divendres, 29 d’abril de 2011

Nevermore - cap 10

Capítulo X - Los espíritus de los Muertos


-¿Qué estás haciendo?


Ella conocía la voz, lánguida y tranquila, con ese toque de leve de irritación. Isobel poco a poco volvió la cabeza hasta que se encontró a sí misma centrada en un par de botas negras con polvo colocadas en la parte superior de las escaleras, a menos de un palmo de su nariz. Inclinando la cabeza hacia atrás, sus ojos se encontraron con los verdes ojos de Varen Nethers. 


Él la miró, con un discman en una mano, haciendo girar un CD y la otra colocando unos auriculares en su cuello.


— ¡Ese viejo loco me cerró la puerta! 


Él le lanzó una mirada de reprensión, antes de alejarse moviéndose en la habitación, que era pequeña, muy pequeña, un ático, o probablemente lo había sido una vez. Sus botas hacían un ruido sordo contra el suelo duro mientras él se dirigía hacia una pequeña mesa, con una cafetera de diseño, que estaba en el otro extremo de la habitación, inundada de papeles. En el centro del espacio, había una alfombra raída y fea, marrón y naranja tendida en el suelo, como el cuero cabelludo cortado para tapar alguna calvicie monstruosa. Aparte de algunas pilas de libros obligatorios en cada rincón de la habitación, no había nada más. 


La mesa bajo de una ventana era la única otra pieza que había, además de la de arriba de las escaleras. Esta ventana era pequeña y redonda y daba a la calle. 


—Bruce odia el ruido, —dijo Varen, —así que no puedo imaginarlo golpeando las puertas. 
Isabel frunció los labios. Ella lo vio volver a su asiento de la mesa, poniendo el reproductor de CD a un lado antes de comenzar a buscar entre el desorden de papeles. Ella miró el discman, pensando que era realmente de la vieja escuela por aún llevar uno y no tener un iPod o algún otro reproductor MP3. Lo pensó mejor y no comentó nada.


En cambio, se cruzó de brazos y dijo: — ¿Así que me estás llamando mentirosa?

— ¿Yo dije eso? — Preguntó sin levantar la vista y no pudiendo dejar de recordar cómo estas mismas palabras habían sido las primeras que había hablado con ella. 


—Bueno, lo insinuaste. 


—Tú sacaste tus propias conclusiones. 


— Sí, entonces ¿Quién cerró la puerta?


—Bess —Dijo como si se tratara de una conclusión lógica que cualquier persona haría. 


— ¿Quién diablos es Bess—- Los brazos de Isobel subieron y cayeron separándose en un movimiento exasperado. Ni siquiera había conocido aún a Bess y ya estaba empezando a despreciarla. 


—El duende. 


— ¿El qué?


—Pol-ter-geist —Dijo  pronunciando cada sílaba. 


— ¿Quieres decir...? —se burló Isobel. — ¿Un fantasma? 


—Algo así. 


— ¿Hablas en serio? 


Sus ojos se levantaron de la mesa para fijarse en ella, estaba serio. 


—Lo que sea —Dijo sacudiéndose unas motas de polvo de la parte delantera de sus  vaqueros, el polvo probablemente era de las sucias escaleras. Era evidente que estaba tratando de hacerla enojar de nuevo. Probablemente. 


Isobe hizo caso omiso de la piel de gallina que se le erizó todo el camino hasta la parte de atrás del cuello, como arañas diminutas con las piernas eléctricas. 


—Así que ¿trabajaremos aquí? No lo entiendo. ¿Cómo conociste a ese tipo?


—Bruce es dueño de la heladería. 


— ¿Es tu jefe? 


—Más o menos —Dijo y escribió algo en su bloc de notas. 


—Bueno, me preguntaba porqué estabas allí tú solo —Dijo, usando el truco de sondeo de su padre, tratando de hacer que sonara más como una observación casual que un fisgoneo. 


— Sí, bueno, ha estado corto con la ayuda. Y hablando de eso, te agradecería si no mencionaras nada con él sobre. . . lo que pasó.


No la miró, sino que siguió escribiendo, con la pluma moviéndose lentamente, con cuidado. 


— ¿Por qué? ¿Podrías ser despedido? 


—No. Ya tiene suficiente cosas para preocuparse.


— ¿Trabajas aquí? — Preguntó ella mirando a su alrededor. Alcanzó su mochila y la dejó caer en el piso. Entonces se sentó en la silla al otro lado de la suya. 


—No realmente —Dijo. 


—Entonces, ¿qué, sólo pasas tiempo aquí? ¿Con Bruce? ¿Y Bess? — Añadió tratando de no sonreír. 


— ¿Lees? — Preguntó. 


Hizo una pausa. Oh, sí. Leía. 


Por primera vez desde que los había escrito, Isobel pensó de nuevo en la lista de títulos que le había dado. Tantas cosas se habían interpuesto en el camino entre ellos entonces y ahora. Hizo una mueca. —Mm. Acerca de eso. . .  


Suspiró. Con un sonido suave, como un último aliento. 


—Bueno, ¿Los has leído tú? — ella preguntó. 


—Varias veces.


—Por supuesto— Dijo ella, dándose cuenta que también pudo haber preguntado al Papa si había leído la Biblia. 


—Ya sabes, puedes encontrar a la mayoría, si no todos, los cuentos de Poe y sus poemas en Internet —Dijo en un tono de advertencia —no tendrás excusa la próxima vez. 


—Sí, claro. Permíteme preguntarle a mi hermano raro si se puede detener de matar zombies ninjas por unas horas para poder pedir prestado su ordenador y ponerme al día en mi iluminado horror victoriano.

— ¿El reino perdido uno o dos?


— ¿Eh? — 


— ¿Está jugando al Reino perdido uno o dos? Es la única serie de ninjas zombies. 


Isobel lo miró, incrédula. — ¿Cómo voy a saberlo? 


—Ah, — dijo él bajando los ojos, como si acabara de bajar otro escalón en su escala de 
respeto. —No importa.


 Ella lo miró mientras se inclinaba para sacar algo de su mochila. —Aquí. Puedes coger esto prestado, por ahora—. Cuidadosamente colocó un gran libro negro, con relieve en oro sobre la mesa delante de ella. Su título decía:” Las obras completas de Edgar Allan Poe", en brillantes letras doradas. —Pero si le ocurre algo, soy dueño de tu alma. 


—Eh, gracias —Dijo, cogiéndolo con cuidado, mientras estaba bajo su escrutinio. —Es muy bonito y fácil de llevar.


—Tendremos que reunirnos de nuevo mañana, —dijo. —Después de la escuela.


—No puedo. Tengo práctica—.A pesar de que aún no había comenzado a imaginar cómo iba a tratar con la escuela, sin embargo, se enfrentaría con Brad o Nikki, aún tenía que mantenerse firme en cuanto a la práctica se refería. No se atrevía a faltar, no tan cerca de los nacionales. 


—Lo que sea, —dijo. —El martes, entonces. 


— Muy bien. ¿A qué hora? 


—En algún momento después de la escuela. Pero tengo que trabajar, por lo que tendrás que pasar por la tienda.


Isobel se mordió el labio y pensó en eso. No se había dado cuenta de lo difícil que esto iba a ser. Además de estar castigada, ella y Brad habían cortado e iba a ser difícil seguir a su alrededor. — ¿Puedes darme un aventón hasta allá? — Preguntó. 


Se encogió de hombros. Okaaay, seguiría adelante y tomaría eso como un sí. Ahora todo lo que necesitaba era una manera de llegar a casa después. Probablemente podría caminar a casa, siempre y cuando se le ocurriera una buena excusa para haberse ido. 


Volvió su atención a las Obras Completas. En la parte inferior, se dio cuenta de que había una cinta de seda fina, sobresaliendo con una lengua color beige. Pasando los dedos a lo largo del borde superior, Isobel abrió la página marcada. "Tierra de Sueños," Leyó el título.
Isobel se brincó a la primera estrofa: 




[i][center]Por un camino oscuro y solitario, 
Atormentado por ángeles enfermos, 
Cuando un Eidolon, llamado NOCHE, 
En un trono negro reinaba, 
Había llegado a estas tierras, pero recientemente 
Desde el final de dim Thule - 
Desde un clima raro salvaje que yacía, sublime, 
Fuera del espacio – fuera de TIEMPO. 
[/i]
[/center]
Sí, bueno, tenía tanto sentido como Cracker Jacks. 


Isobel se inclinó hacia adelante hasta que reconoció uno de los títulos que Varen le había dicho, que escribiera en la biblioteca: " La máscara de la Muerte Roja" Ella comenzó a manosear el libro, contando las seis páginas. 


Ese no parecía tan malo. Comenzó el primer párrafo: 


[center][i]La "Muerte Roja" había devastado a largo del país. Ninguna pestilencia había sido nunca tan fatal o tan espantosa. La sangre era su Avatar y su sello, con el enrojecimiento y el horror de la sangre. Hubieron fuertes dolores, y un vértigo repentino, y luego un sangrado profuso en los poros, con disolución. Las manchas escarlatas en el cuerpo y 
especialmente en el rostro de la víctima, producidas por la peste, causaban la censura y que fueran confinados lejos del amparo y la simpatía de sus semejantes. 
Y la incautación de todo progreso, y la terminación de 
la enfermedad, fueron incidentes de media hora.[/i]
[/center]
Isobel levantó la vista de la página con ojos solemnes. Miró a Varen sobre el borde superior del libro mientras él permanecía absorto en sus notas. ¿Era en serio? El primer párrafo sólo se leía como la sinopsis de una película mala re-mezclada con un toque del siglo XIX. O eso, o era un informe médico de muerte. De mala gana dejó que sus ojos cayeran de nuevo a la historia. 


[i][center]Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz.[/center][/i]


La cabeza de Isobel hizo un pequeño sonido explosivo al ponerse en marcha. 


— ¿Qué significa "sagaz"?

—Sagaz, —dijo escribiendo —Adjetivo que describe a alguien en posesión de facultades mentales agudas. También describe una que podría, en una biblioteca, levantarse y buscar un verdadero diccionario en vez de preguntar mil millones de veces.


Isobel hizo una mueca. Cuando la pluma se detuvo, agachó su cabeza y se zambulló de nuevo en la página. 


[i][center]Cuando sus dominios estuvieron medio despoblados, él llamó a su presencia a unos mil sanos y amigos alegres entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al 
aislamiento profundo de una de sus abadías fortificadas. Esta era una estructura amplia y magnífica, la creación de un gusto excéntrico de príncipe, aunque con gusto adusto. Una alta y sólida muralla ceñía sus puertas de hierro. Los cortesanos, habiendo entrado, 
traían hornos y pesados martillos y soldaron los cerrojos. 
Decidieron dejarlos sin medios ni de entrada ni la salida por los impulsos repentinos de la desesperación o la locura en su interior.
[/center]
Ella se detu[/i]vo, pensando que debía significar que, no importara de qué lado de la puerta que te encontraras, no podría haber entrada o salida del Hotel Próspero. Tuvo que admitir que estaba un poco condenada allí mismo, y que la hacía saber querer lo que pasaba. ¿Cómo había Poe escrito su vista de esto si no había salida? Se concentró en la parte inferior del párrafo. 


Bufones. . . improvisadores. . . bailarinas de ballet. . . músicos, 
había belleza, había vino. Todos esos y la seguridad estuvo 
en su interior. Si eso era la "Muerte Roja". 


Bla bla. Dio la vuelta la página. 


— ¿Te estás saltando partes? — Preguntó. 


— No — mintió sin perder el ritmo —Estoy leyendo rápido.


Era una escena voluptuosa, la de disfraces. Pero primero déjame decirte 
de las habitaciones en las que se llevó a cabo. Había siete y una 
suite imperial.


Fue aquí donde por primera vez Isobel sintió la punzada de un tirón hacia el interior de su mente. Poco a poco las palabras comenzaron a salir del camino y dejar que las imágenes de los cortesanos giraran, en cámara lenta, a través de su mente. Era como si de alguna manera se hubiera adaptado a la densidad de su lengua. Pronto las palabras saldrían 
de la página, y en su lugar, ella se quedaría con la sensación de deslizarse a través de la escena, como si se hubiera convertido en una cámara de cine, pasando a través de los conjuntos de habitaciones y sobre las cabezas de los actores disfrazados. 


Cada una de las siete salas, leía, tenía su propio color, con altas ventanas, góticas a juego. Primero estaba la cámara azul, la púrpura, la verde, la naranja, la blanca, y luego la violeta. La última cámara, sin embargo, era negra, con pesadas cortinas y ventanas color rojo sangre. 


[i][center]Fue en esta vivienda, también, que no estaba contra el muro occidental, que había un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se movía hacia adelante y atrás con un sordo, grave, monótono, sonido y cuando el minutero hubo recorrido toda la cara, y la hora se iba a afectar, vinieron a descascarar los pulmones del reloj con un sonido 
que era claro y alto y profundo y excesivamente musical, pero 
 tan peculiar por una nota y el énfasis que cada lapso de una hora tenía, 
con los músicos de la orquesta viéndose obligados a hacer una pausa, 
momentáneamente, en su desempeño, el prestar atención al sonido, y 
por lo tanto a los bailarines forzosamente dejados de ejercer su maniobra, y que estuvieron allí 
con un breve desconcierto en la alegría de todos, y, mientras que las 
campanadas del reloj sonaban, se observó que la giddiest 
palidecía, y cuanto más edad tenía, pasaba las manos sobre sus cejas como con confusión y reverencia. Pero cuando los 
ecos cesaron, con una risa ligera a la vez impregnando la 
reunión; los músicos se miraron y sonrieron como si fueran 
sus propios nervios y desconcierto, y se susurraban votos, 
cada uno al otro, como si las campanadas del reloj al lado debían
producir en ellos alguna emoción similar, y luego, al cabo de 
sesenta minutos, (que son tres mil y seiscientos 
segundos del tiempo que vuela), se produjo otro repique 
del reloj, y luego estuvieron el desconcierto y el mismo 
temblor y la meditación como antes. 
[/center]
[/i]
Isobel pasó por delante hasta llegar a la medianoche de la historia. Después de haber visto un montón de películas de terror, sabía lo suficiente como para esperar que el drama principal iniciara entonces. Poe no la defraudó. Cuando el reloj negro llegó a las doce, comenzó lo realmente extraño. Izquierda y derecha, todo el mundo empezó a girar 
sobre algunos extraños-peligros que habían salido de la nada. 


[i][center]La figura era alta y flaca, y cubierta de pies a cabeza con 
el atuendo de la tumba. La máscara que ocultaba su 
rostro representaba tan fielmente el rostro de un 
cadáver rígido, que el observador más atento habría tenido 
dificultad para descubrir el engaño. Y sin embargo todo eso podría no haber sido 
sufrido, sino aprobado, por aquella alocada concurrencia. Pero el 
enmascarado había llegado incluso a asumir el tipo de La muerte de la Cruz Roja. Salpicando su vestimenta con sangre - y la frente amplia, 
con todas las características de la cara, estaba rociada con el horror escarlata.[/center]
[/i]
Gross, pensó, pero también era una especie fresca. Isobel volteó la página y buscó hasta llegar al final, a donde el príncipe Próspero, molesto al máximo, comenzó a cobrar en todas las cámaras. 


[i][center]Blandía una daga desenvainada, y se acercó, con rápido 
ímpetu, en un plazo de tres o cuatro pies de la figura en retirada, 
cuando éste, después de haber alcanzado el extremo de terciopelo del 
apartamento, se volvió de repente y enfrentó a su perseguidor. No 
fue un agudo grito ni la daga reluciente cayendo en la 
alfombra negra sobre la que, al instante, cayó postrado en 
la muerte del príncipe Próspero. Entonces, invocando el frenético valor 
de la desesperación, una multitud de juerguistas se lanzaron a la vez
al salón negro, y, aprovechando la máscara, cuya alta 
figura seguía inmóvil y erguida bajo la sombra del 
reloj de ébano, exclamó con indecible horror al encontrar la máscara cadavérica que habían tratado con 
violenta rudeza al que no estaba habitado de cualquier forma tangible. 


Y ahora reconoció la presencia de la Muerte Roja. 
Había venido como un ladrón en la noche. Y uno a uno 
los juerguistas fueron cayendo en los pasillos bañados de sangre para su deleite, y cada uno murió en la postura desesperada de su caída. Y la vida del 
reloj de ébano se apagó con la del último de los hombres. Y las 
llamas de los trípodes se extinguieron. Y la oscuridad, la Corrupción y la 
Muerte Roja sostuvieron su dominio ilimitado sobre todos. [/center][/i]


Espera. Espera, ¿qué? ¿Eso era todo?


Isobel re-leyó la última frase de nuevo, a pesar de que sabía que no se había perdido nada. O  ¿Tal vez lo había hecho? Ella tragó con fuerza contra la bola que se había formado espesa en la parte de atrás de su garganta. 


—Está bien.


Cerró el libro de golpe, haciendo que la mesa sonara, debió haber causado que Varen saltara dejando de escribir porque la miró, con las cejas levantadas. 


—Entonces, ¿Podemos hablar de lo que acabo de leer sobre el baile de Máscaras y cómo al final el chico malo de la película gana totalmente?


Sacó su pluma fuera de la página y se hundió de nuevo en su silla, dándole a ella algo así como diversión. —Supongo que cuando dices 'chico malo' te refieres a la muerte roja, lo que implica que ¿Próspero es el bueno?


Su mandíbula sobresalía a un lado mientras tomaba eso en cuenta. Ella veía su punto y, los ojos en blanco hacia arriba, agitando las pestañas, suspirando. 


—Así que, lo que sea, encerró a todas las personas enfermas y lanzó una gran fiesta para sus amigos ricos. No era bueno, lo entendía. Pero aparte de eso, ¿Por qué Poe escribiría una historia sobre un palacio de lujo y durar tanto tiempo hablando de todas esas habitaciones de diferentes colores y construir todas estas cosas de este reloj repiqueteando y algún príncipe sagaz y sus amigos si iba a matarlos a todos al final?


—Porque, — dijo Varen, —al final, la muerte siempre gana. 


Al oír estas palabras, Isobel retrocedió. Ella quitó sus manos de la mesa y las puso en su regazo, encorvando los hombros. —Ya sabes, — dijo ella, —sin ánimo de ofender, pero es cuando dices cosas así que la gente empieza a preocuparse por ti.

Su expresión cayó. 


Ella se encogió en el interior, admitiendo para sí misma que no había querido sonar tan contundente. Se quedó mirándolo, pero no pudo sostener esa mirada profunda y fuerte, estaba medio escondida detrás de su pelo y aún así era capaz de perforarla directamente. 


— Quiero decir. . . — Empezó a decir, haciendo un gesto con las manos, como si pudiera ayudarla a mantener el control. 


—Por lo tanto, — dijo él —¿estás preocupada por mí?


Sus ojos se levantaron. Él la miraba constantemente, todo serio y de nuevo, se encontró forcejeando con su penetrante mirada. 


¿Era él de verdad? ¿O era sólo su juego de nuevo? 


Él parpadeó una vez, con claridad esperando una respuesta. 


—Eh. . .  


Ella fue salvada por el sonido de un crujido bajo. Su mirada la dejó. Ella siguió su mirada, dándose cuenta que debía haber sido la puerta de abajo re-abriéndose. 


— ¿Alguien viene? — Preguntó. 


—Sólo es Bess, — murmuró. — ¿Qué hora es? 


Isobel sintió la sensación punzante en la parte de atrás de su cuello de nuevo, sólo que esta vez no fue tan fácil sacudírsela. La piel de gallina volvió, haciendo correr un frío eléctrico por su espalda. Cogió su mochila, todavía nerviosa, con los dedos torpes en el  llavero de reloj de plata en forma de corazón. 


—Oh, no—. Sentía que su intestino se desplomaba. —Tengo que irme, —dijo ella, con su silla raspando con fuerza contra el suelo mientras se ponía de pie. Se puso la mochila y se dirigió a las escaleras. 


— Espera — dijo él. Oyó su pluma golpear la mesa. 


—No puedo, — dijo. —Lo siento—. Ella sabía que él estaba irritado con ella, pero decidió que no podía evitarlo. Él sólo podría agregar esto a su, sin ninguna duda, lista de cosas de ella que lo irritaban. 


Ella bajó las escaleras, a través de la habitación de atrás, por la planta principal, más allá de Bruce, que estaba sentado, desplomado en su silla, con sus ojos abiertos de par en par, parecía seguirla mientras se iba. Isobel salió por la puerta principal, haciendo sonar las campanas mientras la dejaba hacer explosión cerrándose detrás de ella. Fuera, la temperatura había caído y el aire se había vuelto más nítido, tanto que Isobel pudo ver su aliento. Junto a ella, una farola se encendió. 


Fue entonces cuando se dio cuenta que había dejado en el piso de arriba el libro de Poe. 
Con un gruñido, se giró, se dirigió de nuevo a la puerta y se apresuró más allá de un ronquido de Bruce a la parte trasera. Se paró cuando se encontró con "Cuidado con Bess" puerta cerrada. Una vez más. 


Tomó el mando pero se detuvo cuando oyó voces profundas, bajas y suaves. ¿Con quién estaba él hablando? ¿Habría alguien escondido allí antes de que hubieran estado trabajando? 


Pensó en Lacy y de inmediato abrió la puerta y subió, diciendo: —se me ha olvidado. 
Se detuvo cuando llegó al piso superior. Él se había ido. Su libro negro se había ido también, pero su bloc de notas estaba sobre la mesa, junto a su discman y el libro de Poe. Isobel dio la vuelta en un círculo rápido, pero no había ni rastro de él ni de nadie. Pero, ¿cómo podía ser? ¿Cómo se podía haberse ido tan rápidamente? 


Ella estudió la habitación de nuevo para confirmar que no había otras puertas, no había armarios para ocultarse.


Entonces, ¿De quién habían sido las voces que había oído? 


Con un pico de fría inquietud, se dio cuenta que estaba allí sola. Con un fantasma. 


Salió disparada, agarró el libro de Poe, y se escabulló por las escaleras, agradecida cuando la puerta no se cerró de golpe en su momento. 


Metiendo el libro de Poe en su bolso, se escurrió hacia el frente y fuera de nuevo, con el  ambiente de rarezas aferrándose a ella hasta que una fuerte brisa se movió junto a ella y voló lejos. 


En el exterior, el horizonte entre los edificios se ruborizaba de un melocotón profundo, mientras el resplandor de las farolas y escaparates parecían iluminadas al segundo. Se fue en dirección de su casa, pero comenzó a darse cuenta, mientras el anochecer seguía su gradual descenso, que una caminata rápida no iba a funcionar. 


Isobel comenzó a correr.

Nevermore - cap 9

Capítulo IX - Formas Intangibles


Castigada. Esa era su sentencia por el resto del fin de semana, mayormente porque Isobel no había sido capaz de inventar una buena excusa por no haber revisado su teléfono antes. Cuando su mamá y su papá le preguntaron donde había estado, ella había hecho lo mejor para no mentir, diciendo que el grupo había ido por helado después del juego y que ella había perdido la noción del tiempo. A la pregunta de quién la había traído, Isobel simplemente se había encogido de hombros, diciendo que había sido alguien de la escuela. Podía decir que a su papá no le había gustado especialmente esa respuesta, pero tampoco la interrogó más.


Ella no estaba lista para hablar acerca de lo que había pasado en la heladería. De ninguna manera estaba lista para decirles que había roto con Brad. O siquiera de admitir que el grupo no estaba más. No cuando apenas tenía tiempo para procesarlo todo ella misma. A pesar de todo, se sentía reacia a mencionar el nombre de Varen, como si, de alguna forma, eso invocara todavía más desastres.


Y así, entre ataques de mal humor y tratar de no pensar en perder a todos sus amigos en una noche, o acerca de la loca manera en la que Brad había actuado o en cuan incomodas serían las cosas en la escuela el lunes, Isobel pasó la mayor parte del sábado tratando de idear un plan para saber como iba a encontrarse con Varen al día siguiente. Por supuesto, ella ya sabía que tendría que involucrar escaparse.


Tarde el domingo, cuando su padre se desplomó en frente de la televisión, se dio cuenta también de que necesitaría, si quería disminuir enormemente sus oportunidades de ser atrapada, posicionar un vigía.


Convencer a Danny resultó ser más difícil de lo usual. Comenzó la oferta ofreciendo hacer todas sus tareas de la semana porque, en el pasado, siempre que estaba desesperada por un favor, eso conseguía el truco. Pero esta vez, sin embargo, rechazó tanto esa propuesta como la perspectiva de recaudar la mesada de ella por las dos semanas siguientes. Normalmente era un trato con gratificación inmediata, pero Danny la sorprendió al lanzar un trato inusual, uno que incluía que Isobel se pusiera un sombrero de chofer por medio tiempo luego de su cumpleaños en primavera, luego de que finalmente tuviera su auto. La negociación le recordó a una sesión Hazlo-o-Muere de la Mafia, completa con Danny amenazando con hacer su vida miserable si ella “no cumplía” con alguna “claúsula” de su “contrato”, y le hizo darse cuenta de cuan ambicioso se había vuelto su hermano pequeño desde que había comenzado la escuela intermedia. De todos modos, ella se imaginó que sus padres tal vez harían que lo paseara solo un poco. Y entonces, luego de recordarle a Danny que miraba demasiada televisión, Isobel de mala gana se dio por vencida.


— Pero no voy a recoger a tus amigos ni llevar a todos a casa a diez lugares diferentes — dijo antes de tomar su mano tendida.


A esto, Danny rodó sus ojos, dándole a su mano una sacudida rígida. – Para eso tenemos bicicletas. Duh.


— Entonces, ¿Qué tengo que hacer si mamá y papá tratan de entrar a tu cuarto? — preguntó Danny mientras la observaba cargar su mochila con un bloc de notas, lapiceras, y los libros acerca de Poe que había tomado de la Biblioteca.


— No los dejes entrar — dijo. Honestamente, ¿no habían ya hablado de esto?


— Si, pero no puedo mantenerlos afuera. Tú y yo sabemos que apenas si puedo mantenerme yo mismo afuera — agregó esta última parte mientras se recostaba sobre su tocador y abría uno de los cajones.


— Bueno, te conviene que lo hagas — Dijo, cerrando el cajón de nuevo — Tú sabes que el trato se rompe si se enteran.


Esa amenaza para agregar un pequeño incentivo extra, Isobel pensó


Se puso encima su mochila y caminó hacia su ventana abierta. El aire frío entró, agitando sus cortinas de encaje, trayendo la esencia de hojas marchitas y ese olor chamuscado de otoño que era casi picante. Hasta ahora había sido un día lindo, solo un poquito más frío de lo que a Isobel le gustaba. Al menos no parecía como si fuese a llover.


Se sentó a horcadas en el alfeizar de la ventana, agachando su cabeza abajo y afuera antes de treparse completamente en el techo. Ellos vivían en una casa de dos niveles, entonces siempre había habido un pequeño peñasco en el que se podía deslizar para sentarse si necesitaba estar sola.


Isobel se mantuvo en equilibrio sobre el declive, las toscas tejas chirriando y crujiendo bajo sus zapatos. Trató de no mirar el borde de la canaleta. En vez de eso miró sobre su hombro a Danny, inclinándose hacia afuera, mirándola a ella.


— Recuerda — dijo, pero no tenía que terminar.


— Si comienzan a hacer preguntas, tienes dolor de cabeza, y estás durmiendo.


— ¿Y?


—Y fijarme en la puerta del garage, porque estarás de vuelta a las siete y treinta en punto y a tiempo para la cena o si no volverás a ser un alíen y serás deportada a tu planeta de origen — Danny recitó todo esto con su regordete rostro apoyado en sus manos, sus codos apoyados sobre el alfeizar de la ventana.


Isobel rodó sus ojos y se giró para bajarse del techo, cuidando mantener su paso derecho y seguro sobre la inclinada terraza.


— Tal vez no sea mi problema — escuchó a Danny decir a sus espaldas — pero puedo preguntar por qué estas arriesgando tu vida, tu libertad y tu pellejo para escaparte


— Normalmente — comenzó Isobel mientras llegaba al borde más lejano, donde sabía que el enrejado blanco de madera de su madre tocaba el techo. — Esa información estaría clasificada — se quitó su mochila y la lanzó abajo al césped. Luego giró y se agachó, estirando una pierna sobre el borde, tanteando el camino. La punta de su pie se deslizó a través de una ranura del enrejado. —Pero ya que preguntaste… - Adquiriendo un punto de apoyo para su pie, comenzó a descender — Tengo que hacer mi tarea.


La puerta crujió, y una cinta de campanas oxidadas sonó cuando ella entró a la vieja librería.
Desde el exterior, Isobel podría decir, que el edificio había sido la casa de alguien alguna vez. La pintura color verde de los ladrillos estaba desconchada, una chimenea visiblemente desmoronada a una lado del tejado. Adentro, la humedad mantenía una densa atmósfera antigua, y el olor a polvo y libros viejos, se combinaban para hacer de la respiración un trabajo.


El cuarto delantero era largo y estrecho, lleno de filas de estantería altas y firmes que llegaban casi hasta techo. En lo alto, las lámparas fijas daban una luz dorada suave que proporcionaba una ligera luz a las sombras.


Isobel avanzó, no vio a Varen donde quiera que estuviera, pero por otro lado ella no podía ver mucho todavía. Con cuidado ella dio un paso alrededor de un montón de libros antiguos, cerca de la puerta. Pensó que este lugar debía violar por lo menos diez normas de la ley contra incendios. Se movió entre dos estanterías y pensó en llamarlo pero por alguna razón, no quería romper el silencio absoluto.


Isobel miro los innumerables libros, cada uno clasificado con su propio número y fecha. Le hizo sentirse como si anduviera por unas catacumbas.


Cuando llego al final, ella miró al lado del estante y vio un mostrador. Bueno realmente, vio muchos libros amontonados encima de algo que debió haber sido un mostrador. Detrás de ello estaba sentado un anciano con el pelo canoso despeinado alrededor de su cabeza, parecía que había metido el tenedor de la comida en un enchufe.


Le frunció el ceño mirándola con un ojo gris, penetrante y grande, el otro ojo permanecía cerrado. En el regazo tenia un enorme libro encuadernado en cuero, abierto en alguna página del centro.


—Ah, ah. . . - dijo y señaló con el pulgar por encima del hombro, como si debería hacer saber que había entrado por la puerta principal. —Estoy buscando a alguien. —Mantuvo la mirada fija en ella con el ojo abierto, como un pájaro observa a un gusano. —Ajá. Usted no… Sabe si. . . —Se alejó mirando al ojo ¿Bastante escalofriante? Ni parpadeó.


Isobel volvió a señalar por encima del hombro, otra vez.


—Iré a mirar yo misma


Bufó, fuerte y bruscamente. Saltó, preparándose para darse la vuelta y esperar a Varen en la calle. Podía ir al Starbucks y al estudio, porque esto era demasiado raro para ella. Antes de que pudiera dar un paso hacia atrás, el ojo cerrado del hombre se abrió de repente. Se movió en su asiento, parpadeando rápidamente, resoplando.


—Ah, ah —Gruñó. Se puso derecho en su sillón y bizqueó en ella con ambos ojos, uno de ellos estaba enturbiado, era de color marrón, aunque parecía casi negro debido a la débil luz.
— ¿Qué es lo que desea señorita?


Isobel le miró fijamente, teniendo que desviar su mirada para mirar hacia puerta principal; a la luz del sol y a la acera donde las personas normales andaban con sus perros.


—Ah, No permita que esto le sorprenda, — dijo, apuntando con la punta de un dedo al ojo gris grande. —Es vidrio—.Dijo sonriendo. —Me alegro que viniera —Su risa se volvió en una tos floja. —Porque sino habría dormido todo el día —Agregó.


—Yo... yo me tenía que encontrar con alguien aquí—Murmuró Isobel y entonces se arrepintió por haber abierto la boca. Todo en ella quiso realmente estar fuera, en la acera. Había pasado por un café agradable, en el camino, ellos podrían trabajar allí.


No vio un sitio donde sentarse, en este lugar.


— ¿Ah, sí? —Tosió otra vez, aunque él quizás había estado riéndose. Ella no podría estar segura. Lo miró poner su puño contra la boca. Los hombros se sacudieron cuando resolló en la mano, las mejillas se hincharon como un pez globo. Cuando paró de toser, suspiro aliviado. —Es arriba —Gruño el hombre y señaló con un dedo hacia un pasillo, que dirigía a un cuarto interior que Isobel observó (sorpresa, sorpresa) estaba lleno de todavía más libros. —Vaya hasta la parte trasera cuando suba las escaleras. Ignore el cartel de la puerta.


—Ajá, gracias, —dijo, pero él ya había doblado la cabeza y volvió a la lectura. O a dormir. Era difícil saberlo.


Isobel giro hacia el pasillo, en la parte de atrás de la sala. Encontró la puerta que la había dicho cerca de la pared de atrás. Alta y estrecha, se parecía a la tapa de un ataúd. Su primer pensamiento fue que debía ser un armario para los artículos de limpieza, pero ella no vio otras puertas alrededor, tenia un cartel. Realmente, tenía dos.


“NO ENTRAR “decía el primero. El segundo, estaba escrito a mano en un papel tosco con la advertencia: “TENGA CUIDADO CON BESS” ¿Quién, o qué, era Bess? se preguntó. ¿Qué cartel debería ignorar? Isobel echó un vistazo hacia el cuarto delantero. No se sentía realmente con ganas de volver a preguntar al abuelito de las toses.


Isobel agarró la manilla de latón y la giró. La puerta chirrió al abrirla.


Había una estrecha y escarpada escalera que subía hacia arriba. Estaba iluminada por luz solar blanca que procedía de una ventana alta, un millón de partículas de polvo bailaban dentro y fuera de los rayos.


Bueno, pensó. ¿Si éstas son las escaleras que supuestamente tengo que subir, entonces dónde esta esa Bess?


— ¿Hola? —Su voz sonó calmada y baja para sus propias orejas. Ella no recibió una respuesta, pero pensó que podría oír el barajar de papeles, así que subió la escalera, dejando la puerta abierta, detrás de ella.


No había barandilla hacia arriba, tenía que apoyar sus manos en cualquier lado y las apoyo en las paredes de madera oscuras. La escalera gimió y crujió bajo sus pies, como si murmuraran secretos acerca de ella.


Dio un paso después de otro y cuando se acercó a la parte superior, un sentimiento raro comenzó a caer sobre ella. Lo sintió en su estómago primero. Una sensación de mareo se asoció con la insinuación de vértigo. Sintió como el bello de sus brazos se ponía de punta. Se paro y escucho:


¡Crack!


Isobel grito. Sus rodillas se doblaron y se dejó caer en la escalera.


Giro la cabeza y vio que alguien había cerrado la puerta.

Nevermore - cap 8

Capítulo VIII - Ligeia

Con su espalda pegada a la pared, Isobel se quedó a las afueras de la puerta del personal. Finalmente, fortaleciéndose a sí misma con un suspiro tembloroso, se apartó de la pared y le dio el marco de la puerta un tímido doble golpe.


— ¿Hola? — llamó hacia el oscuro espacio. — ¿Estás... estás allí atrás?


No hubo respuesta.


Isabel llevó una mano temblorosa al interior y le dio unas palmaditas a la pared. Sus dedos tantearon sobre un interruptor de la luz y lo tiró hacia arriba, causando un chisporroteo fluorescente con un suave tintineo.


En el interior, había estantes llenos de cajas de helados, paquetes de servilletas, y cajas de vasos de papel alineados, y agrietadas paredes de yeso de horrible verde lima. Su mirada escrutadora viajó más allá de un casillero de color gris oscuro y de la salida posterior, parando a reposar en la puerta de la cabina del congelador. Se encontraba entreabierta, susurrando niebla a través de una brecha delgada.


Isabel entró en la habitación. Se trasladó a la nevera y miró hacia abajo para encontrarla un poco abierta, a una rendija, por una caja de madera.


Se llevó la mano al cerrojo y tiró, sorprendida cuando se abrió fácilmente, enviando enormes tormentas de aire frío cayendo a lo largo de sus zapatillas. Asomó la cabeza en el interior en primer lugar, deslizándose sólo cuando le pareció ver, a través del velo de niebla, una bota color negro.


— ¿Qué estás haciendo aquí? — fue lo primero, lo más seguro, que pensó en preguntar.


Él se sentaba en una esquina, descansando en un banco formado por retráctil botes de helado. Ella avanzó más lejos en el frío, de repente alegre de llevar su cuello de tortuga y el par de pantalones de chándal azul que había llevado después del juego. Dejó la puerta del congelador golpear contra el cajón de madera, sus hombros temblaban, y envolvió sus brazos alrededor de su centro.


Su gorra estaba en el suelo entre sus botas, y el pelo una vez más colgaba en su rostro por lo que no podía leer su expresión.


—Yo… — empezó a decir, buscando a tientas la siguiente cosa que decir, lo correcto por decir.


—Lo siento —, dijo, las palabras sonaban débiles en sus propios oídos, y ella sabía que, por su propia cuenta, no eran suficientes. —Yo... no sé si ellos…


—Ya lo sé —, dijo.


Ella se abrazó más fuerte. —Yo… yo puse el dinero de vuelta en el…


—Gracias —.


Isabel apretó los labios en una mueca oprimida, un puñado de frustración anudándose a sí mismo en su pecho.


—Mira, estoy tratando… decía que lo si…


— ¿Por qué? — miró hacia ella bruscamente, la ira dibujada en su rostro. — ¿Por qué hiciste eso?


—Yo… — balbuceó, atrapada una vez más dentro de la fuerza de sus ojos. — ¿Qué quieres decir? No podía sólo…


—Fueron tus amigos, ¿verdad?


—Sí, pero… — Su mirada cayó al suelo de metal helado. Ella sacudió la cabeza con furia, aunque más para combatir a sus preguntas que responderlas.


— ¿Qué crees que has demostrado, animadora? — Se levantó de repente, e Isobel se sintió retroceder con un paso involuntario.


—N-nada —, balbuceó. —Es sólo… que no estaba bien —.


— ¿Por qué te importa? — le exigió, acercándose lo suficiente como para pararse sobre ella, lo suficientemente cerca para que sintiera la ira rodando fuera de él, inundándola a ella.
Ella hizo una pausa para tragar, para pensar. Lo miró, temblando de frío y de los nervios.
Esperaba su ira, sí, pero ¿este descarado desafío? Cuando abrió la boca para responder, no vino ninguna palabra. ¿Por qué le importaba?


Pensó en ello, a continuación, se aclaró la garganta, muy consciente de que se cernía sobre ella como una nube de tormenta. — ¿Por qué… por qué te preocupas tú?


— ¿Quién dijo que lo hice?


Ella se estremeció. Ahí estaba de nuevo. Ese bloqueo suyo.


—Tú lo hiciste—, le susurró, su aliento dejándola en un penacho de color blanco. Sus dientes castañeaban, se desenvolvió los brazos y le tendió, entre los dedos temblorosos, el trozo de papel que Brad había dejado sobre la mesa de mimbre. —Cuando me deslizaste esta nota, — miró hacia él.


Su rostro cambió, la incertidumbre tomando el lugar del resentimiento. Miró rápidamente a la nota y con la misma rapidez miró a la distancia. Dio un paso atrás de ella.


—Porque, — comenzó, pero se detuvo. —No lo sé, — se corrigió, y se volvió hacia la pared, con los hombros rígidos.


— ¿Cómo lo sabías, de todos modos? — presionó. Miró a su espalda, esperando que la pregunta calmara su ira. Y porque quería saber. — ¿Cómo sabías que ellos sabían que mentí acerca del sábado?


—Alguien…— Una vez más, se contuvo. —Lo escuché por ahí, supongo. ¿Qué importa?—
No importaba, pensó Isabel, mirándolo, porque eso significaría que había estado escuchando, en primer lugar.


—No importa, — dijo ella, castañeando sus dientes. —Olvídalo. ¿Podemos sólo…? Su temblor empeoró, y agitó las rodillas para mantener la sangre fluyendo. ¿Cómo él podía estar aquí? Cerró los ojos durante un largo segundo. Abriéndolos de nuevo, dijo, —Mira, por favor, ¿sólo podemos salir del congelador?


Él se dio la vuelta y le indicó en un improvisado gesto “después de ti” hacia la puerta.
Isobel salió, vacilando un instante, insegura de si la iba a seguir.


El bendito calor se precipitó sobre ella cuando volvió a entrar en el almacén. A medida que su nariz se descongelaba, sopló aire caliente en los puños, encrespando y flexionando los dedos en un esfuerzo por recuperar la sensibilidad.


Salió detrás de ella, pateando el improvisado tope de puerta, dejando que la enorme puerta del congelador fácilmente se cerrara e hiciera click en su lugar.


No esperó a que él le dijera a donde ir, y no le preguntó dónde encontrar los productos de limpieza. En cambio, se fue derecho al fregadero y a la tina en la pared opuesta y se agachó para mirar debajo. Allí encontró el balde vacío del conserje y una pila de trapos doblados. Luchó con el balde vacío, se enderezó, y se volteó hacia el agua caliente.
Lo miró. — ¿Tienes un trapeador?


— ¿A quién dices que pertenece eso otra vez? —, preguntó ella, utilizando una servilleta para pelar un taco de goma que sólo podría asumir había pertenecido a Alyssa de fuera de la pantalla de cristal. Roció Windex en su lugar y limpió la cuestión con un trapo.


—A Cementerio de los Suspiros*[1] — respondió, moviendo la cabeza al ritmo de la trillada, sombría, e inquietante música.


Antes de que se hubieran puesto a limpiar el desorden que la pandilla había dejado, Varen había sustituido el redondo CD de acero con uno de su propia colección, que había excavado en su coche. Lo había traído junto con su bolsa de deporte, que Brad, como el caballero que era, había arrojado en el estacionamiento antes de salir a exceso de velocidad.
Estaba realmente agradecida, pensó, ya que la bolsa contenía tanto su teléfono como las llaves de su casa.


—Esta canción se llama ‘Emily No. No se ha ido’— dijo. —Se trata de una mujer que muere y después se levanta de la tumba para estar con su verdadero amor—.


—Qué romántico, — se burló Isabel.


—Lo es, — dijo, y arrastró el trapeador a través de la última de la sustancia viscosa de malta que se había derretido en el suelo mientras que habían estado en el congelador.


—Simplemente suena horrible para mí.


—Lo horrible puede ser romántico—.


—Lo siento—. Ella sacudió la cabeza e hizo una mueca. —Pero eso sólo suena extraño—.
Dejó de fregar y se volvió para mirarla. — ¿No crees que es todo romántico… la idea de que el amor puede vencer a la muerte?


—Supongo—. Isobel se encogió de hombros, pero en realidad no quería pensar en ello. Lo único que vino a la mente fue la frase "aliento de muerte." Hizo una mueca ante la idea de besar a un chico muerto y se dirigió al fregadero detrás del mostrador para enjuagar su trapo. Más allá de la corriente de agua fría, la trillada música rompió el silencio y una voz femenina cantó a capella, hermosa y triste.


[i][center]Que esta muerte cubierta de un velo de novia.
A pesar de esta piel de arcilla, mis labios tan pálidos.
Mis ojos, por ti, brillan cada vez más radiantes.
Más negro que las alas de cuervo de la noche.
Soy yo…
Soy yo…
Tu amor perdido, tu Señora Ligeia…[/center][/i]




Isobel hizo una breve pausa cuando la melodía inquietante comenzó otra vez y luego se disipó, la voz de la mujer se apagaba, reverberando en un latido hipnótico. Cerró la llave del fregadero y giro alrededor.


—Pensé que habías dicho que se llamaba Emily—, dijo, sus palabras parecían sacarlo del trance.
Él la miró, levantó el trapeador del piso, y lo sumergió en el agua sucia. —Así es. Señora Ligeia…— Pero se detuvo y cambió su peso de un pie al otro, como si considerara o no explicarle.


— ¿Qué? — preguntó Isobel. ¿Se estaba perdiendo algo? ¿Pensó que era demasiado estúpida como para entenderlo?


—La señora Ligeia—, comenzó de nuevo. —Es una mujer en la literatura que regresa de entre los muertos, tomando el cuerpo de otra mujer para estar con su verdadero amor—.


—Oh, sí. Precioso—. Isobel palidecía. — ¿Supongo que a la otra chica no le importaba en absoluto?


Él sonrió y, agarrando el mango del trapeador, arrastro la cubeta con ruedas del conserje tras el mostrador, guiándola hacia la trastienda. —En realidad es una de las historias más famosas de Poe—.


Ah, pensó. Así que por eso no había querido dar más detalles. Se quedó por un momento con los brazos cruzados, pensando, la cadera apoyada en la pantalla de cristal. Entonces, rodeando el mostrador, dejó caer su trapo en el fregadero y caminó hasta quedarse de pie en la puerta de la sala del personal. Con las manos apoyadas a ambos lados del marco de la puerta, se inclinó unas pulgadas.


—Hey—, gritó. —Hablando de eso, ¿aún no has hecho el proyecto?


—No—.


Lo vio levantar el cubo y verter el agua sucia en la tina del fregadero.


—Es para después de la próxima semana—.


—Sí, lo sé—. Dijo. Bajó el cubo y se mantuvo de espaldas a ella mientras se lavaba las manos. — ¿No deberías ser tú la sé que preocupe de eso?


—Supongo que sí—, murmuró, y puso sus ojos en el suelo pulido. Habían trapeado el lugar hasta que brillara y estaba convencida de que en realidad estaba más limpio ahora de lo que había sido antes de que Brad y la pandilla lo destrozara. Si ella había aprendido una cosa con certeza sobre Varen ahora, es que era minucioso.


Miró de nuevo y le observó en silencio mientras abría el casillero en la esquina y sacó su billetera, ensartadas con tres diferentes longitudes de cadena. Él recogió otra cosa con la otra mano, y cuando llegó a la puerta, ella salió de su camino.


Él pasó junto a ella a la habitación principal y deposito su cartera, los cilindros de las cadenas, y un puñado de anillos en una de las mesas de mimbre. A continuación cogió la bolsa de basura de plástico que había llenado durante la limpieza y, tirando del cordón para cerrar de plástico, lo ató.


—Dame un segundo—, dijo. —Tengo que encargarme de esto—. Isobel le vio desaparecer en la sala de empleados de nuevo, cargando con la bolsa de basura detrás de él. Oyó abrir la puerta de atrás.


Echó un vistazo a la cartera en la mesa y la pequeña colección de anillos. Uno de los anillos, se dio cuenta, era su anillo de la escuela secundaria. Nadie podría haberlo adivinado por sólo mirarlo desde la distancia, pensó. El marco cuadrado de plata del anillo acunaba una joya voluminosa, un negro rectangular en lugar del tradicional azul zafiro Trenton. Una V de plata en medio de la piedra de ónix en lugar de una T y, en el lateral, donde la gente por lo general tenía el emblema de la escuela, una cabeza de halcón, estaba el perfil de un cuervo o un grajo o algo que no era un halcón.


Su mirada se alejó de los anillos a su cartera.


Ella miró hacia la puerta abierta del personal, y luego, volvió a la cartera. En el exterior, el contenedor golpeó.


Isobel rápidamente cogió su cartera y se apresuró a abrirla.


Lo primero que encontró fue una extensión pequeña de plástico para las fotos. Contenía una única fotografía ovalada, de la chica del grupo de la mañana de Varen, parte de la convergencia pobre-de-mí, que se reúne en el radiador al lado de las puertas laterales todas las mañanas. Era la chica que le había entregado el sobre rojo, Isobel se dio cuenta, y pensó que su nombre era Lacy. ¿Significaba esto que ella era su novia?


La chica no estaba sonriendo en la imagen. Tenía una expresión desafiante en su cara redonda, como si estuviera en silencio desafiando al espectador en su dirección directamente. Tenía un montón de pelo negro y espeso que caía pasado el corte de la foto, aunque Isabel sabía que las ondas negras terminaban en rulos sumergidos en tinte rojo. Tenía labios gruesos, también, pintados de un color burdeos profundo, y su delineador, dibujado con delgadas y afiladas puntas, hacía ver a los enormes ojos oscuros aún más grandes. Esos ojos, junto con su piel cobriza, la hacían parecer una diosa egipcia.


La música de Varen cesó sin previo aviso. El silencio impulsaba. Con manos torpes, Isobel cerró de golpe la cartera y la puso sobre la mesa en medio de los anillos, al igual que lo había dejado. Se dejó caer en una de las sillas y cruzó las piernas, tratando de parecer indiferente.
Él salió de la habitación de atrás con su libro negro de CDs en una mano, y su chaqueta en la otra.


Puso la caja de CDs a un lado y tiró de la chaqueta verde cazador desgastada, la que tiene la silueta del ave muerta, fijado en la parte posterior. Al detenerse en la mesa, metió la cartera en su bolsillo trasero y, volteándose a mitad de distancia, se levantó la camiseta para conectar las cadenas a través de un bucle delantero de la correa.


Isobel robó un vistazo.


Un cinturón negro platinado tachonado rodeaba sus estrechas caderas. Por debajo de la camisa, era delgado y pálido pero de aspecto fuerte. Trató de no ruborizarse cuando de repente se contuvo preguntándose si su piel se sentía caliente al tacto o fría como un vampiro.
Isobel apartó los ojos. Miró por las ventanas de la tienda en su lugar, pero todavía podía ver su reflejo en el cristal oscuro. Se quedó mirando, observando todos sus movimientos como se ponía los anillos en sus dedos metódicamente, uno a la vez. Sus brazos, musculosos y elegantes, se movían como si realizaran un ritual, parpadeó, incapaz de apartar la mirada.


Cuando terminó, él cogió su caja de CD y le soltó.


—Vamos—, dijo. —Voy a llevarte a tu casa—.


—Es a la derecha que viene—, dijo, —junto a la fuente—.


Los faros del coche de Varen barrieron sobre la fuente escalonada, mientras se dirigían a su barrio, Lotus Grove. Conducía un Puma negro de 1967, el interior era de un burdeos oscuro, unas buenas ruedas.


El Puma, rugía, ronroneaba como su homónimo, rodó hasta detenerse frente a su entrada.


Isabel tomó su tiempo para desabrochar su cinturón de seguridad. Estaba estancada, recordando cómo el tema de Poe había llegado de nuevo en la tienda de helados. No podría haber sido una coincidencia, ¿verdad? Tuvo que haber estado dejando una pista, ¿no?
Había pensado en esto durante todo el viaje a casa. En verdad, había estado pensando en ello desde que le había hablado sobre Cementerio de los Suspiros. Pero no había tenido aún el suficiente valor para preguntar. Ahora que estaba en su casa y a punto de salir del coche, sin embargo, no podía ignorar la sensación del ahora o nunca que agitaba en su intestino.


—Escucha—, empezó a decir. Se movió en su asiento para mirarlo, aunque no le devolvió la mirada. Tal vez sabía que iba a venir. De todos modos decidió sumergirse. ¿Qué podía perder?


— ¿Estás… determinado en hacer el proyecto por ti mismo ahora?


No dijo nada, sólo siguió mirando hacia delante a través del parabrisas. Isobel esperaba pero, decidiendo no contener la respiración, tomó su silencio como un sí. Agarró la manija de la puerta y tiró, sin argumentar que no lo merecía.


—El domingo salgo del trabajo a las cinco—, dijo, y ella se detuvo, con un pie en la acera. — ¿Nos podemos ver después?


—Sí—.


—Bien—, dijo. —El Rincón de Nobit es una librería en Bardstown Road, ¿sabes dónde está? —
Ella asintió con la cabeza. Sabía dónde estaba.


—Voy a estar allí a las cinco y media—, dijo.


Vendido, pensó. —Domingo, cinco y treinta— repitió, y tomó sus cosas, saliendo antes de que tuviera tiempo de cambiar de opinión. Cerró la puerta del coche detrás de ella, se despidió, y se fue corriendo por la ladera de su césped a su puerta. Cavó alrededor de su bolsa de deporte en busca de las llaves, pero cuando trató con la manija, se encontró con que la puerta estaba abierta. Se coló, con cuidado de no hacer ruido, ya que sus padres probablemente se habían ido a la cama en algún momento alrededor de las once.


Una vez dentro, sacó su teléfono que parpadeaba y lo abrió. La luz de la pantalla LCD se iluminó, mostrando siete llamadas perdidas — ¿Qué?— Oh mierda, el entrenador siempre les ha pedido que apaguen sus teléfonos antes de un partido, porque odiaba escucharlos afuera en el vestuario. ¿Lo había dejado en silencio todo este tiempo?


Mamá y papá se van a…


— ¿Dónde has estado? — rompió una voz familiar en la oscuridad. Los ojos de Isobel se abrieron de par en par. Se volteó y vio a su madre sentada en la mesa del comedor y a su padre junto a ella, ninguno de ellos luciendo sus caras felices.


— ¿Y quién era ese? — le preguntó su padre.