divendres, 29 d’abril de 2011

Nevermore - cap 10

Capítulo X - Los espíritus de los Muertos


-¿Qué estás haciendo?


Ella conocía la voz, lánguida y tranquila, con ese toque de leve de irritación. Isobel poco a poco volvió la cabeza hasta que se encontró a sí misma centrada en un par de botas negras con polvo colocadas en la parte superior de las escaleras, a menos de un palmo de su nariz. Inclinando la cabeza hacia atrás, sus ojos se encontraron con los verdes ojos de Varen Nethers. 


Él la miró, con un discman en una mano, haciendo girar un CD y la otra colocando unos auriculares en su cuello.


— ¡Ese viejo loco me cerró la puerta! 


Él le lanzó una mirada de reprensión, antes de alejarse moviéndose en la habitación, que era pequeña, muy pequeña, un ático, o probablemente lo había sido una vez. Sus botas hacían un ruido sordo contra el suelo duro mientras él se dirigía hacia una pequeña mesa, con una cafetera de diseño, que estaba en el otro extremo de la habitación, inundada de papeles. En el centro del espacio, había una alfombra raída y fea, marrón y naranja tendida en el suelo, como el cuero cabelludo cortado para tapar alguna calvicie monstruosa. Aparte de algunas pilas de libros obligatorios en cada rincón de la habitación, no había nada más. 


La mesa bajo de una ventana era la única otra pieza que había, además de la de arriba de las escaleras. Esta ventana era pequeña y redonda y daba a la calle. 


—Bruce odia el ruido, —dijo Varen, —así que no puedo imaginarlo golpeando las puertas. 
Isabel frunció los labios. Ella lo vio volver a su asiento de la mesa, poniendo el reproductor de CD a un lado antes de comenzar a buscar entre el desorden de papeles. Ella miró el discman, pensando que era realmente de la vieja escuela por aún llevar uno y no tener un iPod o algún otro reproductor MP3. Lo pensó mejor y no comentó nada.


En cambio, se cruzó de brazos y dijo: — ¿Así que me estás llamando mentirosa?

— ¿Yo dije eso? — Preguntó sin levantar la vista y no pudiendo dejar de recordar cómo estas mismas palabras habían sido las primeras que había hablado con ella. 


—Bueno, lo insinuaste. 


—Tú sacaste tus propias conclusiones. 


— Sí, entonces ¿Quién cerró la puerta?


—Bess —Dijo como si se tratara de una conclusión lógica que cualquier persona haría. 


— ¿Quién diablos es Bess—- Los brazos de Isobel subieron y cayeron separándose en un movimiento exasperado. Ni siquiera había conocido aún a Bess y ya estaba empezando a despreciarla. 


—El duende. 


— ¿El qué?


—Pol-ter-geist —Dijo  pronunciando cada sílaba. 


— ¿Quieres decir...? —se burló Isobel. — ¿Un fantasma? 


—Algo así. 


— ¿Hablas en serio? 


Sus ojos se levantaron de la mesa para fijarse en ella, estaba serio. 


—Lo que sea —Dijo sacudiéndose unas motas de polvo de la parte delantera de sus  vaqueros, el polvo probablemente era de las sucias escaleras. Era evidente que estaba tratando de hacerla enojar de nuevo. Probablemente. 


Isobe hizo caso omiso de la piel de gallina que se le erizó todo el camino hasta la parte de atrás del cuello, como arañas diminutas con las piernas eléctricas. 


—Así que ¿trabajaremos aquí? No lo entiendo. ¿Cómo conociste a ese tipo?


—Bruce es dueño de la heladería. 


— ¿Es tu jefe? 


—Más o menos —Dijo y escribió algo en su bloc de notas. 


—Bueno, me preguntaba porqué estabas allí tú solo —Dijo, usando el truco de sondeo de su padre, tratando de hacer que sonara más como una observación casual que un fisgoneo. 


— Sí, bueno, ha estado corto con la ayuda. Y hablando de eso, te agradecería si no mencionaras nada con él sobre. . . lo que pasó.


No la miró, sino que siguió escribiendo, con la pluma moviéndose lentamente, con cuidado. 


— ¿Por qué? ¿Podrías ser despedido? 


—No. Ya tiene suficiente cosas para preocuparse.


— ¿Trabajas aquí? — Preguntó ella mirando a su alrededor. Alcanzó su mochila y la dejó caer en el piso. Entonces se sentó en la silla al otro lado de la suya. 


—No realmente —Dijo. 


—Entonces, ¿qué, sólo pasas tiempo aquí? ¿Con Bruce? ¿Y Bess? — Añadió tratando de no sonreír. 


— ¿Lees? — Preguntó. 


Hizo una pausa. Oh, sí. Leía. 


Por primera vez desde que los había escrito, Isobel pensó de nuevo en la lista de títulos que le había dado. Tantas cosas se habían interpuesto en el camino entre ellos entonces y ahora. Hizo una mueca. —Mm. Acerca de eso. . .  


Suspiró. Con un sonido suave, como un último aliento. 


—Bueno, ¿Los has leído tú? — ella preguntó. 


—Varias veces.


—Por supuesto— Dijo ella, dándose cuenta que también pudo haber preguntado al Papa si había leído la Biblia. 


—Ya sabes, puedes encontrar a la mayoría, si no todos, los cuentos de Poe y sus poemas en Internet —Dijo en un tono de advertencia —no tendrás excusa la próxima vez. 


—Sí, claro. Permíteme preguntarle a mi hermano raro si se puede detener de matar zombies ninjas por unas horas para poder pedir prestado su ordenador y ponerme al día en mi iluminado horror victoriano.

— ¿El reino perdido uno o dos?


— ¿Eh? — 


— ¿Está jugando al Reino perdido uno o dos? Es la única serie de ninjas zombies. 


Isobel lo miró, incrédula. — ¿Cómo voy a saberlo? 


—Ah, — dijo él bajando los ojos, como si acabara de bajar otro escalón en su escala de 
respeto. —No importa.


 Ella lo miró mientras se inclinaba para sacar algo de su mochila. —Aquí. Puedes coger esto prestado, por ahora—. Cuidadosamente colocó un gran libro negro, con relieve en oro sobre la mesa delante de ella. Su título decía:” Las obras completas de Edgar Allan Poe", en brillantes letras doradas. —Pero si le ocurre algo, soy dueño de tu alma. 


—Eh, gracias —Dijo, cogiéndolo con cuidado, mientras estaba bajo su escrutinio. —Es muy bonito y fácil de llevar.


—Tendremos que reunirnos de nuevo mañana, —dijo. —Después de la escuela.


—No puedo. Tengo práctica—.A pesar de que aún no había comenzado a imaginar cómo iba a tratar con la escuela, sin embargo, se enfrentaría con Brad o Nikki, aún tenía que mantenerse firme en cuanto a la práctica se refería. No se atrevía a faltar, no tan cerca de los nacionales. 


—Lo que sea, —dijo. —El martes, entonces. 


— Muy bien. ¿A qué hora? 


—En algún momento después de la escuela. Pero tengo que trabajar, por lo que tendrás que pasar por la tienda.


Isobel se mordió el labio y pensó en eso. No se había dado cuenta de lo difícil que esto iba a ser. Además de estar castigada, ella y Brad habían cortado e iba a ser difícil seguir a su alrededor. — ¿Puedes darme un aventón hasta allá? — Preguntó. 


Se encogió de hombros. Okaaay, seguiría adelante y tomaría eso como un sí. Ahora todo lo que necesitaba era una manera de llegar a casa después. Probablemente podría caminar a casa, siempre y cuando se le ocurriera una buena excusa para haberse ido. 


Volvió su atención a las Obras Completas. En la parte inferior, se dio cuenta de que había una cinta de seda fina, sobresaliendo con una lengua color beige. Pasando los dedos a lo largo del borde superior, Isobel abrió la página marcada. "Tierra de Sueños," Leyó el título.
Isobel se brincó a la primera estrofa: 




[i][center]Por un camino oscuro y solitario, 
Atormentado por ángeles enfermos, 
Cuando un Eidolon, llamado NOCHE, 
En un trono negro reinaba, 
Había llegado a estas tierras, pero recientemente 
Desde el final de dim Thule - 
Desde un clima raro salvaje que yacía, sublime, 
Fuera del espacio – fuera de TIEMPO. 
[/i]
[/center]
Sí, bueno, tenía tanto sentido como Cracker Jacks. 


Isobel se inclinó hacia adelante hasta que reconoció uno de los títulos que Varen le había dicho, que escribiera en la biblioteca: " La máscara de la Muerte Roja" Ella comenzó a manosear el libro, contando las seis páginas. 


Ese no parecía tan malo. Comenzó el primer párrafo: 


[center][i]La "Muerte Roja" había devastado a largo del país. Ninguna pestilencia había sido nunca tan fatal o tan espantosa. La sangre era su Avatar y su sello, con el enrojecimiento y el horror de la sangre. Hubieron fuertes dolores, y un vértigo repentino, y luego un sangrado profuso en los poros, con disolución. Las manchas escarlatas en el cuerpo y 
especialmente en el rostro de la víctima, producidas por la peste, causaban la censura y que fueran confinados lejos del amparo y la simpatía de sus semejantes. 
Y la incautación de todo progreso, y la terminación de 
la enfermedad, fueron incidentes de media hora.[/i]
[/center]
Isobel levantó la vista de la página con ojos solemnes. Miró a Varen sobre el borde superior del libro mientras él permanecía absorto en sus notas. ¿Era en serio? El primer párrafo sólo se leía como la sinopsis de una película mala re-mezclada con un toque del siglo XIX. O eso, o era un informe médico de muerte. De mala gana dejó que sus ojos cayeran de nuevo a la historia. 


[i][center]Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz.[/center][/i]


La cabeza de Isobel hizo un pequeño sonido explosivo al ponerse en marcha. 


— ¿Qué significa "sagaz"?

—Sagaz, —dijo escribiendo —Adjetivo que describe a alguien en posesión de facultades mentales agudas. También describe una que podría, en una biblioteca, levantarse y buscar un verdadero diccionario en vez de preguntar mil millones de veces.


Isobel hizo una mueca. Cuando la pluma se detuvo, agachó su cabeza y se zambulló de nuevo en la página. 


[i][center]Cuando sus dominios estuvieron medio despoblados, él llamó a su presencia a unos mil sanos y amigos alegres entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al 
aislamiento profundo de una de sus abadías fortificadas. Esta era una estructura amplia y magnífica, la creación de un gusto excéntrico de príncipe, aunque con gusto adusto. Una alta y sólida muralla ceñía sus puertas de hierro. Los cortesanos, habiendo entrado, 
traían hornos y pesados martillos y soldaron los cerrojos. 
Decidieron dejarlos sin medios ni de entrada ni la salida por los impulsos repentinos de la desesperación o la locura en su interior.
[/center]
Ella se detu[/i]vo, pensando que debía significar que, no importara de qué lado de la puerta que te encontraras, no podría haber entrada o salida del Hotel Próspero. Tuvo que admitir que estaba un poco condenada allí mismo, y que la hacía saber querer lo que pasaba. ¿Cómo había Poe escrito su vista de esto si no había salida? Se concentró en la parte inferior del párrafo. 


Bufones. . . improvisadores. . . bailarinas de ballet. . . músicos, 
había belleza, había vino. Todos esos y la seguridad estuvo 
en su interior. Si eso era la "Muerte Roja". 


Bla bla. Dio la vuelta la página. 


— ¿Te estás saltando partes? — Preguntó. 


— No — mintió sin perder el ritmo —Estoy leyendo rápido.


Era una escena voluptuosa, la de disfraces. Pero primero déjame decirte 
de las habitaciones en las que se llevó a cabo. Había siete y una 
suite imperial.


Fue aquí donde por primera vez Isobel sintió la punzada de un tirón hacia el interior de su mente. Poco a poco las palabras comenzaron a salir del camino y dejar que las imágenes de los cortesanos giraran, en cámara lenta, a través de su mente. Era como si de alguna manera se hubiera adaptado a la densidad de su lengua. Pronto las palabras saldrían 
de la página, y en su lugar, ella se quedaría con la sensación de deslizarse a través de la escena, como si se hubiera convertido en una cámara de cine, pasando a través de los conjuntos de habitaciones y sobre las cabezas de los actores disfrazados. 


Cada una de las siete salas, leía, tenía su propio color, con altas ventanas, góticas a juego. Primero estaba la cámara azul, la púrpura, la verde, la naranja, la blanca, y luego la violeta. La última cámara, sin embargo, era negra, con pesadas cortinas y ventanas color rojo sangre. 


[i][center]Fue en esta vivienda, también, que no estaba contra el muro occidental, que había un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se movía hacia adelante y atrás con un sordo, grave, monótono, sonido y cuando el minutero hubo recorrido toda la cara, y la hora se iba a afectar, vinieron a descascarar los pulmones del reloj con un sonido 
que era claro y alto y profundo y excesivamente musical, pero 
 tan peculiar por una nota y el énfasis que cada lapso de una hora tenía, 
con los músicos de la orquesta viéndose obligados a hacer una pausa, 
momentáneamente, en su desempeño, el prestar atención al sonido, y 
por lo tanto a los bailarines forzosamente dejados de ejercer su maniobra, y que estuvieron allí 
con un breve desconcierto en la alegría de todos, y, mientras que las 
campanadas del reloj sonaban, se observó que la giddiest 
palidecía, y cuanto más edad tenía, pasaba las manos sobre sus cejas como con confusión y reverencia. Pero cuando los 
ecos cesaron, con una risa ligera a la vez impregnando la 
reunión; los músicos se miraron y sonrieron como si fueran 
sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban votos, 
cada uno al otro, como si las campanadas del reloj al lado debían
producir en ellos alguna emoción similar, y luego, al cabo de 
sesenta minutos, (que son tres mil y seiscientos 
segundos del tiempo que vuela), se produjo otro repique 
del reloj, y luego estuvieron el desconcierto y el mismo 
temblor y la meditación como antes. 
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[/i]
Isobel pasó por delante hasta llegar a la medianoche de la historia. Después de haber visto un montón de películas de terror, sabía lo suficiente como para esperar que el drama principal iniciara entonces. Poe no la defraudó. Cuando el reloj negro llegó a las doce, comenzó lo realmente extraño. Izquierda y derecha, todo el mundo empezó a girar 
sobre algunos extraños-peligros que habían salido de la nada. 


[i][center]La figura era alta y flaca, y cubierta de pies a cabeza con 
el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba su 
rostro representaba tan fielmente el rostro de un 
cadáver rígido, que el observador más atento habría tenido 
dificultad para descubrir el engaño. Y sin embargo todo eso podría no haber sido 
sufrido, sino aprobado, por aquella alocada concurrencia. Pero el 
enmascarado había llegado incluso a asumir el tipo de La muerte de la Cruz Roja. Salpicando su vestimenta con sangre - y la frente amplia, 
con todas las características de la cara, estaba rociada con el horror escarlata.[/center]
[/i]
Gross, pensó, pero también era una especie fresca. Isobel volteó la página y buscó hasta llegar al final, a donde el príncipe Próspero, molesto al máximo, comenzó a cobrar en todas las cámaras. 


[i][center]Blandía una daga desenvainada, y se acercó, con rápido 
ímpetu, en un plazo de tres o cuatro pies de la figura en retirada, 
cuando éste, después de haber alcanzado el extremo de terciopelo del 
apartamento, se volvió de repente y enfrentó a su perseguidor. No 
fue un agudo grito ni la daga reluciente cayendo en la 
alfombra negra sobre la que, al instante, cayó postrado en 
la muerte del príncipe Próspero. Entonces, invocando el frenético valor 
de la desesperación, una multitud de juerguistas se lanzaron a la vez
al salón negro, y, aprovechando la máscara, cuya alta 
figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del 
reloj de ébano, exclamó con indecible horror al encontrar la máscara cadavérica que habían tratado con 
violenta rudeza al que no estaba habitado de cualquier forma tangible. 


Y ahora reconoció la presencia de la Muerte Roja. 
Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno 
los juerguistas fueron cayendo en los pasillos bañados de sangre para su deleite, y cada uno murió en la postura desesperada de su caída. Y la vida del 
reloj de ébano se apagó con la del último de los hombres. Y las 
llamas de los trípodes se extinguieron. Y la oscuridad, la Corrupción y la 
Muerte Roja sostuvieron su dominio ilimitado sobre todos. [/center][/i]


Espera. Espera, ¿qué? ¿Eso era todo?


Isobel re-leyó la última frase de nuevo, a pesar de que sabía que no se había perdido nada. O  ¿Tal vez lo había hecho? Ella tragó con fuerza contra la bola que se había formado espesa en la parte de atrás de su garganta. 


—Está bien.


Cerró el libro de golpe, haciendo que la mesa sonara, debió haber causado que Varen saltara dejando de escribir porque la miró, con las cejas levantadas. 


—Entonces, ¿Podemos hablar de lo que acabo de leer sobre el baile de Máscaras y cómo al final el chico malo de la película gana totalmente?


Sacó su pluma fuera de la página y se hundió de nuevo en su silla, dándole a ella algo así como diversión. —Supongo que cuando dices 'chico malo' te refieres a la muerte roja, lo que implica que ¿Próspero es el bueno?


Su mandíbula sobresalía a un lado mientras tomaba eso en cuenta. Ella veía su punto y, los ojos en blanco hacia arriba, agitando las pestañas, suspirando. 


—Así que, lo que sea, encerró a todas las personas enfermas y lanzó una gran fiesta para sus amigos ricos. No era bueno, lo entendía. Pero aparte de eso, ¿Por qué Poe escribiría una historia sobre un palacio de lujo y durar tanto tiempo hablando de todas esas habitaciones de diferentes colores y construir todas estas cosas de este reloj repiqueteando y algún príncipe sagaz y sus amigos si iba a matarlos a todos al final?


—Porque, — dijo Varen, —al final, la muerte siempre gana. 


Al oír estas palabras, Isobel retrocedió. Ella quitó sus manos de la mesa y las puso en su regazo, encorvando los hombros. —Ya sabes, — dijo ella, —sin ánimo de ofender, pero es cuando dices cosas así que la gente empieza a preocuparse por ti.

Su expresión cayó. 


Ella se encogió en el interior, admitiendo para sí misma que no había querido sonar tan contundente. Se quedó mirándolo, pero no pudo sostener esa mirada profunda y fuerte, estaba medio escondida detrás de su pelo y aún así era capaz de perforarla directamente. 


— Quiero decir. . . — Empezó a decir, haciendo un gesto con las manos, como si pudiera ayudarla a mantener el control. 


—Por lo tanto, — dijo él —¿estás preocupada por mí?


Sus ojos se levantaron. Él la miraba constantemente, todo serio y de nuevo, se encontró forcejeando con su penetrante mirada. 


¿Era él de verdad? ¿O era sólo su juego de nuevo? 


Él parpadeó una vez, con claridad esperando una respuesta. 


—Eh. . .  


Ella fue salvada por el sonido de un crujido bajo. Su mirada la dejó. Ella siguió su mirada, dándose cuenta que debía haber sido la puerta de abajo re-abriéndose. 


— ¿Alguien viene? — Preguntó. 


—Sólo es Bess, — murmuró. — ¿Qué hora es? 


Isobel sintió la sensación punzante en la parte de atrás de su cuello de nuevo, sólo que esta vez no fue tan fácil sacudírsela. La piel de gallina volvió, haciendo correr un frío eléctrico por su espalda. Cogió su mochila, todavía nerviosa, con los dedos torpes en el  llavero de reloj de plata en forma de corazón. 


—Oh, no—. Sentía que su intestino se desplomaba. —Tengo que irme, —dijo ella, con su silla raspando con fuerza contra el suelo mientras se ponía de pie. Se puso la mochila y se dirigió a las escaleras. 


— Espera — dijo él. Oyó su pluma golpear la mesa. 


—No puedo, — dijo. —Lo siento—. Ella sabía que él estaba irritado con ella, pero decidió que no podía evitarlo. Él sólo podría agregar esto a su, sin ninguna duda, lista de cosas de ella que lo irritaban. 


Ella bajó las escaleras, a través de la habitación de atrás, por la planta principal, más allá de Bruce, que estaba sentado, desplomado en su silla, con sus ojos abiertos de par en par, parecía seguirla mientras se iba. Isobel salió por la puerta principal, haciendo sonar las campanas mientras la dejaba hacer explosión cerrándose detrás de ella. Fuera, la temperatura había caído y el aire se había vuelto más nítido, tanto que Isobel pudo ver su aliento. Junto a ella, una farola se encendió. 


Fue entonces cuando se dio cuenta que había dejado en el piso de arriba el libro de Poe. 
Con un gruñido, se giró, se dirigió de nuevo a la puerta y se apresuró más allá de un ronquido de Bruce a la parte trasera. Se paró cuando se encontró con "Cuidado con Bess" puerta cerrada. Una vez más. 


Tomó el mando pero se detuvo cuando oyó voces profundas, bajas y suaves. ¿Con quién estaba él hablando? ¿Habría alguien escondido allí antes de que hubieran estado trabajando? 


Pensó en Lacy y de inmediato abrió la puerta y subió, diciendo: —se me ha olvidado. 
Se detuvo cuando llegó al piso superior. Él se había ido. Su libro negro se había ido también, pero su bloc de notas estaba sobre la mesa, junto a su discman y el libro de Poe. Isobel dio la vuelta en un círculo rápido, pero no había ni rastro de él ni de nadie. Pero, ¿cómo podía ser? ¿Cómo se podía haberse ido tan rápidamente? 


Ella estudió la habitación de nuevo para confirmar que no había otras puertas, no había armarios para ocultarse.


Entonces, ¿De quién habían sido las voces que había oído? 


Con un pico de fría inquietud, se dio cuenta que estaba allí sola. Con un fantasma. 


Salió disparada, agarró el libro de Poe, y se escabulló por las escaleras, agradecida cuando la puerta no se cerró de golpe en su momento. 


Metiendo el libro de Poe en su bolso, se escurrió hacia el frente y fuera de nuevo, con el  ambiente de rarezas aferrándose a ella hasta que una fuerte brisa se movió junto a ella y voló lejos. 


En el exterior, el horizonte entre los edificios se ruborizaba de un melocotón profundo, mientras el resplandor de las farolas y escaparates parecían iluminadas al segundo. Se fue en dirección de su casa, pero comenzó a darse cuenta, mientras el anochecer seguía su gradual descenso, que una caminata rápida no iba a funcionar. 


Isobel comenzó a correr.

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