dilluns, 28 de febrer de 2011

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 5




Capítulo V: Jugar a ser ángel

Sin embargo, los pensamientos que intentamos negar
toman un papel en nuestras vidas
luchamos en las profundidades del orgullo
enredado en las mentes solas
—Portishead
***
Oportunidad perdida. No anhelamos lo que nunca tuvimos, pero anhelamos terriblemente las cosas que casi tuvimos. Y anhelamos por sobre todo lo que solíamos tener. Aunque esperemos y recemos por nuestras relaciones, nuestro aspecto y para mejorar nuestras vidas; tener más también significa tener más que perder.
***
El camino a casa después del anuncio de Markov, o sentencia, más apropiadamente, se sintió especialmente largo hoy, lo cual estuvo bien para Charlotte. Ella andaba con Eric. Ellos no conseguían mucho tiempo solos, por eso estos paseos le representaban mucho a ella, y también a él, ella esperaba. Ella decidió aprovechar la oportunidad para llegar a conocerlo un poco mejor, por el bien de Pam y Prue, y por ella misma.

—Así que, ¿dónde estabas? —Charlotte preguntó.

—¿Te refieres a cuando llegué tarde al trabajo esta mañana? —Eric preguntó.

—No, tonto —se rió Charlotte—. Antes de que vinieras aquí.

Eric se tensó un poco. Estaba claro que no le gustaba charlar sobre su pasado.

—Yo era un abandono escolar —él ofreció hablando lentamente—. Aunque fallecí en escena, tuve que ser Ed el Muerto para conseguir mi GED[1] en el cementerio, supongo —relató Eric, la desagradable memoria de ello obviamente todavía con él.

—¿Tú eras de Hawthorne, verdad? —Charlotte interrogó—. Eso es probablemente el por qué te enviaron acá una vez que te les apareciste.

—Podría ser —dijo Eric, de forma indiferente—. Para ser sincero, nunca me sentí realmente en casa en Hawthorne.

—Tampoco yo —añadió Charlotte, notando algo más que ellos tenías en común.

Charlotte amaba estar junto a él. No de la llamativa manera MTA[2], mírame-yo-tengo-novio, sino más bien de la clase que la hacía sentirse ella misma. No completamente a gusto, pero confortable. Ella presentía que podía contarle algo y que él la comprendería. Aunque nunca lo había intentado verdaderamente hasta ahora.

—¿Piensas que esta nueva asignación  es un modo de mantenernos separados? —Charlotte le preguntó, esperando que su reacción demostrara el nivel de sus sentimientos hacia ella. Estos eran los primeros días y ella se sentía bastante insegura todavía.

—¿Por qué todas esas teorías de conspiraciones, Juliet? —preguntó Eric rotundamente—. Eso no es rock.

Ella no estaba segura todavía de lo que realmente constituía el “rock” y lo que no lo hacía, sin embargo ella había llegado a entender la suma importancia que esto tenía para Eric. No era un estilo idiota de Metal Mike, ella se aseguró a sí misma, sino en la simple, genial y encantadora manera de Eric.

Charlotte tragó aire. —Solo quiero decir, ¿por qué ahora? —ella se dio la vuelta, buscando apoyo, solo que  de una forma menos obvia—. ¿No sospechas para nada?

—Hombre, pensé que solo las estrellas de rock se permitían egos grandes —respondió Eric, mitad bromeando.

Eso le hizo daño a Charlotte, y hasta Eric, quien no era tan bueno leyendo sus sentidos de humor, tomó su expresión como un signo claro de que estaba siendo insensible.

—Perdón, Charlotte —agregó Eric, acariciando su brazo con el suyo, y casi, no obstante no totalmente, sosteniendo su mano—. Pero no veo ninguna conspiración en esto. Es solo otra cosa que debemos hacer para llegar adonde tenemos que ir.

Él estaba sonando mucho como su padre, lo cual la consolaba e irritaba. Justo ahora, era sobre todo irritante. ¿No se dio cuenta él que una ruptura así como esta podría significar la muerte de una nueva relación? ¿Su relación?

***
Las Wendys estaban compartiendo un mini-pastel de arroz afuera de la cafetería, y obsesionándose, como de costumbre, con Pétula y los talles de su cintura.

—¿Viste a esa niña exploradora de la Fusión Asiática que se lanzó abajo en la Red de Alimento anoche? —Wendy Anderson comenzó—. Yum, yum.

—No, yo estaba cambiando entre el Canal Nacional Geográfico y Planeta Animal anoche —Wendy Thomas contestó—. No podía creer lo gordos que eran aquellos nativos. Sus estómagos son absolutamente enormes.

—¡Eso es porque nosotras evitamos todos aquellos carbohidratos! —señaló Wendy Anderson—. Alguien debería transportar por avión algunos cajones con Ab Rollers[3] junto con el arroz y leche en polvo.

—Las simples substituciones como la proteína en polvo y el arroz tostado —ofreció Wendy Thomas— harían maravillas.

—Una pequeña proteína delgada no dolería, y es fácil conseguirla —añadió Wendy Anderson— con todos esos animales corriendo por ahí.

Ambas requieren un corto descanso para saborear e ingerir su galleta seca. —Tú sabes —mencionó Wendy Thomas—, se me acaba de ocurrir que, para la mayor parte del mundo, Planeta Animal es la Red de Alimento.

Justo cuando Wendy Anderson estaba a punto de aplaudirle aquella penetrante observación, Darcy se acercó a ellas, interrumpiendo su secreto bocadillo sacrificio a la Diosa del Peso Ideal. Ella iba vestida con ropa costosa, y sin ningún logotipo propaganda visible desde su bolsillo trasero hasta su manga, para mostrar su nivel de nouveau riche[4].

Las dos Wendys retrocedieron, echando para atrás sus cabezas como unas tortugas asustadas. Darcy, observaron las Wendys, había hecho ya sus deberes.

—¿Ustedes son las Wendys, cierto? —Darcy saludó— ¿O es solo que su circo se llama así?

—No tenemos un acto —Wendy Thomas disparó de inmediato, despistando al anormal espectador intencionalmente. Darcy sonrió con satisfacción, riéndose de ellas ya que lo único que esas muchachas probablemente conocían sobre Carpas de Circo venía de la oficina de un cirujano plástico.

Por su parte, las Wendys estaban menos ofendidas que intrigadas por la audacia de la joven nueva.

—Esas somos nosotras —contestó Wendy Anderson con curiosidad, callando a Wendy Thomas— ¿Y tú eres…? —por supuesto que ellas lo sabían, sin embargo nunca le brindarían a Darcy la satisfacción de su reconocimiento.

—Darcy —respondió la joven, alzando ligeramente la barbilla y chupando sus mejillas—. El placer es suyo, estoy segura.

—¿Qué podemos hacer por ti? —Wendy Thomas interrogó regiamente.

—Lamento molestarlas en su almuerzo —bromeó Darcy, observando el pastel de arroz—, pero tengo algo de información sobre Pétula que consideré que ustedes podrían encontrar interesante.

¿Una total forastera chismeando sobre Pétula? ¿Y utilizando su nombre, nada menos? Este no era un simple hecho. Muchos de los antiguos israelitas tenían prohibido decir el nombre de Yahweh[5], los estudiantes de Hawthorne se abstenían de charlar sobre Pétula en un modo familiar.

Las Wendys retrajeron sus garras momentáneamente debido a que Darcy parecía saber algo sobre Pétula que ellas desconocían, un acontecimiento muy extraño en la Tierra de las Wendys.

—Continúa —Wendy Thomas instruyó concisamente.

—Conozco alguien que conoce quien —relató Darcy, hablando vagamente para proteger a su fuente asumieron las Wendys— oyó que Pétula fue vista en un callejón del sur de la ciudad anoche.

—¿Haciendo qué? —interrogó Wendy, tratando de no parecer interesada a fondo, pero muriendo por saberlo en secreto.

—Él no me lo contó —contestó Darcy—. Creí que debería decírselos primero a ustedes antes de que…ya saben, que se propague por todo el colegio.

Darcy sabía que si tal información llegaba a difundirse, las Wendys serían bastante humilladas por su asociación. Con el fin del último año aproximándose, sus legados estaban en juego.

—Que considerada eres —dijo rotundamente Wendy Thomas, sus ojos escudriñando fijamente a Darcy de reojo.

—¿Qué es lo que quieres? —Wendy Anderson preguntó.

—Nada —Darcy respondió—. Es solo que calculé que ya han sido humilladas lo suficiente como para dos vidas.

—¿A qué te refieres? —Wendy Thomas interrogó.

—Todo eso del coma, siendo dejada un año atrás y siendo arrebatado su novio por su hermana menor —agregó Darcy en voz baja—. Y ahora esto.

Ella estaba haciendo un movimiento ostensible contra la Reina, una maniobra de poder, y las Wendys estaban muy impresionadas. Esto se estaba volviendo muy político, y para ellas eso siempre era una pequeña intriga. Ellas no se decidían completamente todavía qué hacer con estas noticias o con el mensajero que se las comunicaba.

—Mantengámoslo esto confidencial por el momento —incitó bruscamente Wendy Anderson, al mismo tiempo que ambas Wendys bordeaban a Darcy y caminaban junto a ella por el pasillo, a una distancia segura de cualquier persona presente curiosa.

Darcy no estaba desconcertada por su intento de intimidarla.

—Considérenlo un regalo —contestó ella, pavoneándose hacia la salida y sonriendo mientras la campana anunciaba el tercer período.

***
El drama del día continuó al llegar a casa para Charlotte, o mejor dicho, ella siguió con el drama.

—¿Qué quieres decir con que vas a volver? —la mamá de Charlotte preguntó, aguantando lágrimas que nunca vendrían.

El arrebato de su madre solo servía para alimentar la llama que ya ardía en la cabeza de Charlotte. Se sentía bien saber que ellos estaban tan profundamente preocupados por ella. Gracias al semblante serio de su padre, ella pudo adivinar la otra parte de la ecuación. Él era un oyente sin precipitarse ya en sus palabras, ya en sus acciones.

—Esto no es correcto —se quejó Charlotte en voz alta—. Tengo lo que siempre he deseado y ahora me lo van a quitar alejándome de todo esto.

Charlotte no estaba solo disgustada sino que también excitada. Esta era la primera oportunidad que ella tenía de expresarse alguna vez a sus padres. Ser una niña.

—Charlotte, sabemos cómo te sientes. Todo lo que siempre quisimos era estar contigo otra vez, y averiguar que te marchas… —inició Bill Usher compasivamente—. Pero quizás tú sencillamente estás siendo necesitada en asuntos más grandes.

Ella esperaba algo más que un discurso de siéntete bien esta vez. Ella quería ser rescatada de este apuro. Ella deseaba quedarse, y él era su… papá.

—Bill, esto no está bien y tú lo sabes —dijo la mamá de Charlotte, la exasperación de su voz tan familiar para él.

—Eileen, mira, ¿y si tu madre no hubiera dejado que te mudaras a Hawthorne? —Bill ofreció racionalmente—. Vosotras nunca me habríais conocido.

—No, pero yo estaría viva —contestó Eileen tiesamente.

Charlotte no se podía creer lo que acababa de salir de la boca de su madre, y tampoco se lo creía ella misma por expresión de su cara. A Charlotte se le ocurrió que ella no era la única que llevaba problemas suyos no resueltos a la familia.

—Esto es tan injusto —agregó Charlotte, repitiendo los mismos sentimientos de los numerosos adolescentes que gimieron mucho antes que ella, y lo más importante, rompiendo la tensión entre sus padres.

—No es muy justo, pero tienes que verlo desde otro punto de vista —continuó Bill, el reservado consejo paternal ahora simplemente emanaba de él—. Tienes una responsabilidad contigo misma y tus compañeros de clase, y no puedes defraudarlos.

En ese preciso instante, Charlotte no podía ver el bosque entero, solo sus árboles. Especialmente uno de gran tamaño que se asimilaba a un tótem con el rostro de Markov grabado en él, y que bloqueaba su camino a la última felicidad.

—Tu padre tiene razón. Incluso aunque no podamos cambiar la situación, podemos cambiar el modo en que lo miramos —agregó Eileen, abrazando a Charlotte con toda su fuerza y corazón.

Charlotte notó la transformación del tono de su madre y sintió que Eileen se había recobrado ante la fortaleza en la firmeza de su padre. Ellos estaban siendo un equipo paternal, en la misma página, y aunque ella no estuviera de acuerdo, había comodidad e impulso en esa unión.

Eileen y Bill le sonrieron, haciendo señas a Charlotte comunicándole que ellos estarían bien, y que también lo estaría. La abrazaron con fuerza, sacándole la vida, por así decirlo.

Satisfecho de que el problema ya estaba solucionado, Bill le dio un pellizco en la mejilla al mismo tiempo que él dejaba la habitación. Eileen, sin embargo, no era tan rápida con las despedidas.

—Charlotte, sé que estás enfadada por nuestra separación aunque sea por un corto período —dijo su mamá—, pero presiento que algo más te sucede.

Eileen la miró directamente a Charlotte, y por primera vez Charlotte se alegr´´o de que alguien pudiera hacerlo… Aquí estaba, por fin, y amabas se sentían solo como las madres e hijas pueden sentirse. Era lo que ellas habían esperado por todas sus vidas y mucho más: para Eileen, una posibilidad probar su “intuición como madre”; y para Charlotte, una posibilidad de tener La Conversación.

—¿Mamá? —Charlotte tartamudeó, buscando las palabras correctas para decir.

—¿Sí? —le preguntó Eileen, expectante.

— Hay un chico… —comenzó Charlotte.



[1] GED es equivalente a Certificado de Equivalencia de Educación Secundaria.
[2] MTA es equivalente a Demostraciones Publicas de Afecto.
[3] Ab Rollers: Ejercicios para los abdominales.
[4] Nouveau riche: Significa nueva rica
[5] Yahweh es el nombre de un Dios en la religión semítica antigua y de Dios en la reconstrucción hebreo biblíca.

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 4


Capítulo IV: Caja en forma de corazón

 “Y no pienso vivir mi vida
como un sumado más
y aún cuando me fuera contigo
no soy la chica que crees que soy.
- Amanda Palmer”
***
Yo contra yo.
A menudo nos distrae de tal modo la guerra interna entre lo que deseamos hacer y lo que debemos hacer que pasamos por alto lo que necesitamos hacer. Necesitar no en el sentido de obligación para o con los demás, sino en el sentido de conservar uno la cordura.
Llega un momento en el que lo que los demás opinan que deberíamos hacer entra en conflicto directo con lo que nuestra cabeza o nuestro corazón nos pide hacer, y es entonces cuando debemos decidir si nuestra prioridad es complacer a las demás o  complacernos a nosotros mismos.
***
Petula escudriñó a través de los cristales empañados de su BMW recién estrenado y dirigió la vista hacia la oscura bocacalle y el resplandor que emanaba del callejón. Por lo que alcanzaba a ver, se trataba de un bidón de basura que escupía fuego y humo. Las farolas estaban muy deterioradas y parpadeaban, transformando la realidad de la mugrienta escena en algo así como la sucesión de imágenes de un libro animado.

Una vez hubo comprobado que no había moros en la costa, se alzó el cuello de piel de su chaquetón negro y salió del coche para plantarse en la calle, donde el sonoro tableteo de sus tacones, al contacto con el adoquinado, la sobresaltó momentáneamente.  

—Shhhh —siseó antes de caer en la cuenta de que ella era la única que estaba allí.

Se asomó al interior del coche y tomó del asiendo del acompañante la bolsa de basura de plástico verde que hacía días transportaba en el maletero. Entonces se encajó las gafas de sol y avanzó con paso ligero y apresurado ante los escaparates, con sus persianas y verjas echadas, dejando atrás plataformas de cargas cerradas con candados, un teléfono público roto y varios contenedores asquerosos, hasta que se metió por un callejón fardo en ristre.

—Apunten armas —dijo Petula fijando la vista en el resplandeciente objetivo y la desordenada muchedumbre que se apiñaba en torno a él.

 Cuando estuvo lo bastante cerca, lo suficiente para que llegase hasta ella el tufillo de aquellos desdichados, se detuvo y clavó los tacones en la juntura de los adoquines para lograr una mayor estabilidad. Entonces, el lanzador de discos hizo girar la bolsa en el aire varias veces, en tanto exhalaba frías vaharadas en el aire nocturno y, soltándola, dejó que esta se alejara volando. El saco tomó tierra y se resquebrajó, como una sandía que hubiese caído desde el alféizar de una ventana, derramando toda suerte de ropa, zapatos y accesorios de alta costura por la acera. Fue algo así como un espectáculo pirotécnico de moda fracasado.

Petula giró sobre sus tacones y echó a correr por el pavimento irregular en dirección a su coche, una vez cumplida su misión en cubierta, pulsó el mando a la distancia para desbloquear la puerta mientras corría y cuando los intermitentes parpadearon en respuesta a la orden, iluminaron un coche que estaba aparcado detrás del de ella, sumido en la oscuridad. Apenas logró distinguir nada del vehículo a través de sus gafas de sol que, siendo como eran su disfraz para aquella noche, resultaba impensable retirarse y estaba convencida de que el coche no estaba allí antes.

Comoquiera que era noche cerrada y demás, Petula sintió pavor y se precipitó hacia el lujoso sedán más deprisa aún si cabe. Cuando ya tenía la mano en la manija de la puerta, una voz resonó alta y fuerte como amplificada por un megáfono.

—Alto, no se mueva.

Petula aparentó no haber oído (algo imposible) y buscó a tientas la manilla, deseando que quienquiera que fuese se apiadara de ella y la dejase en paz.

—No se mueva —ordenó la autoritaria voz, antes de que un rayo de luz brotase de un foco instalado sobre el techo del coche.

Entonces Petula pudo distinguir a duras penas la silueta de un policía emergiendo del coche recortada contra el resplandor del coche.

—Gracias, Dios mío, por la moda XXL —murmuró para sí, volvió a justarse las gafas y alzó los brazos con languidez en señal de capitulación.

La habían descubierto. ¿Haciendo qué? Ni ella misma lo tenía muy claro.

—¿Es que no sabe quién soy? —grito Petula frenética, exhibiendo su carné de identidad con la esperanza de intimidarle—. Quiero telefonear a mis representantes.

—Dese la vuelta y coloque las manos sobre el vehículo, señorita —ordenó, nada impresionado, el joven agente con calma y firmeza a la vez.

Petula notó como la sangre se le agolpaba en el rostro de vergüenza. La habían trincado. Dejado en evidencia. ¿Qué iba a decir su madre? ¿Y Scarlet? Petula no quería ni pensarlo. Ahora las Wendys averiguarían todos los detalles de sus excursiones nocturnas, que no harían sino confirmar sus peores sospechas, y hasta era posible que les brindase la oportunidad de derrocarla “¡Et tu, Wendy[1]!”

Petula se subió al coche y emprendió la marcha despacio. Beaumont la siguió en su coche patrulla hasta que ella hubo abandonado el centro de la ciudad y luego cogió la primera salida de la autopista. Conforme le veía alejarse por el desvío, se dio cuenta por primera vez esa noche de la suerte que había tenido de toparse con él.

Ella jamás salía por la noche sin compañía. La unión hace la fuerza, pero no por la razón a la que aludía el agente Beaumont. Petula necesitaba que cada decisión que tomara fuese secundada, presenciada y celebrada. Algo así como la historia esa de si un árbol cae en medio de un bosque y nadie lo oye. Como medida de precaución, jamás ponía el pie en un bosque, evitando así toda posibilidad de caer sola. 

Y de todas formas, ¿qué pensaba que estaba haciendo allí sola? ¿Tirando una bolsa de ropa usada en la calle para que un puñado de degenerados rebuscase en ella? ¿Es que albergaba algún deseo inconsciente de morir? Bueno, eso sí que era una interesante muestra de autoanálisis.

Podía ser. Después de todo, venía comportándose de este modo tan extraño desde lo del coma. Se había recuperado físicamente, pero no era la misma de antes. No dejaba de albergar esos pensamientos, esos sentimientos tan ajenos a su forma de ser. Ahora se fijaba más en el mundo que la rodeaba y estaba más al tanto y se compadecía más de los demás y sus problemas. Para ser francos, lo encontraba de lo más irritante.

En Navidad, Petula reparó por primera vez en el cambio que estaba experimentando. En otros tiempos se tiraban el día de escaparates y tomaba notas de lo que quería, es decir, que exigía, para luego pasárselas a la familia y los amigos por cortesía. Incluso se registraba en páginas Web para comodidad de estos, o para asegurarse de que le regalaban justo lo que pedía y en la talla correcta. Después de todo, era la estación de la generosidad, y a ella le gustaba se generosa con los suyos ofreciéndoles multitud de opciones.

Sin embargo, las navidades pasadas, cada vez que visitaba el centro comercial, el tañido de las campanas de los voluntarios del Ejercito de la Salvación apastados en todas las puertas parecía ganar intensidad, hasta resultar casi ensordecedor. Se descubrió entonces depositando monedas de un centavo primero, luego de diez, de veinticinco, hasta billetes de un dólar incluso, en huchas rojas repartidas por todo lo largo y ancho de Hawthorne, en lo que venía a ser un infructuoso intento por aplacar su sonido. Se vio arrojada a un doloroso conflicto con valores que había defendido toda su vida, y aquello la estaba destrozando por dentro. Para Petula, cuya máxima predilecta era “la caridad empieza en casa”, y preferiblemente en la suya, dar a los demás no era un acto de generosidad; antes al contrario, se trataba de un medio para obtener algo a cambio.

Pero la generosidad era la razón última tanto de su comportamiento errático como de un creciente dilema filosófico. Ella se ufanaba de formar parte del problema, como lo llamaban los demás, antes que de la solución, en lo que atañía a aquellos perdedores tan necesitados que preferían ser víctimas antes que ejercer el control sobre sus vidas. Ahora, se veía arrastrada a ayudarlos por un impulso que ni entendía ni podía controlar.

De todos modos, ¿qué podía hacer? Seguro que algo más que lanzar de manera furtiva bolsas de ropa desechada a los mendigos.

Petula seguía lidiando con este primer debate interno de su vida mientras aparcaba en el paseo de entrada a su casa.      

Scarlet se había acurrucado sobre la cama, mientras daba cuenta de un expreso doble. Llevaba puestas un par de camisetas de talla grande, una era de color carne y la otra de una especie de gris requetelabado, una encima de la otra, y se las había anudado a un lado del cuello. Eran casi transparentes y lo bastante largas para hacer a la vez de minivestido. Un bonito pasador vintage de pedrería mantenía en su sitio el moño francés con el que se había recogido la melena, salvo el flequillo caoba, ligeramente rizado hacía dentro. Llevaba los labios pintados de un tono pálido, color carne y se veían carnosos y delicados. Parecía una María Antonieta moderna con cierto aire rompedor.

Apoyada a su lado estaba su guitarra, recubierta por una película de polvo y con todo el aspecto de haber permanecido intacta desde que ella y Damen tocaron juntos la última vez.

Toda la emoción que en otro tiempo había derrochado sobre ella permanecía muda. Sólo estaba hay plantada, innecesaria y abandonada, como una suerte de reliquia de lo que ella solía ser.

Oyó como un coche aparcaba en el paseo de la entrada y saltó de la cama para asomarse a la ventana. Petula había adquirido últimamente la costumbre de franquear la verja lateral que daba al patio y entrar en casa por la puerta de atrás. En efecto, la misma rutina, pasado un minuto, Scarlet oyó el sonido de la puerta corredera de cristal al cerrarse, seguido del eco de los pesados pasos de Petula.

Como de costumbre, su hermana entró sin llamar, y a su vez recibió la respuesta habitual de Scarlet: —Fuera —Scarlet ni siquiera se molesto en alzar la vista.

 —Mira lo que me acabo de encontrar flotando boca abajo en la piscina —La reprendió Petula mientras hacía oscilar el muñeco de Scarlet, chorreando de agua, junto al empapado body de éste.

—Necesita un baño —dijo Scarlet apartando de un manotazo el muñeco de encima de la manta para que no lo mojase la sábanas.

—¡Maltratadora!—vociferó Petula—. Esto es negligencia.

—Yo crío a Lil´bit como me da la gana, no es asunto tuyo —replicó Scarlet con tono de displicente—. Que lleves la ropa a juego con tu miniclón esmirriado no significa que te vayan a aprobar.

—¡Eres una madre inepta!

—¡No es un bebé! —chilló Scarlet—. Es una práctica escolar estúpida y sexista. Los tíos no tienen que hacer esta mierda.

Petula era muy partidaria de la selección natural, pero ya no aplicaba la teoría a niños ni bebés. Ni siquiera a los de mentira. Había empezado a sentir cierta afinidad con los oprimidos y con los huérfanos en particular, desde que reparó en que la mayoría de los sin techos del centro de la ciudad no eran mucho mayores que ella y su hermana. Algunos eran mucho más jóvenes, abandonados a su suerte y empujados a defenderse a su cuenta. Igual que el bebé de Scarlet. Petula necesitaba actuar.

—Me gustaría adoptar a tu bebé —dijo con absoluta sinceridad.

—¿Qué? —dijo Scarlet, que la miró incrédula.

—Ya lo has oído, yo me ocuparé de él —continúo Petula—. Antes de que te des cuenta, lo estarás vendiendo al mejor postor.

—Entonces será mejor que vayas a buscar la cartera —dijo Scarlet tratando de deshacerse de ella—. ¡Y cierra la puerta!

Scarlet conocía a Petula lo suficiente para concluir que sólo quería dos criaturas para situarse por encima de las Wendys o para crear una prole digna del famoseo y las revistas de cotilleo. Los muñecos eran accesorios, como podían serlos un tono de esmalte o una falda imprescindibles.

 —Voy a diseñar mi habitación como Lugar Seguro, para que puedas dejarme al bebé siempre que quieras; sin preguntas —dijo Petula.

Con el rabillo de ojo, Scarlet vio como Petula se fijaba en la pilas de camisetas con logos de grupos de músicas, vaqueros y pantalones de pana que yacían esparcidos por la habitación.

— Por cierto, ¿qué hacías por ahí a estas horas? —preguntó Scarlet.

—Deja que te eche una mano. —Se ofreció Petula, que hizo caso omiso de la pregunta y, en su lugar, tomó una brazada de ropa desechada por su hermana.

—No te molestes —respondió Scarlet con poca sinceridad.

—No es molestia —explicó Petula con titubeos, mientras recogía cuanta ropa podía cargar—. Puedo cortar estas camisetas viejas y confeccionar unos peleles roqueros. Ya sabes, para los bebés.

El hecho de que Petula le pidiese prestadas algunas de sus prendas usadas, aunque fuera para un proyecto de manualidades, fue interpretado por Scarlet como una señal evidente de que a su hermana le pasaba algo grave. Pero decidió no dar muestra de preocupación y se limitó a seguirle la corriente.

—Tú misma —replicó Scarlet con escepticismo, preguntándose qué le pasaría ahora a su hermana. 

—En eso estoy —contestó Petula crípticamente.



[1] Et tu, Wendy: Referencia latina a las últimas palabras que se le atribuyen al emperador romano Julio Cesar (“¿Tú también, hijo mío?”) antes de ser traicionado y asesinado por Bruto.

Ghostgirl 3 - Lovesick - Capitulo 3




Capítulo III: Acaba con quien bien quieras

El tiempo es un modista que se especializa en modificaciones.
-Faith Baldwin


***
Conservar los cambios, agarrándose de alguien que conoces para no dejarlo ir es sólo un modo de retrasar lo inevitable para ellos, y también para ti. Esto te protege de la necesidad de hacer los cambios que tú estás a punto de imponer, hasta que estés preparado. Al igual que cuando cancelas la visita de un huésped a quien hace tiempo deseabas ver, pero para la cual nunca tuviste ocasión de disponer lo necesario, se trata de la salida más conveniente y fácil… para ti.
***
—¿No necesitas un asiento del coche para ella? —dijo Wendy Anderson, señalando al bulto inoportuno en el regazo de Petula.

—No me gusta el modo que los tirantes estrujan su ropa, —contestó, esperando hasta que Wendy Anderson se fuera al asiento trasero, lejos de ella—. ¿Dónde está tu niño? —Petula preguntó como si se refiriera a un paquete no deseado.

—En la guarde —espetó Wendy Anderson con retintín.

—Oye, ponle sus calcetines; se le caen. Necesita ese toque de rosa para que le funcione el look —dijo Petula a Wendy Thomas, que estaba en el asiento delantero.

Wendy le colocó los calcetines al bebé, pero no le quedaron derechos, había una distancia desigual por encima de cada tobillo.

—¿Tengo que hacer todo yo misma? —Petula preguntó con enfado cuando con cuidado se los colocó.

Esta asignación de muñecas de bebé se había hecho completamente popular en Hawthorne como un modo de enseñar la responsabilidad y contrariar al menos un poco del egoísmo desenfrenado entre los estudiantes. En consideración a las condiciones en la que fueron devueltas la mayor parte de las muñecas, que estaban abatidas y manchadas, el jurado aún estaba deliberando la validez del proyecto.

—¿Anotaste si tu parásito comió anoche? —Wendy Thomas preguntó a Petula.

—No, porque no comió. A ella apenas le cabe sólo la ropa que le compré, entonces ella se está desintoxicando —respondió Petula, por causalidad—. No quiero tener un bebé seboso.

Las Wendys se sorprendieron de que Petula, a su modo, se preocupara tanto por su bebé, aunque solo fuera por su aspecto. Esto abrió la puerta a una discusión que habían estado teniendo.

—Gracioso, deberías mencionar a la cosa como grasa entera de bebé —añadió Wendy Anderson.

—Pensábamos que la siguiente tendencia grande podría ser la liposucción para bebés —siguió Wendy Thomas—. Nosotras podríamos coleccionar la manteca de cerdo y luego usarlo como biocombustible renovable para coches y autobuses.

—Esto se dirige tanto a nuestra dependencia del aceite extranjero como a la obesidad de infancia epidémica —Wendy Anderson añadió—. Es ecológico también.

Petula no estaba desconcertada por la diligencia de las Wendys; de hecho, apenas las escuchaba. Estaba distraída observando a una mujer sin hogar que esperaba sobre un contenedor orgánico detrás del supermercado. Más bien en lugar de apresurarse, Petula condujo más lento, observando a la vagabunda como un arquero a un blanco. Las Wendys se prepararon para ridiculizar a la vagabunda. Si Petula fuera a tomar el tiempo para reconocer su existencia, ambas muchachas conjeturaron, ellas deberían estar listas para burlarse.

—Esto es horrible, —dijo Petula.

—Esto se pudre, —dijo Wendy Thomas, usando toda la barra de proteína para sacar la energía que ella podría reunir y parar su reflejo de náuseas.

—Al menos ella trata de comer sano, —se rió tontamente Wendy Anderson.

—¡Callaos! —demandó Petula, acercándose aún más cerca a la escena deprimente—. Vosotras dos no aguantarías ni dos segundos en sus zapatos.

—¿Qué zapatos? —Vino la pregunta despistada de Wendy Thomas, que chocó contra el silencio pedregoso de Petula.

Las dos Wendys cruzaron una mirada conspiratoria. La verdad era, que Petula había estado actuando muy diferente desde que “regresó” de su experiencia cercana a la muerte, y se ponían cada vez más cautelosas con ella, hasta antes de este arrebato. Esperaron algunos cambios, pero pensaban más a lo largo de las líneas de un acento semimuerto o una figura más esbelta gracias al líquido ultravenoso, dieta que los pacientes de coma eran bastante afortunados para requerir, pero nada semejante a aquellos cambios bruscos de humor, que bien podían pasar desapercibidos al público en general, pero que se antojaban desproporcionales a las acólitas de Petula.

De todos modos, ambas lo atribuían en gran parte a algoque había cogifo durante su ausencia, una conducta rara que era más probable un resultado directo de su pseudodefunción. Además, Petula no habla mucho de la experiencia entera. No estaban seguras si fue porque ella no recordaba nada o porque esta era la parte de un pacto de "lo que pasa en las permanencias de vida futura, en la vida futura".

O bien, esto podría ser sólo DPGB, es decir, Delirio Pre Baile de Graduación. Las Wendys pensaron que era "un diagnóstico" más aceptable, y ellas eran confidentes que las pocas semanas que ellas pasaron en el hospital cuando Petula era un paciente médicamente, lo calificaron para venir a tal conclusión.

Petula paró el coche, tomó pulverizó un poco de spray de cuerpo azucarado en el fondo de su camisa, y lo derramó sobre sus labios glosados como una máscara quirúrgica para defender contra el olor de la orina. Salió del coche y se acercó a la mujer. Las Wendys estuvieron asombradas. Ellas habían cerrado las ventanas enrolladas fuertemente para guardarse del calor y la peste, por lo que la breve charla fue imposible de oír por casualidad. Pero el hecho que Petula se dirigiera a esta persona en absoluto era realmente la cuestión. Las pruebas se acumulaban. Su condición se empeoraba.

—¿Qué hace? —preguntó Wendy Thomas.

—Te acuerdas, cuando los médicos diagnosticaron a mi abuela con Alzheimer, toda la materia médica de ella desapareció. El doctor dijo que a veces la gente olvida que ellos están enfermos y la resolución de sus cosas, —dijo Wendy Anderson.

—¿De qué estás hablando? —Wendy Thomas preguntó, rápidamente perdiendo su paciencia—. ¿Tú que sabes?

—Sé muchas cosas... como que hay un precio de suicidio increíblemente alto atado a los concursantes de programas de televisión de realidad, ah, y, tú puedes empapelar un cuarto entero con el tejido de un sólo pulmón... —disparó a chorros Wendy Anderson orgullosamente—. Y, sé que mi abuela tenía diabetes, adquirió el Alzheimer, y luego olvidó que ella tenía la diabetes y su cuerpo también. Esto podría ser parecido. La casi muerte de Petula podría haberle causado a Petula, ya sabes, una amnesia de popularidad.

—¡Eres un genio! —dijo sinceramente Wendy Thomas—. No sé por qué todos están impresionados de que fueras aceptada al colegio en línea durante el próximo año.

Petula regresó al coche, totalmente consciente de lo que las Wendys pensaban, y moviéndose rápidamente para desactivar la situación.

—¿Qué era todo esto? —Wendy Thomas preguntó de modo acusador.

—Le pregunté donde había conseguido aquella bufanda que llevaba, —salió a chorros de Petula, fingiendo indignarse—. Era justamente igual a una que podría habérseme caído de mi coche la semana pasada.

Las Wendys aceptaron la explicación por el momento, pero Petula estaba enojada por haberse dejador llevar por la situación. Esta clase del comportamiento esquizofrénico le hacía más difícil para ella de guardar en secreto. Era algo que no podía ni entender, ni controlar.

Tan pronto como Petula arrancó el freno, Wendy Anderson recibió un mensaje de texto de emergencia.

—Petula, —dijo ella—. Esto no te va a gustar.

—Desembucha, —exigió Petula.

—¡Alguien manchó a aquel estudiante de transferencia, Darcy, llevando puesto el mismo suéter, el cual tú tienes ahora! —Wendy Anderson pió, pescando para una reacción. Petula hizo lo que ella llevaba puesto una actualización de estado en cada uno de sus sitios conectados a una red social cada día de modo que nadie llevara puesto la misma cosa que ella tenía. Cada uno sabe eso, excepto, la nueva muchacha. Aunque Petula empezaba a pensar que lo hacía intencionadamente.

—Este es del mismo color también, —añadió Wendy Thomas—. Según se informa.

Petula tenía solamente odio para Darcy, aunque realmente no la conociera, y nadie pareció saber mucho sobre la nueva muchacha, salvo que había venido recientemente a Hawthorne de Gorey High .Eso era bastante para poner en lo alto de una lista el derecho de Petula, pero ella había tenido un sentimiento malo sobre Darcy ya que ella había llegado a Hawthorne. Este era un presentimiento, mucho como a su aversión instintiva a la compra de la joyería en los canales de compra desde casa. Las Wendys, por otra parte, pueden que no le haya gustado Darcy tampoco, pero en secreto les gustó que Petula fuera amenazada por ella.

Petula se pegó al borde, paró el coche otra vezsalió y abrió el maletero, que estuvo lleno de bolsas de plástico llenas de ropa de todo tipo. Un elemento mñas que incluir en el “informe de locura”, pensaron las Wendys. Cada vez era más evidente que a Petula le faltaban dos tornillos.

—¿La tintorería ha cerrado? —dijo Wendy Anderson desde la ventanilla trasera.

—Mis armarios están a tope y pienso que la puta roba mi ropa, —explicó Petula—. No quiero dejar algo estando alrededor.

Las Wendys asintieron con la cabeza en la armonía y esperaron con paciencia en el coche. Este pareció plausible. Scarlet había estado pareciendo mejor últimamente, ellas de mala gana se confesaron culpables de ello.

Petula buscaba entre las bolsas hasta que encontró un cambio de moda apropiadamente y competitivo de la ropa, se quito el suéter de cuello y ahí mismo en la calle lo sustituyó por una rebeca de cachemira coloreada de ciruelo. Ella nunca estuvo preocupada sobre la fabricación de una demostración pública de sus activos porque Petula creyó incondicionalmente que sólo debería estar avergonzada si tuviera algo que esconder, por otra parte, era perfecta y era siempre feliz alardeándolo. El mundo era su camerino. Esto no había cambiado mucho.

***
Scarlet andaba atareadísima en su desastrada habitación; pilas de ropa, aquellas prendas suyas tan únicas, raídas, usadas y, por otra parte, “artísticamente destruidas”, abarrotaban la estancia sin orden ni concierto. Había decidido que ya era hora de deshacerse de su antigua yo, y que quería acabar con ello cuanto antes para atenuar el dolor.

Al principio cribó armarios y cajones con cuidado, como un minero que tamiza la tierra en busca de diamantes, pero más pronto que tarde estaba sacando brazadas enteras de prendas, antaño tan preciadas, y arrojándolas indiscriminadamente al suelo, preparándolas para un viaje a Goodwill[1]. Podría oír aproximadamente el andar de Petula por su puerta de dormitorio abierta y agrietándolos aún más: ¿es aquel tu armario o una máquina de tiempo?

Scarlet pensó que, para variar, Petula podía tener parte de razón.

“A veces lo vintage —dijo para sí— no es más que sinónimos de viejo”.

A Sacrlet le había costado esfuerzo llegar a esta conclusión. Ella había tenido sus pertenencias estrictamente solo para su propio placer. De camino, ella decidió vestirse y había sido un verdadero acto del orgullo, tal vez hasta de desafío. No tanto ahora, pero hace unos días todo cuanto ella llevaba aparecería de versiones de imitación de baja clase, no hace mucho. Ella podría acordarse de ser contemplada, o peor, ella se rió de su "mirada".

Curiosamente, echaba de menos esa parte. Como tener un asistente personal para preseleccionar amigos potenciales, que le había ayudado a eliminar a la gente con la que nunca querría asociarse. Además, considera que las niñas en prendas de terciopelo con los logotipos de las cadenas de tiendas salpicadas a través de sus culos no tenían derecho a decir que tenía mal aspecto.

Lo que las chicas, sobre todo las que se podían permitir vestirse bien, nunca entenderían que hay una gran diferencia entre tener un sentido de la moda y el sentido del estilo. Uno viene de revistas, por lo que le dicen; otro de su propia imaginación, lo que tú sientes, ella pensó cuando añadía mas al montículo debajo de ella.

La nueva visita que se hacía cuando buscando por su vieja ropa se hacía cada vez más trivial para Scarlet estos días. No estaba segura si esto fuera un bicho de limpieza en general que le había llegado temprano, o su miedo patológico al aburrimiento, o algo mucho más profundo. Con la escuela casi a terminar y Damen lejos, en la universidad, ella tenía demasiado tiempo para pensar. Y una de las cosas en las que había estado pensando completamente era en Damen. Ella habría preferido hacer la limpieza para su visita, pero él tenía exámenes y no podía llegar a casa para el Día de San Valentín.

Scarlet entendió que la universidad era una prioridad para él, pero ella todavía estaba un poco molesta por estar sola. Claro que no se lo diría a él. No le importaría estar dispuesta a tener su día de San Valentín en la medianoche y pasar rápido como en una película en 3D, que resultó ser su tradición. Ella lo sintió sólo como un mínimo fragmento dado por supuesto. ¿Petula… ella pensó …habría tenido el mismo trato? O mejor, ¿habría considerado tratar así a Petula en primer lugar?

Ella volvió a tener el negocio en manos. Sacudió todas estas cosas que parecían haber muerto un poco para ella. Podrías llamarlo hasta asesinato, a juzgar por la condición de sus armarios y la ropa desechada al suelo. ¿Pero qué trataba ella de matar? Se preguntó ¿Su pasado o su futuro?

Cuando bajó la vista a los montículos en los que se amontonaba toda su ropa, se dio cuenta que al dar sus pertenencias, ella entregaba su historia, también, una historia que ella había compartido, mentalmente, emocionalmente y físicamente con Charlotte. Scarlet la echó terriblemente de menos. Lo suyo era la relación más íntima que ella había tenido alguna vez; al menos hasta ahora. Pero aunque pudo haberse dedicado más a Charlotte, ellas nunca se habían dejado, pensó, hasta ahora.




[1] Goodwill: Empresa que subasta la ropa y el dinero lo dona para servicios sociales.