lo que significaba eso.


Las malas vibraciones que Pan y Prue habían percibido en Darcy en un primer momento estaban adquirieron dimensiones sísmicas. Les pareció que estaba totalmente fuera de sí conforme iba almacenando foto tras foto.


—¿Habéis visto eso? —dijo Darcy, enfocando el objetivo en dos jovencitas de ojos llorosos, pero tan a la moda de repente, que se había fundido en un abrazo con Petula.


—La están tocando.


Las Wendys emitieron al unísono un grito ahogado ante tan nauseabundo espectáculo.


Petula estaba tratando a aquellos casos de caridad de igual a igual, lo que las situaba al mismo nivel que las Wendys, además. Esta involuntaria baja de escalafón fue la gota que colmó el vaso.


—Después de todo lo que habéis hecho por ella —dijo Darcy con un tono bien cargado de lástima.


—Sí —aseveró Wendy Thomas sacudiéndose, también, su malestar.


—Chicas, es hora de cambiar las cosas —ofreció Darcy, pasándole el brazo por los hombros mientras regresaban al coche—. Petula ya lo ha hecho.

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