divendres, 29 d’abril de 2011

Nevermore - cap 9

Capítulo IX - Formas Intangibles


Castigada. Esa era su sentencia por el resto del fin de semana, mayormente porque Isobel no había sido capaz de inventar una buena excusa por no haber revisado su teléfono antes. Cuando su mamá y su papá le preguntaron donde había estado, ella había hecho lo mejor para no mentir, diciendo que el grupo había ido por helado después del juego y que ella había perdido la noción del tiempo. A la pregunta de quién la había traído, Isobel simplemente se había encogido de hombros, diciendo que había sido alguien de la escuela. Podía decir que a su papá no le había gustado especialmente esa respuesta, pero tampoco la interrogó más.


Ella no estaba lista para hablar acerca de lo que había pasado en la heladería. De ninguna manera estaba lista para decirles que había roto con Brad. O siquiera de admitir que el grupo no estaba más. No cuando apenas tenía tiempo para procesarlo todo ella misma. A pesar de todo, se sentía reacia a mencionar el nombre de Varen, como si, de alguna forma, eso invocara todavía más desastres.


Y así, entre ataques de mal humor y tratar de no pensar en perder a todos sus amigos en una noche, o acerca de la loca manera en la que Brad había actuado o en cuan incomodas serían las cosas en la escuela el lunes, Isobel pasó la mayor parte del sábado tratando de idear un plan para saber como iba a encontrarse con Varen al día siguiente. Por supuesto, ella ya sabía que tendría que involucrar escaparse.


Tarde el domingo, cuando su padre se desplomó en frente de la televisión, se dio cuenta también de que necesitaría, si quería disminuir enormemente sus oportunidades de ser atrapada, posicionar un vigía.


Convencer a Danny resultó ser más difícil de lo usual. Comenzó la oferta ofreciendo hacer todas sus tareas de la semana porque, en el pasado, siempre que estaba desesperada por un favor, eso conseguía el truco. Pero esta vez, sin embargo, rechazó tanto esa propuesta como la perspectiva de recaudar la mesada de ella por las dos semanas siguientes. Normalmente era un trato con gratificación inmediata, pero Danny la sorprendió al lanzar un trato inusual, uno que incluía que Isobel se pusiera un sombrero de chofer por medio tiempo luego de su cumpleaños en primavera, luego de que finalmente tuviera su auto. La negociación le recordó a una sesión Hazlo-o-Muere de la Mafia, completa con Danny amenazando con hacer su vida miserable si ella “no cumplía” con alguna “claúsula” de su “contrato”, y le hizo darse cuenta de cuan ambicioso se había vuelto su hermano pequeño desde que había comenzado la escuela intermedia. De todos modos, ella se imaginó que sus padres tal vez harían que lo paseara solo un poco. Y entonces, luego de recordarle a Danny que miraba demasiada televisión, Isobel de mala gana se dio por vencida.


— Pero no voy a recoger a tus amigos ni llevar a todos a casa a diez lugares diferentes — dijo antes de tomar su mano tendida.


A esto, Danny rodó sus ojos, dándole a su mano una sacudida rígida. – Para eso tenemos bicicletas. Duh.


— Entonces, ¿Qué tengo que hacer si mamá y papá tratan de entrar a tu cuarto? — preguntó Danny mientras la observaba cargar su mochila con un bloc de notas, lapiceras, y los libros acerca de Poe que había tomado de la Biblioteca.


— No los dejes entrar — dijo. Honestamente, ¿no habían ya hablado de esto?


— Si, pero no puedo mantenerlos afuera. Tú y yo sabemos que apenas si puedo mantenerme yo mismo afuera — agregó esta última parte mientras se recostaba sobre su tocador y abría uno de los cajones.


— Bueno, te conviene que lo hagas — Dijo, cerrando el cajón de nuevo — Tú sabes que el trato se rompe si se enteran.


Esa amenaza para agregar un pequeño incentivo extra, Isobel pensó


Se puso encima su mochila y caminó hacia su ventana abierta. El aire frío entró, agitando sus cortinas de encaje, trayendo la esencia de hojas marchitas y ese olor chamuscado de otoño que era casi picante. Hasta ahora había sido un día lindo, solo un poquito más frío de lo que a Isobel le gustaba. Al menos no parecía como si fuese a llover.


Se sentó a horcadas en el alfeizar de la ventana, agachando su cabeza abajo y afuera antes de treparse completamente en el techo. Ellos vivían en una casa de dos niveles, entonces siempre había habido un pequeño peñasco en el que se podía deslizar para sentarse si necesitaba estar sola.


Isobel se mantuvo en equilibrio sobre el declive, las toscas tejas chirriando y crujiendo bajo sus zapatos. Trató de no mirar el borde de la canaleta. En vez de eso miró sobre su hombro a Danny, inclinándose hacia afuera, mirándola a ella.


— Recuerda — dijo, pero no tenía que terminar.


— Si comienzan a hacer preguntas, tienes dolor de cabeza, y estás durmiendo.


— ¿Y?


—Y fijarme en la puerta del garage, porque estarás de vuelta a las siete y treinta en punto y a tiempo para la cena o si no volverás a ser un alíen y serás deportada a tu planeta de origen — Danny recitó todo esto con su regordete rostro apoyado en sus manos, sus codos apoyados sobre el alfeizar de la ventana.


Isobel rodó sus ojos y se giró para bajarse del techo, cuidando mantener su paso derecho y seguro sobre la inclinada terraza.


— Tal vez no sea mi problema — escuchó a Danny decir a sus espaldas — pero puedo preguntar por qué estas arriesgando tu vida, tu libertad y tu pellejo para escaparte


— Normalmente — comenzó Isobel mientras llegaba al borde más lejano, donde sabía que el enrejado blanco de madera de su madre tocaba el techo. — Esa información estaría clasificada — se quitó su mochila y la lanzó abajo al césped. Luego giró y se agachó, estirando una pierna sobre el borde, tanteando el camino. La punta de su pie se deslizó a través de una ranura del enrejado. —Pero ya que preguntaste… - Adquiriendo un punto de apoyo para su pie, comenzó a descender — Tengo que hacer mi tarea.


La puerta crujió, y una cinta de campanas oxidadas sonó cuando ella entró a la vieja librería.
Desde el exterior, Isobel podría decir, que el edificio había sido la casa de alguien alguna vez. La pintura color verde de los ladrillos estaba desconchada, una chimenea visiblemente desmoronada a una lado del tejado. Adentro, la humedad mantenía una densa atmósfera antigua, y el olor a polvo y libros viejos, se combinaban para hacer de la respiración un trabajo.


El cuarto delantero era largo y estrecho, lleno de filas de estantería altas y firmes que llegaban casi hasta techo. En lo alto, las lámparas fijas daban una luz dorada suave que proporcionaba una ligera luz a las sombras.


Isobel avanzó, no vio a Varen donde quiera que estuviera, pero por otro lado ella no podía ver mucho todavía. Con cuidado ella dio un paso alrededor de un montón de libros antiguos, cerca de la puerta. Pensó que este lugar debía violar por lo menos diez normas de la ley contra incendios. Se movió entre dos estanterías y pensó en llamarlo pero por alguna razón, no quería romper el silencio absoluto.


Isobel miro los innumerables libros, cada uno clasificado con su propio número y fecha. Le hizo sentirse como si anduviera por unas catacumbas.


Cuando llego al final, ella miró al lado del estante y vio un mostrador. Bueno realmente, vio muchos libros amontonados encima de algo que debió haber sido un mostrador. Detrás de ello estaba sentado un anciano con el pelo canoso despeinado alrededor de su cabeza, parecía que había metido el tenedor de la comida en un enchufe.


Le frunció el ceño mirándola con un ojo gris, penetrante y grande, el otro ojo permanecía cerrado. En el regazo tenia un enorme libro encuadernado en cuero, abierto en alguna página del centro.


—Ah, ah. . . - dijo y señaló con el pulgar por encima del hombro, como si debería hacer saber que había entrado por la puerta principal. —Estoy buscando a alguien. —Mantuvo la mirada fija en ella con el ojo abierto, como un pájaro observa a un gusano. —Ajá. Usted no… Sabe si. . . —Se alejó mirando al ojo ¿Bastante escalofriante? Ni parpadeó.


Isobel volvió a señalar por encima del hombro, otra vez.


—Iré a mirar yo misma


Bufó, fuerte y bruscamente. Saltó, preparándose para darse la vuelta y esperar a Varen en la calle. Podía ir al Starbucks y al estudio, porque esto era demasiado raro para ella. Antes de que pudiera dar un paso hacia atrás, el ojo cerrado del hombre se abrió de repente. Se movió en su asiento, parpadeando rápidamente, resoplando.


—Ah, ah —Gruñó. Se puso derecho en su sillón y bizqueó en ella con ambos ojos, uno de ellos estaba enturbiado, era de color marrón, aunque parecía casi negro debido a la débil luz.
— ¿Qué es lo que desea señorita?


Isobel le miró fijamente, teniendo que desviar su mirada para mirar hacia puerta principal; a la luz del sol y a la acera donde las personas normales andaban con sus perros.


—Ah, No permita que esto le sorprenda, — dijo, apuntando con la punta de un dedo al ojo gris grande. —Es vidrio—.Dijo sonriendo. —Me alegro que viniera —Su risa se volvió en una tos floja. —Porque sino habría dormido todo el día —Agregó.


—Yo... yo me tenía que encontrar con alguien aquí—Murmuró Isobel y entonces se arrepintió por haber abierto la boca. Todo en ella quiso realmente estar fuera, en la acera. Había pasado por un café agradable, en el camino, ellos podrían trabajar allí.


No vio un sitio donde sentarse, en este lugar.


— ¿Ah, sí? —Tosió otra vez, aunque él quizás había estado riéndose. Ella no podría estar segura. Lo miró poner su puño contra la boca. Los hombros se sacudieron cuando resolló en la mano, las mejillas se hincharon como un pez globo. Cuando paró de toser, suspiro aliviado. —Es arriba —Gruño el hombre y señaló con un dedo hacia un pasillo, que dirigía a un cuarto interior que Isobel observó (sorpresa, sorpresa) estaba lleno de todavía más libros. —Vaya hasta la parte trasera cuando suba las escaleras. Ignore el cartel de la puerta.


—Ajá, gracias, —dijo, pero él ya había doblado la cabeza y volvió a la lectura. O a dormir. Era difícil saberlo.


Isobel giro hacia el pasillo, en la parte de atrás de la sala. Encontró la puerta que la había dicho cerca de la pared de atrás. Alta y estrecha, se parecía a la tapa de un ataúd. Su primer pensamiento fue que debía ser un armario para los artículos de limpieza, pero ella no vio otras puertas alrededor, tenia un cartel. Realmente, tenía dos.


“NO ENTRAR “decía el primero. El segundo, estaba escrito a mano en un papel tosco con la advertencia: “TENGA CUIDADO CON BESS” ¿Quién, o qué, era Bess? se preguntó. ¿Qué cartel debería ignorar? Isobel echó un vistazo hacia el cuarto delantero. No se sentía realmente con ganas de volver a preguntar al abuelito de las toses.


Isobel agarró la manilla de latón y la giró. La puerta chirrió al abrirla.


Había una estrecha y escarpada escalera que subía hacia arriba. Estaba iluminada por luz solar blanca que procedía de una ventana alta, un millón de partículas de polvo bailaban dentro y fuera de los rayos.


Bueno, pensó. ¿Si éstas son las escaleras que supuestamente tengo que subir, entonces dónde esta esa Bess?


— ¿Hola? —Su voz sonó calmada y baja para sus propias orejas. Ella no recibió una respuesta, pero pensó que podría oír el barajar de papeles, así que subió la escalera, dejando la puerta abierta, detrás de ella.


No había barandilla hacia arriba, tenía que apoyar sus manos en cualquier lado y las apoyo en las paredes de madera oscuras. La escalera gimió y crujió bajo sus pies, como si murmuraran secretos acerca de ella.


Dio un paso después de otro y cuando se acercó a la parte superior, un sentimiento raro comenzó a caer sobre ella. Lo sintió en su estómago primero. Una sensación de mareo se asoció con la insinuación de vértigo. Sintió como el bello de sus brazos se ponía de punta. Se paro y escucho:


¡Crack!


Isobel grito. Sus rodillas se doblaron y se dejó caer en la escalera.


Giro la cabeza y vio que alguien había cerrado la puerta.

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